HISTORIA. Durante los primeros siglos del cristianismo, la Pascua se celebraba como un único misterio que abarcaba toda la obra salvadora de Cristo, con especial acento en su pasión. Con el paso del tiempo se distinguieron progresivamente los diversos aspectos del misterio pascual en celebraciones propias. A finales del siglo IV, la peregrina Egeria describe en Jerusalén dos celebraciones principales del Viernes Santo: por la mañana, una prolongada adoración de la cruz; y por la tarde, una liturgia de la Palabra con numerosas lecturas bíblicas sobre la pasión. La veneración de la cruz, inicialmente vinculada a las iglesias que poseían “lignum crucis”, se extendió luego a toda la Iglesia. La liturgia actual es fruto de la síntesis de diversas tradiciones y se estructura en cuatro momentos: la pasión proclamada (liturgia de la Palabra), la pasión invocada (oraciones solemnes), la pasión venerada (adoración de la cruz) y la pasión comulgada (comunión eucarística).
MURIÓ POR NUESTROS PECADOS, SEGÚN LAS ESCRITURAS. La muerte forma parte de la condición humana, pero la muerte de Cristo adquiere un significado totalmente nuevo, porque quien muere en el Calvario es el Hijo de Dios. Para muchos contemporáneos de Jesús, su muerte en la cruz parecía demostrar el fracaso de sus pretensiones mesiánicas. Por ello, la primera generación cristiana tuvo que interpretar este acontecimiento a la luz de las Escrituras. Siguiendo el ejemplo del mismo Cristo resucitado (que explicó a sus discípulos el sentido de su pasión a partir de la Ley y los Profetas), los cristianos vieron prefiguraciones en diversos textos bíblicos: el sacrificio de Isaac, la persecución de los profetas, los cantos del Siervo en Isaías, el sufrimiento del justo en el libro de la Sabiduría y varios salmos. En este proceso de reflexión, san Pablo formuló una síntesis fundamental: «Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras». Esta afirmación expresa dos convicciones centrales: que la muerte de Cristo forma parte del designio salvador de Dios y que se realiza por amor, como entrega redentora por la humanidad.
LA CRUZ REVELA EL AMOR DE DIOS. La revelación bíblica afirma que Dios es amor, y la vida de Jesús manifiesta de manera concreta qué significa ese amor. Toda su existencia fue una entrega que alcanzó su culminación en la cruz, donde el amor se manifestó “hasta el extremo”. Allí se revela la profundidad del misterio divino: Dios mismo se entrega para dar vida al hombre. Contemplar el costado abierto de Cristo permite comprender hasta dónde llega ese amor.
EL VÍA CRUCIS. Además de la liturgia, la Iglesia vive el Viernes Santo con diversas expresiones de piedad popular. Entre ellas destaca el Vía Crucis, una práctica que invita a recorrer espiritualmente las etapas de la pasión de Cristo. La fe enseña que sus sufrimientos estaban orientados a la salvación del mundo y constituyen una llamada a la conversión del corazón. El Vía Crucis es una oración que invita a participar interiormente en el camino de Cristo, reconociendo que la cruz del Señor atraviesa todos los tiempos y lugares, y que cada creyente está implicado en ese misterio de redención.
Resumen de las páginas 286-292 de mi libro Eduardo Sanz de Miguel, "La fe celebrada. Historia, teología y espiritualidad del año litúrgico en los escritos de Benedicto XVI", Burgos 2012.

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