lunes, 16 de febrero de 2026

ATTENDE DOMINE. Letra en latín y en español


Nos preparamos para iniciar la santa Cuaresma reflexionando sobre el canto más tradicional para estas fechas: el “Attende Domine”. No es solo un canto más de Cuaresma: es, literalmente, la voz histórica de la Iglesia que aprende a llorar… cantando.

Musicalmente, estamos ante una de esas piezas gregorianas que muestran que la austeridad puede ser profundamente expresiva. No hay acompañamiento, no hay ritmo marcado, no hay efectos: solo una línea melódica desnuda, que se apoya en el texto. Y ahí está la clave. La melodía no busca brillar, sino servir a la súplica. El movimiento es sobrio, con giros que parecen inclinarse, como quien baja la cabeza. Cada vez que se repite el “Attende Domine” como estribillo suena como un aldabonazo suave pero insistente en la puerta de la misericordia.

El hecho de que proceda de la tradición hispana antigua y pasara a la liturgia romana hace cerca de un milenio habla de un canto que ha sido probado por siglos de fe y oración. Generaciones de cristianos han puesto en él su dolor, su arrepentimiento y también su esperanza. Por eso, cuando hoy lo cantamos, no lo hacemos solos: nos unimos a una cadena de pecadores perdonados que nos han precedido.

Espiritualmente, es muy significativo que, aunque nace del espíritu del "Miserere" (Salmo 50), el canto se dirija explícitamente a Cristo. La Cuaresma no es un tiempo de autoexamen aislado, sino de mirar al Crucificado. La súplica no se lanza al vacío, sino al que “ha cargado con nuestros pecados”. Cada título cristológico del himno es una pequeña catequesis: Rey, Redentor, Mano derecha del Padre, Piedra angular, Camino, Puerta… No pedimos perdón a una idea abstracta de Dios, sino a quien se hizo hombre, compartió nuestra naturaleza y conserva las llagas de su pasión.

Hay un dinamismo interior muy hermoso en el texto. Primero se eleva el grito general: “miserere… hemos pecado”. Después la mirada se alza con lágrimas. Luego llega la petición concreta: “lava nuestras manchas”. Es casi un itinerario sacramental condensado en música: reconocimiento del pecado, súplica, confesión, confianza en el perdón.

El verso que recuerda a Cristo “inocente, capturado, condenado con testigos falsos” introduce un giro decisivo: ya no miramos tanto nuestro pecado como su pasión. La penitencia cristiana madura cuando deja de girar obsesivamente sobre la culpa y se centra en el amor herido de Cristo. Entonces, la última petición (“a los que redimiste, consérvalos”) no suena a miedo (por tomar conciencia de nuestros pecados), sino a abandono confiado (por comprender que su misericordia es más grande que nuestras faltas).

Además, el canto comunitario tiene aquí un valor especial. No se dice “he pecado”, sino “hemos pecado”. El gregoriano, al ser unísono, borra protagonismos: todos somos una sola voz, necesitada de misericordia. La Iglesia aparece tal como es en Cuaresma: pobre, suplicante, pero vuelta hacia su Señor.

Por eso el “Attende Domine” no entristece: purifica. No aplasta: abre espacio para la gracia. Es el sonido de los corazones contritos, que intuyen que serán consolados.

Pongo en paralelo el texto en latín y su traducción en español, para quienes quieran seguir las palabras del canto.

Attende Domine et miserere quia peccavimus tibi.
[Escucha, Señor, y ten misericordia, porque hemos pecado contra ti.]

Ad te Rex summe, omnium Redemptor oculos nostros sublevamus flentes: exaudi Christe, suplicantum preces.
[A ti, Rey soberano, Redentor de todos, levantamos nuestros ojos en llanto: escucha, Cristo, las plegarias de los que te suplican".]

Dextera Patris, lapis angularis, via salutis, janua coelestis, ablue nostri maculas delicti.
[Mano derecha del Padre, piedra angular, camino de la salvación y puerta del cielo: lava las manchas de nuestros delitos.]

Rogamus Deus, tuam majestatem: auribus sacris gemitus exaudi, crimina nostra placidus indulge.
[Rogamos, Dios, a tu majestad: con tus oídos santos escucha nuestros gemidos, perdona bondadoso nuestras culpas.]

Tibi fattemur crimina admissa, contrito corde pendimus oculta, tua, Redemptor, pietas ignoscat.
[Nuestros pecados cometidos los confesamos ante ti; con corazón contrito te manifestamos lo oculto; que tu clemencia, Redentor, nos las perdone.]

Innocens captus, nec repugnans ductus, testibus falsis pro impiis damnatus: quos redemisti, tu conserva, Christe.
[Inocente, fuiste capturado y llevado sin poner resistencia, y condenado por los impíos con testigos falsos. A los que redimiste, consérvalos tú, Cristo.]

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