martes, 13 de enero de 2026

"AVENTUREMOS LA VIDA". Texto de santa Teresa de Jesús cantado por José de los Camarones con música flamenca


Este canto, «Aventuremos la vida», en la voz y el estilo de José de los Camarones, acompañado por religiosas en los coros, es un encuentro fecundo entre la mística teresiana y la hondura expresiva del cante flamenco. No se trata simplemente de musicar un texto religioso, sino de dejar que la experiencia espiritual se vuelva “quejío”, respiración, carne y fuego.

«NO HAYA NINGÚN COBARDE, AVENTUREMOS LA VIDA». Desde el inicio , el texto de santa Teresa de Jesús irrumpe con una llamada radical. No es una exhortación moral, sino una provocación evangélica: solo quien se atreve a perder la vida puede encontrarla. La música recoge esta osadía con una interpretación desnuda, sin adornos superfluos, donde cada palabra pesa. El cante no embellece el texto; lo arriesga, lo expone, como la vida misma que Teresa invita a entregar.

Musicalmente, el estilo de José de los Camarones se sitúa en una frontera muy sugerente. La sobriedad casi austera del acompañamiento deja espacio al temblor de la voz, que se quiebra, se alarga y se duele. Ese quiebre no es un recurso estético, sino un signo espiritual: expresa la tensión entre el deseo de Dios y la condición humana que aún camina en destierro. El flamenco, nacido del sufrimiento y de la esperanza, se revela aquí como un lenguaje sorprendentemente afín a la mística.

El núcleo del canto aparece en los versos teresianos más conocidos: «ESTA DIVINA PRISIÓN DEL AMOR EN QUE YO VIVO…»

Aquí la paradoja es total: prisión que libera, cautiverio que ensancha el corazón. La música acompaña esta contradicción con un ritmo contenido, casi retenido, como si la melodía misma estuviera “presa” del texto. Pero es una prisión de amor, donde Dios se deja “cautivar” por el alma. El cante subraya esta inversión asombrosa: no es el alma la que encierra a Dios, sino Dios quien acepta quedar preso por amor.

El estribillo teresiano «QUE MUERO PORQUE NO MUERO» alcanza en esta versión una intensidad particular. La repetición hiere el oído y el corazón de quien escucha. La voz insiste, como la oración que vuelve una y otra vez sobre el mismo deseo. No es deseo de muerte, sino de vida plena, de comunión definitiva. La música prolonga ese anhelo con silencios y con notas sostenidas que parecen no querer resolverse, como el alma que aún no alcanza aquello que ama.

Finalmente, «¡AY, QUÉ LARGA ES ESTA VIDA!» resuena como un lamento antiguo y siempre actual. El canto no ofrece consuelo fácil, pero sí verdad: vivir es esperar, y esperar duele. Sin embargo, en ese dolor habita una promesa. Este canto nos recuerda que la audacia de la fe no consiste en huir del mundo, sino en vivirlo todo como tránsito, con el corazón ya prendido en Dios.

Así, música y mística se funden en una misma confesión: aventurarse a amar es el único camino que merece la pena, aunque cueste la vida entera.

Señor Jesús, danos un corazón valiente, que no se conforme con medias entregas ni se acobarde ante el riesgo de amar. Préndenos en la dulce prisión de tu amor, haznos libres en tu cautiverio y sostén nuestra espera en este destierro. Que, como santa Teresa, vivamos ardiendo por ti, hasta que la larga noche se vuelva encuentro y el deseo se haga plenitud. Amén.

No haya ningún cobarde
Aventuremos la vida
Que no hay quien mejor la guarde
Que el que la da por perdida

Esta divina prisión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo,
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel, estos hierros
en que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
me causa dolor tan fiero,
que muero porque no muero.

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