El beato María Eugenio del Niño Jesús (Henri Grialou, 1894-1967) nació en el seno de una familia minera pobre en recursos, pero rica en fe. Desde el comienzo, su vida estuvo marcada por esa mezcla tan evangélica de sencillez, trabajo duro y confianza en Dios.
A los 17 años ingresó en el seminario, pero su formación quedó interrumpida por el servicio militar y, enseguida, por la Primera Guerra Mundial. Pasó seis años como soldado. La guerra lo enfrentó con la dureza del mal y del sufrimiento humano, pero también purificó su fe. Desde el frente escribía en 1914:
«La guerra es sin duda alguna dura, terrible, salvaje… Sin embargo, por la noche, después de la batalla, nos sentimos de nuevo hombres y sobre todo cristianos, y entonces es cuando más sufrimos al oír los gritos de los pobres heridos o el estertor de los agonizantes».
Ahí se forja uno de los rasgos de su espiritualidad: una contemplación que no huye del dolor del mundo, sino que lo atraviesa con el corazón de Cristo.
En 1919 regresó al seminario. La lectura de san Juan de la Cruz encendió en él una certeza interior: Dios lo llamaba al Carmelo teresiano. Sin embargo, encontró resistencias fuertes: el rector, el obispo e incluso su madre se oponían. Fue ordenado sacerdote en 1922… y apenas veinte días después entró en el Carmelo. A su madre le confesaba con lágrimas:
«Yo también he llorado al pensar en el sacrificio que te imponía, pero no puedo resistirme a la voluntad de Dios tan claramente manifestada».
Su vocación nace de una lucha obediente y amorosa, no de un entusiasmo superficial.
Sus superiores descubrieron pronto su talento espiritual e intelectual. Le pidieron estudiar y predicar sobre santa Teresita del Niño Jesús, en vísperas de su beatificación (1923) y canonización (1925), y más tarde sobre san Juan de la Cruz, cuando fue proclamado doctor de la Iglesia (1926). De este modo, sus primeros años de Carmelo estuvieron marcados por una inmersión profunda en la doctrina de los grandes maestros carmelitas.
No se limitó a repetir lo que ellos escribieron: supo unir su experiencia y la teología mística del Carmelo con la teología escolástica, especialmente la de santo Tomás de Aquino.
Esa síntesis cristalizó en su gran obra: “Quiero ver a Dios”. Publicada en 1949 (más tarde unida a “Soy hija de la Iglesia”), es un verdadero tratado de vida espiritual. No es un libro para curiosos, sino para personas que desean recorrer con seriedad el camino hacia la unión con Dios. En él, Teresa de Ávila, Juan de la Cruz y Teresita de Lisieux dialogan con la teología clásica, mostrando que la santidad no es un lujo para unos pocos, sino el despliegue normal de la gracia bautismal.
En 1932 fundó el Instituto secular Nuestra Señora de la Vida. Todo comenzó con tres jóvenes maestras que querían una vida de oración profunda sin abandonar su trabajo. Él comprendió que el Carmelo no era solo para el claustro: su espíritu podía encarnarse en la vida ordinaria.
Más tarde, surgieron ramas masculina y sacerdotal. A sus hijas enviadas a fundar a México les daba un consejo profundamente evangélico y misionero:
«Una fundación es una nueva construcción adaptada al país… Estudien el país con una simpatía afectuosa a fin de amarlo cada vez más y hacerse amar».
Aquí aparece un hombre de Iglesia, abierto, respetuoso de las culturas, atento a los signos de los tiempos. Durante el Vaticano II trabajó para que religiosos y laicos asimilaran sus enseñanzas.
Murió el 27 de marzo de 1967, lunes de Pascua, fiesta de Nuestra Señora de la Vida: como un sello providencial sobre toda su existencia, orientada a la vida nueva de la resurrección.
El beato María Eugenio nos deja un mensaje muy claro y muy actual:
- La contemplación no es evasión, es la fuente de una vida plenamente humana y eclesial.
- La experiencia de Dios es posible en medio de las heridas de la historia (él la aprendió en la guerra).
- La llamada a la santidad nace del bautismo, no de condiciones extraordinarias.
- La oración profunda no aparta del mundo, sino que nos envía a él con más amor.
- La tradición mística de la Iglesia no es cosa del pasado, sino luz para los hombres y mujeres de hoy.
En un tiempo de dispersión y superficialidad, su voz resuena como una invitación exigente y consoladora a la vez: “Dios se deja encontrar. La vida espiritual es un camino real, concreto, progresivo. Atrévete a recorrerlo.”
Es, en el fondo, el gran anuncio del Carmelo: estamos hechos para “ver a Dios”, y toda la vida se convierte en camino hacia el encuentro con él, cada vez más intenso y transformante.

GRACIAS
ResponderEliminarMe encanta y me gustaría seguir su Blog si es posible ,muchas gracias Anonimo
ResponderEliminarMuchas gracias hermano por compartir esta publicación del P. Maria Eugenio.
ResponderEliminarMe ha encantado. También tu libro:Que bien se yo la fonte...
ResponderEliminarPor todo lo que vivió y enseñó fue un santo en vida 🙏🏻
ResponderEliminar