A orillas del lago de Tiberíades (también llamado mar de Galilea o lago de Genesaret) se alzan las ruinas de Cafarnaún, uno de los lugares más emocionantes de Tierra Santa. No fue una gran capital ni una ciudad monumental, sino una pequeña población de pescadores y comerciantes. Y, sin embargo, en ella resuena como en pocos sitios la memoria viva del evangelio. Allí fijó Jesús el centro de buena parte de su vida pública; allí llamó a sus primeros discípulos; allí predicó, curó, discutió, consoló y reveló el rostro cercano de Dios.
Cafarnaún estaba situada en un lugar estratégico, junto a la ruta comercial que bordeaba el lago. Por eso convivían en ella pescadores, campesinos, recaudadores de impuestos y soldados. En ese ambiente sencillo y a la vez abierto al tránsito de gentes, Jesús encontró un hogar. Los evangelios la presentan como “su ciudad”. Allí vivía Simón Pedro con su familia, y allí entró Jesús en su casa para curar a la suegra del apóstol. Desde aquella humilde vivienda, convertida muy pronto en lugar de reunión de los discípulos, se irradiaría la memoria de innumerables gestos de misericordia.
Hoy, uno de los lugares más sobrecogedores de Cafarnaún es precisamente la casa de Pedro. Sobre sus restos se levanta una moderna iglesia octogonal, construida de tal modo que el peregrino puede contemplar, a través de un suelo de cristal, las antiguas estructuras de la vivienda y las transformaciones posteriores que la convirtieron en "domus ecclesiae", es decir, en casa de oración de la primera comunidad cristiana. El lugar habla por sí solo: la fe nació en espacios pobres, domésticos, cotidianos.
Muy cerca se encuentran los restos de la sinagoga de Cafarnaún, imponente incluso en ruinas. La construcción visible hoy es posterior a Jesús, pero probablemente se levanta sobre la sinagoga en la que él enseñó y donde pronunció el gran discurso del pan de vida. Pasear entre sus columnas caídas ayuda a imaginar la fuerza de aquellas palabras que escandalizaron a unos y abrieron a otros al misterio de la eucaristía.
El recinto arqueológico conserva también restos de calles, viviendas de basalto negro y muros que permiten intuir la trama de la antigua aldea. Todo en Cafarnaún tiene una elocuencia sobria. No deslumbra por la grandiosidad, sino por la cercanía. A poca distancia quedan el monte de las Bienaventuranzas, Tabgha y Magdala, pero Cafarnaún posee una densidad especial: es la ciudad de Pedro, la casa de Jesús, el lugar donde el evangelio parece seguir respirando entre piedras humildes, lago azul y silencio de oración.

Que Dios me conceda un Día poder ir ,Me identifico con Padro y me da una Ternura que invade todo mi Ser cuando lo leo .Gracias por Compartir Fray Eduardo 🙏🏼🌹
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