El 6 de octubre celebramos la fiesta de san Bruno, fundador de la Cartuja, una de las expresiones más radicales de la vida contemplativa cristiana. Los cartujos son monjes y monjas que viven consagrados a la alabanza de Dios, en una combinación singular de soledad, silencio, oración, trabajo manual y estudio.
San Bruno nació en Colonia hacia el año 1030. Estudió en Reims y París y llegó a ser maestro y director de la célebre escuela catedralicia de Reims, además de canciller de la archidiócesis. Pero, en un momento de su vida, sintió la llamada a abandonar sus responsabilidades y buscar a Dios en la soledad.
Con algunos compañeros se retiró a los Alpes franceses, a un lugar llamado Chartreuse. Allí nació el primer monasterio cartujano y de aquel lugar procede el nombre de Cartuja.
Su proyecto de vida contemplativa no lo alejó completamente de la Iglesia. El papa Urbano II, que había sido discípulo suyo, lo llamó a Roma como consejero. Bruno participó en diversas tareas al servicio del papa, hasta que finalmente pudo regresar a la soledad. Fundó entonces una nueva cartuja en Calabria, donde murió en 1101.
Poco antes de morir, reunió a sus hermanos y realizó una solemne profesión de fe. Sus palabras resumen el fundamento de su vida: la Santísima Trinidad, la encarnación, pasión, muerte y resurrección de Cristo, la Eucaristía, los sacramentos y la esperanza de la resurrección y de la vida eterna. La soledad cartujana, por tanto, no es una huida del mundo, sino una forma de permanecer ante Dios y de llevar ante él las necesidades de toda la humanidad.
La jornada cartujana está cuidadosamente organizada en torno a la oración. Los monjes se levantan durante la noche para celebrar en la iglesia los Maitines y Laudes, mientras el mundo duerme. Después regresan a sus celdas para continuar la oración personal. Por la mañana se reúnen de nuevo para la misa conventual. Cada sacerdote celebra después otra eucaristía en soledad. La lectio divina, el estudio y el trabajo manual completan el ritmo de la jornada.
El resto del día transcurre en silencio y soledad. Cada monje vive en su propia celda, donde come, reza, estudia y trabaja. La oración litúrgica vuelve a marcar las horas mediante el rezo de Tercia, Sexta, Nona y Vísperas, hasta concluir la jornada con Completas. El cartujo quiere que toda su existencia se convierta en una continua búsqueda de Dios.
Sin embargo, la soledad no elimina la fraternidad. Los cartujos se reúnen para la liturgia y tienen también momentos de encuentro. Tradicionalmente, los domingos comen juntos y, una vez por semana, realizan un paseo comunitario durante el cual pueden conversar. De este modo, silencio y comunión, soledad y fraternidad, contemplación y trabajo se integran en una misma vocación.
La vida cartujana llegó a ser conocida fuera de los ambientes monásticos gracias al documental "El gran silencio", que mostró, sin diálogos y con extraordinaria sobriedad, el ritmo cotidiano de una cartuja.

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