jueves, 5 de febrero de 2026

SANTA ÁGUEDA DE CATANIA


El 5 de febrero la Iglesia celebra a santa Águeda de Catania, virgen y mártir del siglo III, una de las figuras femeninas más queridas de la antigüedad cristiana. Su memoria ha quedado unida de modo especial a la dignidad de la mujer y a la fortaleza de la virginidad consagrada. 

Durante siglos fue invocada como protectora de las mujeres, y su iconografía (con los dos pechos en una bandeja) recuerda el tormento que sufrió por permanecer fiel a Cristo. 

En numerosos pueblos perviven fiestas populares en su honor, donde las mujeres, llamadas “águedas”, visten trajes tradicionales, manteniendo viva una devoción de raíces muy antiguas.

Nacida en Sicilia hacia el año 230, en el seno de una familia noble, Águeda consagró desde joven su vida y su virginidad al Señor. Vivió en tiempos de la persecución de Decio, cuando los cristianos eran obligados a sacrificar a los dioses paganos bajo amenaza de castigos y tormentos. El procónsul de Sicilia, Quinciano, prendado de su belleza, intentó seducirla. Ante su firme negativa, la denunció como cristiana y la sometió a presiones y vejaciones, buscando doblegar su voluntad. La joven respondió con una libertad interior que desconcertaba a su juez: su nobleza no estaba en la sangre, sino en ser “sierva de Jesucristo”.

Tras intentos de corrupción moral y amenazas, llegaron los tormentos. Fue azotada, quemada y mutilada en sus pechos. A la crueldad del tirano respondió con una frase que la tradición ha conservado: “Cruel tirano, ¿no te da vergüenza torturar en una mujer el mismo seno con el que de niño te alimentaste?”. Encerrada en el calabozo, la leyenda narra que fue curada milagrosamente por san Pedro, pero ella deseaba ante todo la plenitud del testimonio. Finalmente, tras nuevos suplicios sobre brasas encendidas, entregó su alma a Dios hacia el año 251.

En una homilía, san Metodio de Sicilia (obispo de Costantinopla) la presenta con un lenguaje nupcial profundamente teológico: virgen nacida del Verbo, esposa de Cristo, con la lámpara encendida y la vestidura teñida con la sangre del Cordero. Su nombre, que significa “buena”, se convierte en programa de vida: buena por su unión con Dios, fuente de todo bien. Su figura sigue hablando hoy como signo de libertad interior, de dignidad inviolable y de amor total a Cristo, más fuerte que la violencia.

Oremos. Padre Santo, que nos alcancen tu perdón y bendición las súplicas de santa Águeda, ella que tanto te agradó por el resplandor de su virginidad y por la fortaleza de su martirio. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

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