lunes, 2 de febrero de 2026

A LA PURIFICACIÓN DE NUESTRA SEÑORA. Poesías de Góngora


Para la fiesta de la presentación del Señor en el templo de Jerusalén (2 de febrero) les propongo dos poemas de Góngora, tituladas ambas "A la purificación de Nuestra Señora". Compuesta la primera en 1614 y la segunda en 1615.

Luis de Góngora y Argote (1561-1627) es una de las cumbres del barroco español y el máximo representante del «culteranismo». Su poesía busca la belleza mediante un lenguaje de gran densidad formal: metáforas audaces, imágenes luminosas, hipérbatos complejos y una constante referencia a la tradición clásica y bíblica. 

Góngora no pretende la claridad inmediata, sino una lectura contemplativa que desvele, poco a poco, la riqueza del sentido. En sus versos, lo cotidiano se transfigura y el mundo se convierte en un tejido de símbolos donde forma y contenido alcanzan una intensa unidad estética.

La vidrïera mejor
en sus brazos de cristal
entra al Sol hoy celestial
en la capilla mayor;
a cuyo resplandor,
sin que más luz espere,
Simeón fénix arde y cisne muere.

En esta breve y densa composición, Góngora condensa con maestría el misterio de la Purificación de María y la Presentación del Señor. La imagen inicial de la “vidriera” convierte a la Virgen en transparencia perfecta: como el cristal, deja pasar la luz sin retenerla, acogiendo en sus brazos al “Sol celestial”, Cristo, luz verdadera que ilumina el templo. La capilla mayor no es solo el espacio litúrgico de Jerusalén, sino figura del corazón de María y, por extensión, de la Iglesia, donde Dios se hace presente sin perder su gloria.

El resplandor del Niño basta por sí mismo: “sin que más luz espere”, aludiendo al cumplimiento de las promesas. Simeón aparece transfigurado en doble símbolo clásico y cristiano: “fénix”, porque renace al ver al mesías esperado; “cisne”, porque canta su última alabanza antes de morir. Así, el poema enlaza belleza barroca y profundidad teológica, mostrando cómo la luz de Cristo consuma la espera y da sentido pleno a la vida y a la muerte.

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(Bras) - ¡Oh, qué verás, Carillejo, hoy en el templo! 
(Carillejo) - ¿Qué, Bras? 
(Bras) - Corre, vuela, calla, y verás 
cómo en las manos de un viejo 
pone hoy franca 
la Palomica blanca, 
que pone, que pare, 
que pare como Virgen, 
que pone como Madre. 


Subamos, Carillo, arriba, 

subamos donde ya asoma 
la deseada paloma 
con el ramo de la oliva; 
la esperanza siempre viva 
de Simeón hoy la aguarda, 
dejándose, su edad tarda, 
aun la del Fénix atrás. 
Corre, vuela, calla, y verás 
cómo en las manos de un viejo 
pone hoy franca 
la Palomica blanca, 
que pone, que pare, 
que pare como Virgen, 
que pone como Madre.

Entre uno y otro gemido 
del legal ofrecimiento, 
escucha el final acento 
de aquel cisne encanecido: 
«Ya, Señor, ya me despido 
de mi vida con quietud, 
pues he visto tu salud, 
y la nuestra mucho mas». 
Corre, vuela, calla, y verás 
cómo en las manos de un viejos 
pone hoy franca 
la Palomica blanca, 
que pone, que pare, 
que pare como Virgen, 
que pone como Madre.

Este poema dialogado despliega con viveza barroca el misterio de la Presentación del Señor, combinando lo popular y lo teológico. La invitación insistente («Corre, vuela, calla, y verás») subraya que el misterio no se explica solo con palabras: exige prontitud interior, silencio contemplativo y disponibilidad. 

La “Palomica blanca” es María, símbolo de pureza y del Espíritu, que “pone” al Hijo en manos de Simeón y, al mismo tiempo, “pare” virginalmente: paradoja central que Góngora formula con ritmo casi litánico.

La escena se eleva con la imagen de la paloma con el ramo de olivo, eco del diluvio y signo de la esperanza cumplida. Simeón, anciano, “cisne encanecido”, entona su último canto al reconocer la “salud” de Dios, salvación universal. Frente al tiempo que se apaga, la vida se consuma en paz. 

El poema convierte la liturgia en espectáculo sagrado, donde la espera humana encuentra descanso al ver al mesías.

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