viernes, 10 de abril de 2026

MI ENCUENTRO CON JESÚS RESUCITADO


Las fiestas pascuales nos recuerdan que Cristo resucitado sigue presente entre nosotros y que hemos de encontrarnos con él, como les sucedió a sus discípulos. Esta meditación está escrita como si nos lo contara uno de los que vivieron el encuentro con Jesús junto al lago de Galilea:

Aquella noche en el lago parecía no terminar nunca. El agua estaba quieta, pero dentro de nosotros todo era tormenta. Remábamos, lanzábamos las redes, las recogíamos… y otra vez nada. El mismo gesto repetido una y otra vez, como si quisiéramos llenar con esfuerzo el vacío que había quedado en el corazón.

Habíamos vuelto a lo de antes. A las barcas, a las redes, al sonido de agua y al olor de los pescados. Quizá porque no sabíamos qué hacer con la ausencia. Quizá porque el recuerdo del Maestro era demasiado grande para sostenerlo sin que doliera.

Pedro dijo simplemente: “Voy a pescar”. Y nosotros fuimos con él. Pero todos sabíamos que no se trataba solo de pesca. Era una huida silenciosa. Una manera de volver atrás, como si los últimos años hubieran sido un sueño demasiado hermoso para ser real.

La noche avanzaba y el cielo estaba lleno de estrellas. Pensé entonces que las estrellas, aunque sean miles, no iluminan el camino. Brillan, sí, pero no calientan. Y así estaba mi corazón: lleno de recuerdos del Maestro, de sus palabras, de sus gestos, de su risa… pero frío por su ausencia.

Recordaba su voz, o intentaba recordarla. Me preguntaba si con el paso del tiempo se borraría. Si algún día su rostro se volvería difuso en mi memoria. Si el fuego que encendió en nosotros terminaría convirtiéndose en ceniza.

Y mientras pensaba todo esto, el amanecer comenzó a insinuarse. Primero fue una claridad tenue sobre el horizonte. Luego una franja rosada que se abrió paso en el cielo. 

Entonces vimos una figura en la orilla. No distinguíamos bien su rostro. El sol naciente solo nos permitía vislumbrar una silueta que se recortaba a lo lejos.

Entonces oímos su voz: 
—Muchachos, ¿tenéis algo de comer?

Pedro respondió con un “no” breve, cansado. Un no que llevaba dentro todos los fracasos de la noche… y quizá también algo más profundo.

Entonces, el hombre dijo: 
—Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.

No sé por qué le hicimos caso. Tal vez porque ya no teníamos nada que perder. Tal vez porque había en su voz una autoridad serena que nos resultaba extrañamente familiar.

Lanzamos la red. Y se llenó. Tan llena que apenas podíamos arrastrarla.

Fue entonces cuando Juan, que estaba mirando fijamente hacia la orilla, dijo esas palabras que aún hoy resuenan en mi alma: 
—¡Es el Señor!

No habló fuerte. Pero fue como si el universo entero hubiera gritado: 
—¡Es el Señor!

En ese instante todo cambió. La barca, el lago, los árboles de la orilla, el amanecer… todo parecía nuevo. Como si el mundo entero estuviera saliendo de las manos de Dios. Como el primer día de la creación.

Pedro ni siquiera lo pensó. Se ciñó la túnica y se arrojó al agua. Nadó hacia la orilla con la urgencia de quien sabe que la vida entera depende de llegar pronto a ese lugar.

Cuando llegamos los demás, Jesús estaba allí. Había preparado un pequeño fuego. Sobre las brasas había pan y pescado. Nadie se atrevía a preguntarle quién era. Todos lo sabíamos.

Comprendí entonces que el Resucitado no había vuelto para reprocharnos nada. No estaba allí para recordarnos nuestras cobardías ni nuestras huidas. Estaba allí para encontrarnos otra vez. Para volver a llamarnos por nuestros nombres. Para encender de nuevo el fuego que habíamos dejado apagar.

Vi a Pedro a sus pies, llorando como un niño. Y vi al Maestro mirarlo con una ternura que no sabría describir. No había reproche en sus ojos, solo una pregunta que lo atravesaba todo: 
—¿Me amas?

Y entendí que esa pregunta no era solo para él. Era para todos nosotros. Era para mí.

Entre sollozos, Pedro le respondió lo que podíamos haber dicho cada uno de nosotros: 
—Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo.

Porque, al final, la fe no consiste en conservar recuerdos, ni en repetir palabras, ni siquiera en custodiar enseñanzas. Todo eso es hermoso, sí… pero no es lo esencial.

Lo esencial es reconocerlo cuando se acerca a la orilla de nuestra vida. Escuchar su voz en medio del cansancio. Y volver a decirle, con el corazón temblando de emoción: 
—Señor, tú lo sabes todo. Tú sabes que te amo.

1 comentario:

  1. Que bonita narración padre, inspirada hondamente en el espíritu de quien ama a Dios con todo su corazón.
    Asímismo nos dá la libertad de hacer como propia esta historia.
    Hemos empezando en América con éstas bellísimas palabras.
    Dios con ud. ✝️🤎

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