El cuarto domingo de Cuaresma, tradicionalmente llamado “Laetare”, introduce una nota inesperada de alegría en medio del itinerario penitencial. El introito, tomado del profeta Isaías (Is 66,10-11), comienza con un imperativo luminoso: «Laetáre, Jerúsalem». La liturgia interrumpe la austeridad cuaresmal para anticipar, como un destello, la alegría pascual.
El texto es una invitación a la comunión. Jerusalén no es solo una ciudad histórica; es figura del pueblo de Dios, de la comunidad reunida por la promesa. Quienes la aman están llamados a alegrarse con ella; quienes lloran, a experimentar consuelo. La tristeza no es negada, sino transformada. La alegría cristiana no ignora el duelo: nace precisamente de haberlo atravesado.
La imagen materna es central: «para que os saciéis del pecho de sus consuelos». La ciudad aparece como madre que alimenta. La tradición cristiana ha visto aquí una imagen de la Iglesia, que nutre a sus hijos con la Palabra y los sacramentos. En plena Cuaresma, cuando la conversión puede percibirse como exigencia áspera, el introito recuerda que el fin del camino es la consolación abundante, la saciedad de vida.
«Me alegré cuando me dijeron: vamos a la casa del Señor» (Sal 122 [121]). El versículo del salmo introduce un matiz: la alegría nace de saberse convocado. No es un sentimiento privado, sino una experiencia eclesial. La asamblea que entra en la iglesia realiza sacramentalmente esta subida a la casa del Señor. El “Gloria Patri” que cierra el canto, sitúa esta alegría en el horizonte trinitario: la consolación última procede del misterio mismo de Dios.
En el Graduale Romanum el introito está en modo V, de carácter claro y expansivo. A diferencia del tono más recogido de otros domingos cuaresmales, aquí la melodía se eleva con amplitud en «Laetáre», como si el canto mismo abriera espacio a la luz. Las frases melismáticas sobre «exsultétis» y «satiémini» subrayan la sobreabundancia prometida: no se trata de un consuelo mínimo, sino de una plenitud que colma.
El gregoriano traduce así la pedagogía litúrgica del día: una alegría sobria, sin estridencias, que brota en medio del camino penitencial. No es evasión de la Cuaresma, sino anuncio de su fruto. La Iglesia canta ya, en anticipo, la alegría que la Pascua hará definitiva.
Primero copio el texto en latín y después en español.
Laetáre Jerúsalem,
et convéntum fácite ómnes qui dilígitis éam;
gaudéte cum laetítia, qui in tristítia fuístis;
ut exsultétis, et satiémini abubéribus consolatiónis véstrae.
Laetátus sum in his quae dícta sunt míhi:
in dómum Dómini íbimus.
Glória Pátri, et Fílio, et Spirítui Sáncto.
Sicut erat in princípio, et nunc, et semper,
et in saécula saeculórum. Amen.
Alégrate, Jerusalén,
y regocijaos con ella todos los que la amáis;
regocijaos con ella, gozosos, los que por ella hicisteis duelo;
para que os saciéis del pecho de sus consuelos.
Me alegré cuando me dijeron:
"Vamos a la casa del Señor".
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
como era en el principio, ahora y siempre
por los siglos de los siglos. Amén.
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