sábado, 22 de agosto de 2026

MIRA LA ESTRELLA, INVOCA A MARÍA


San Bernardo de Claraval (1090-1153) compuso este hermoso himno-oración a la Virgen María: Mira la estrella, invoca a María.

La imagen de la estrella que guía al navegante atraviesa toda la espiritualidad cristiana y encuentra en María una de sus expresiones más hermosas. San Bernardo contempla la existencia humana como una travesía por un mar frecuentemente agitado: las tentaciones, las pasiones, el pecado, la soberbia, las tribulaciones y también el desaliento pueden hacer que perdamos el rumbo. Ante esa fragilidad, propone una actitud sencilla y profundamente espiritual: «Mira a la Estrella, invoca a María».

María no es el puerto definitivo. Ella es la estrella que orienta hacia Cristo. Su grandeza consiste precisamente en conducir la mirada hacia su Hijo. Como en Caná, su presencia discreta nos invita a escuchar a Jesús y a hacer lo que él nos diga. Por eso, mirar a María significa contemplar en ella lo que la gracia de Dios puede realizar en una criatura que se abandona enteramente a su voluntad.

San Bernardo une inseparablemente la invocación a María con la imitación de sus virtudes. No basta pronunciar su nombre: es necesario seguir sus huellas. Su humildad frente a la soberbia, su pureza frente a la impureza, su confianza frente al miedo y su esperanza frente a la desesperación muestran el camino seguro hacia Cristo.

Especialmente conmovedora resulta la exhortación dirigida a quien se siente hundido bajo el peso del pecado. Incluso entonces, cuando la conciencia acusa y parece cerrarse el horizonte, María permanece como signo de esperanza. Mirarla es recordar que la misericordia de Dios es siempre más grande que nuestra miseria.

«En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María». La oración mariana no nos aparta del camino cristiano: nos ayuda a recorrerlo con confianza hasta llegar, finalmente, al puerto de la salvación.

Este es el texto de san Bernardo, muy oportuno para celebrar la fiesta de María Reina, al concluirse la antugua "octava" de la Asunción.

¡Oh tú que te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, en medio de las borrascas y de las tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta Estrella, invoca a María!

Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, llama a María.

Si eres agitado por las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la Estrella, llama a María.

Si la ira, o la avaricia, o la impureza impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María.

Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus pecados, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima del suelo de la tristeza, en los abismos de la desesperación, piensa en María.

En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud.

No te extraviarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en Ella piensas. Si Ella te tiende su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si Ella te ampara. 

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