viernes, 23 de enero de 2026

EL PUEBLO QUE HABITABA EN TINIEBLAS VIO UNA LUZ GRANDE. Domingo 3 del Tiempo Ordinario, ciclo "a"


«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,14).
«Jesús, dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al lago» (Mt 4,12-23).

La liturgia del tercer domingo del Tiempo Ordinario (ciclo «a») nos sitúa ante el cumplimiento de la profecía de Isaías: la luz grande que despunta en la «Galilea de los gentiles». La geografía de la salvación no es accidental; el hecho de que Jesús fije su morada en Cafarnaún, una zona de frontera y mestizaje, revela la esencia misma de la encarnación. Dios no se manifiesta en la autocomplacencia del centro religioso, sino en la periferia de la existencia humana, allí donde la tiniebla de la historia parece más densa.

De hecho, el misterio de la encarnación es el sorprendente anuncio de la cercanía absoluta de Dios a lo que no es Dios. En el paso de Nazaret a Cafarnaún, Cristo no realiza un mero desplazamiento táctico, sino un movimiento teológico: la luz eterna se hace «vecina» de la noche del hombre. Esta luz no es una claridad abstracta o una evidencia racional que anule nuestra libertad, sino el esplendor de un amor que se expone. Es una luz que, en su misma manifestación, preserva el misterio; no lo disuelve, sino que lo hace habitable.

El anuncio del reino («convertíos, porque está cerca el reino de los cielos») no debe entenderse como un imperativo moralista, sino como una consecuencia de la buena noticia. Recordemos que la conversión («metanoia») es, ante todo, un cambio en la mirada: dejar de gravitar sobre el propio yo para dejarse atraer por la soberanía de Dios que irrumpe en Jesús. No es el hombre quien llega a Dios mediante un esfuerzo ascético previo, sino que es la cercanía del reino la que posibilita y exige la respuesta del hombre.

La llamada a los discípulos a orillas del lago es la forma concreta en que esta luz se hace personal. El «dejar las redes» es el eco existencial de lo que san Juan de la Cruz denomina el «desasimiento»: para entrar en el «todo» de Dios, el alma debe vaciarse de sus seguridades particulares. Como advierte el místico carmelita, el alma no puede caminar si no es «con la luz del mismo Dios que la guía». En este seguimiento, como insistía santa Teresa de Jesús, «no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho», reconociendo que la iniciativa siempre pertenece a aquel que puso sus ojos en nosotros y nos amó primero.

La celebración litúrgica actualiza hoy este encuentro. No asistimos a un relato biográfico, sino a un suceso sacramental. En la escucha de la palabra y en la fracción del pan, el mismo Jesús que caminó por Galilea atraviesa nuestras propias sombras. La vida cristiana, por tanto, no es la adhesión a un sistema de ideas, sino la participación real en el misterio de Cristo, un caminar en la fe que convierte el tiempo ordinario en espacio de epifanía permanente.

Oración. Dios de la luz inaccesible, que has querido habitar nuestra Galilea de sombras: concédenos la gracia de una conversión profunda, que desplace el centro de nuestra vida hacia tu reino. Que, al escuchar tu llamada, sepamos dejar las redes de nuestras certidumbres para seguirte con libertad de espíritu. Que tu presencia, presentida en la fe y celebrada en el misterio, sea la luz que guíe nuestros pasos hacia la unión definitiva contigo, donde el misterio se revelará en toda su claridad. Amén.

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