miércoles, 25 de febrero de 2026

LIBRO DE JONÁS. La misericordia de Dios ofrecida a todos


La primera lectura de la misa de hoy nos introduce en el libro de la profecía de Jonás, una de las narraciones más sorprendentes y provocadoras del Antiguo Testamento. Para comprender mejor su mensaje, conviene situarlo en contraste con otro profeta de la misma época: Nahum.

Nahum ejerció su ministerio hacia el año 620 a. C. Su predicación se dirigía a Judá y anunciaba la justicia de Dios contra sus opresores, especialmente contra Nínive, capital del imperio asirio, que había causado tanto sufrimiento al pueblo de Israel. Su mensaje es claro y contundente: la ciudad enemiga será destruida. No hay en su libro una llamada a la conversión de los paganos ni una apertura universal; se limita a proclamar la caída del opresor como expresión de la justicia divina.

El libro de Jonás, aunque ambientado en el mismo horizonte histórico, adopta una perspectiva radicalmente distinta. Más que un escrito profético en sentido estricto, se trata de una obra sapiencial con forma narrativa. A través de un relato simbólico (quizá apoyado en recuerdos históricos) el autor transmite una enseñanza teológica de enorme profundidad.

La historia es conocida: Dios envía a Jonás a predicar a Nínive, anunciando su inminente destrucción. Pero el profeta huye en dirección contraria, hacia Tarsis. No desobedece por miedo, sino por lucidez: sabe que, si los ninivitas se convierten, Dios los perdonará. Y él no desea la salvación de sus enemigos. Tras la tempestad, el mar embravecido y los tres días en el vientre del gran pez, Jonás acepta finalmente su misión.

Contra todo pronóstico, los habitantes de Nínive (desde el rey hasta los animales domésticos) hacen penitencia. Y Dios se compadece. La ciudad no es destruida. Entonces el profeta se enfada, revelando la estrechez de su corazón. Dios le responde con paciencia, mostrándole que su misericordia alcanza no solo a Israel, sino también a los extranjeros, a los animales y hasta a las plantas.

Frente al nacionalismo excluyente que muchos alimentaban, Jonás proclama la universalidad de la salvación. Dios no desea la ruina del pecador, sino su conversión. Cuando amenaza con un castigo, no actúa por deseo de venganza, sino que advierte de las consecuencias del mal. El pecado lleva en sí mismo su propia destrucción; la misericordia, en cambio, abre siempre un camino nuevo.

En el evangelio de hoy, Jesús recuerda a los ninivitas como ejemplo de conversión y denuncia la dureza de corazón de sus contemporáneos (Lc 11,29-32). Además, los tres días de Jonás en el vientre del pez anticipan el misterio pascual: como él estuvo tres días en las entrañas del mar, así Cristo permanecerá tres días en el sepulcro antes de la resurrección.

Jonás no es solo la historia de un profeta rebelde. Es el espejo en el que se refleja nuestra resistencia a aceptar que Dios sea más misericordioso que nosotros.

Que esta lectura nos inspire a abrir el corazón a la misericordia de Dios y a acoger su llamada a la conversión sin reservas. Amén.

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