Después de haber reflexionado, a lo largo de la Cuaresma y de la Pascua, en el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor, y después de haber celebrado las grandes solemnidades de la Santísima Trinidad, el Corpus Christi y el Sagrado Corazón de Jesús, la liturgia nos introduce de lleno en el «Tiempo Ordinario». No se trata de un tiempo menos importante, sino del espacio cotidiano donde la semilla del evangelio debe crecer silenciosamente en nuestra vida.
En este ciclo “a”, acompañados principalmente por el evangelio de san Mateo, contemplamos a Jesús caminando entre la gente, anunciando el Reino y formando discípulos.
El evangelio de este domingo (Mt 9,36-10,8) nos presenta a Cristo mirando a las multitudes «cansadas y abatidas, como ovejas que no tienen pastor». La primera palabra que define su actitud es «compasión». Jesús no permanece indiferente ante el sufrimiento humano. Mira, comprende, se conmueve y actúa. Cura a los enfermos, anuncia la Buena Noticia y busca colaboradores que le ayuden en su misión.
La compasión es siempre el comienzo del verdadero apostolado. Solo quien participa de los sentimientos de Cristo puede acercarse a los demás no desde la superioridad o el juicio, sino desde el amor misericordioso. El cristiano está llamado a hacerse cercano al dolor de los hermanos, a aliviar las heridas que encuentra a su paso y a presentar ante Dios las necesidades del mundo.
Por eso, Jesús añade: «La mies es abundante y los trabajadores pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies». El Señor, que podría realizarlo todo con su poder, quiere contar con nuestra oración y nuestra colaboración. Quiere asociarnos a su obra salvadora.
Santa Teresa del Niño Jesús comprendió profundamente este misterio. Comentando este evangelio, escribía a su hermana Celina que Jesús «no quiere hacer nada sin nosotras». La santa descubrió que la oración escondida y ofrecida con amor participa misteriosamente en la fecundidad del evangelio. Desde el silencio del Carmelo de Lisieux, sostenía espiritualmente la misión de la Iglesia entera.
Sus palabras iluminan también nuestra vocación. No todos están llamados a predicar en tierras lejanas, pero todos pueden sostener la obra de la evangelización con la oración, el sacrificio y el amor cotidiano. Hay almas que anuncian a Cristo desde un púlpito y otras que lo hacen desde la enfermedad, la soledad, el trabajo humilde o la vida contemplativa. En todos los casos, es Cristo quien sigue amando y salvando a través de sus discípulos.
También hoy el mundo necesita trabajadores para la mies del Señor: sacerdotes, religiosos, misioneros, familias cristianas y laicos comprometidos que transparenten el evangelio con su vida. Pero antes de enviar, Jesús nos pide orar. Porque la misión nace siempre de un corazón unido a Dios y lleno de compasión por los hermanos.
Oración. Señor Jesús, buen Pastor, mira con compasión a tu Iglesia y al mundo entero. Despierta en muchos corazones el deseo de seguirte y de entregar la vida al servicio del evangelio. Haznos disponibles para colaborar contigo, sosteniendo con nuestra oración, nuestro amor y nuestra entrega la misión de la Iglesia. Que nunca falten trabajadores para tu mies y que todos vivamos unidos a ti, fuente de toda fecundidad. Amén.

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