domingo, 7 de junio de 2026

POESÍAS AL CORPUS CHRISTI, versos que nacen del asombro y agradecimiento


La solemnidad del Corpus Christi es una de las expresiones más bellas y entrañables de la fe cristiana. En ella la Iglesia contempla y adora el misterio de la presencia real de Jesucristo en la eucaristía: el Señor que se entrega por amor, permanece con nosotros y se hace alimento para sostener nuestra vida.

Cristo eucarístico vence todos los falsos absolutos que pretenden ocupar el corazón humano. Muchas veces, los seres humanos adoramos el poder, el dinero, el placer o nuestra propia autosuficiencia; pero la eucaristía revela un Dios humilde, escondido bajo las especies del pan y del vino, que no domina sino que se entrega.

Tradicionalmente, esta fiesta se celebraba el jueves posterior a la solemnidad de la Santísima Trinidad. En muchos lugares continúa siendo así; pero donde no es festivo civil, se traslada al domingo siguiente para facilitar la participación de los fieles. En cualquier caso, la liturgia y las procesiones populares conservan intacta su fuerza simbólica: Cristo sale al encuentro de su pueblo y recorre las calles, las plazas y los caminos de nuestra vida cotidiana.

Cuando contemplamos al Santísimo Sacramento llevado solemnemente en la custodia, recordamos que el Señor no permanece distante ni encerrado en el templo. Él camina con nosotros, acompaña nuestras alegrías y sufrimientos, fortalece nuestra esperanza y se hace compañero de camino. Como confesamos en cada misa, este es verdaderamente «el sacramento de nuestra fe».

A lo largo de los siglos, numerosos poetas han intentado poner palabras a este misterio inefable. Sus versos nacen de la adoración, del asombro y del amor agradecido ante un Dios que se hace cercano y pequeño por nosotros. Los poemas que siguen son una invitación a entrar en silencio contemplativo ante la presencia de Cristo eucarístico.

HAMBRE DE DIOS Y PLENITUD INTERIOR

La carmelita descalza Cecilia del Nacimiento (1570-1646) expresa en este soneto la experiencia profundamente mística de la comunión eucarística. Sus versos unen el lenguaje del «Cantar de los cantares» con la espiritualidad de san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Cristo aparece como el «pan» que alimenta y sacia el corazón humano, mientras el alma reconoce su pobreza y su necesidad absoluta de Dios.

La autora habla del deseo ardiente de la unión con Cristo, de la aparente ausencia del Amado y del anhelo de que él llene el vacío interior. La eucaristía no es presentada solo como alimento espiritual, sino como presencia transformadora que habita en el corazón y lo convierte en morada de Dios.

¡Oh pan de mi sustancia que me alientas!,
no hay a mi paladar alguna cosa
como el bocado tuyo deleitosa,
que en tu gusto mis gustos apacientas.

Muero por ti de hambre y te me ausentas;
no huyas de quien tiembla temerosa,
–que aunque morena, soy también hermosa–
cuando en mi pobre choza te aposentas.

Traga en tu lleno todo mi vacío
para que así enriquezcas mi pobreza
quedándote en el corazón de asiento.

Pues estando sin mí, quiere ser mío,
deja el retrato, amor, de su belleza
y quédese cerrado el aposento.

CRISTO QUE PASA POR NUESTRAS CALLES

En este soneto lleno de musicalidad y delicadeza, Antonio Murciano (1929-) contempla la procesión del Corpus Christi como una manifestación de la cercanía de Dios. Cristo recorre las calles escondido en la hostia consagrada, sostenido apenas «en un aro de aire», mientras toda la creación parece inclinarse ante su presencia.

El poema recoge admirablemente el clima espiritual de las procesiones tradicionales: las campanas, las flores, las palmas y el pueblo arrodillado. Pero, sobre todo, invita al lector a reconocer el misterio escondido en la sencillez del pan eucarístico. El Dios infinito se hace pequeño y cercano para caminar junto a nosotros.

Que viene por la calle Dios, que viene
como de espuma o pluma o nieve ilesa;
tan azucenamente pisa y pesa
que solo un soplo de aire le sostiene.

Otro milagro, ¿ves? Él, que no tiene
ni tamaño ni límites, no cesa
nunca de recrearnos la sorpresa
y ahora en un aro de aire se contiene.

Se le rinde el romero y se arrodilla;
se le dobla la palma ondulante;
las torres en tropel, campaneando.

Dobla también y rinde tu rodilla,
hombre, que viene Cristo caminante
—poco de pan, copo de pan— pasando.

EL ASOMBRO ANTE EL MISTERIO

El soneto de Narciso Campillo y Correa (1835-1900) adopta un tono más meditativo y teológico. El poeta contempla la eucaristía como el mayor de los misterios: Dios mismo desciende hasta el ser humano, se entrega como alimento y habita en nuestra fragilidad.

Ante una realidad tan inmensa, la inteligencia reconoce sus límites. Ni siquiera los ángeles pueden abarcar plenamente este misterio. Por eso, el poema concluye afirmando que la verdadera sabiduría nace de la fe adorante. No se trata de comprenderlo todo, sino de dejarse iluminar por el amor de Dios manifestado en la eucaristía.

Por más que se levanta el pensamiento
con vuelo desusado y peregrino,
hallar no puede en su ideal camino
otro tan alto y singular portento.

Que baje Dios desde el sublime asiento,
que dé su carne en pan, su sangre en vino,
que habite el cuerpo del mortal mezquino
y se confunda y viva con su aliento.

Misterios son en que se abisma en vano
aun del ángel la clara inteligencia,
cual piedra en la extensión del océano.

¿Quién investigará la eterna Esencia?
Absorto y mudo ante el grandioso arcano
invoco yo la fe, y ella es mi ciencia.

Oración. Señor Jesús, pan vivo bajado del cielo, quédate siempre con nosotros. Alimenta nuestra fe, fortalece nuestra esperanza y enciende nuestro corazón en el amor. Que al adorarte en la eucaristía aprendamos a reconocerte presente en cada momento de nuestra vida y en cada hermano necesitado. Amén.

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