La liturgia de este domingo nos regala una de las invitaciones más consoladoras del evangelio: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28). Son palabras que atraviesan los siglos y siguen llegando hoy al corazón de tantos hombres y mujeres fatigados por el trabajo, las preocupaciones, las heridas, las prisas o el peso de la propia debilidad.
La primera lectura, tomada del profeta Zacarías (9,9-10), presenta al mesías como un rey humilde. No entra con la fuerza de los ejércitos ni con la arrogancia de los poderosos. Llega montado en un asno, la cabalgadura de la gente sencilla. Y precisamente desde esa humildad traerá la paz, hará desaparecer los carros de combate y quebrará los arcos de guerra. La salvación de Dios no se impone por la violencia, sino por la mansedumbre.
El salmo prolonga esta misma certeza: el Señor es bueno con todos, sostiene a los que van a caer, levanta a los abatidos y se muestra cercano a sus criaturas. No es un Dios lejano ni indiferente, sino un Padre que conoce nuestra fragilidad y se inclina con ternura sobre ella.
En el evangelio, Jesús da un paso más. Después de bendecir al Padre porque revela los misterios del Reino a los sencillos, dirige a todos una llamada personal: «Venid a mí». No dice: resolved solos vuestro cansancio, ni esconde el peso de la vida. Sencillamente nos invita a descansar en él. Hay un cansancio del cuerpo, pero también un cansancio del alma: el de quien lucha y no ve fruto, el de quien se siente herido, el de quien lleva tiempo intentando mantenerse en pie. A todos ellos Cristo les ofrece alivio.
Pero este descanso solo lo acogen de verdad los pequeños, los pobres de espíritu, los que no se apoyan en sí mismos. El orgulloso cree bastarse; el sencillo sabe que necesita ser sostenido. Por eso la humildad no es tristeza ni resignación, sino la puerta por la que entra la gracia.
Santa Teresa del Niño Jesús entendió muy bien este secreto. Ella aprendió a no escandalizarse de su propia pobreza, sino a ponerla en manos de Dios con confianza. Hay una paz inmensa en saberse pequeño y dejar que sea el Señor quien sostenga, fortalezca y conduzca.
Pidámosle hoy a Jesús la gracia de acercarnos a él con corazón sencillo. Que sea nuestro descanso en el cansancio, nuestra paz en la agitación y nuestra fuerza en la debilidad. Porque, cuando uno se abandona en sus manos, descubre que su yugo es suave y su carga ligera.

Ligero es el yugo de Ntro. Señor, Él alivia nuestro cansancio.
ResponderEliminarCuando me imagino alternativas a mis problemas el actúa en secreto y oh sorpresa 🫢 nos regala el último camino imaginable para transitar 🙏🏼🥲✨😃 Las espinas van desapareciendo poco a poco, tan lento que agradezco esa lentitud, así tenemos tiempo para la reflexión.
Bendito sea Dios que nos permite descansar en él. De lo contrario sería un sendero sin asideros.
Que su gloria permanezca así, intacta, pero que podamos gloriarnos de saber que existe.