Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 6 de febrero de 2018

San Pablo Miki y compañeros mártires de Japón


Todos conocemos el nombre de algunos santos famosos: san Francisco de Asís (italiano), santa Teresa de Jesús (española), santa Rosa de Lima (peruana), etc. En el calendario de la Iglesia hay también santos de países con menos tradición cristiana, que nos recuerdan que la Iglesia es católica; es decir: universal. Por ejemplo:

-San Pablo Miki y 25 compañeros mártires de Japón (6 de febrero).
-Santos Andrés Kim Tae-Gon, Pablo Chong Ha-Sang y 101 compañeros mártires de Corea (20 de septiembre).
-San Andrés Dung-Lac y 116 compañeros mártires de Vietnam (24 de noviembre).
-San Carlos Lwanga y 21 compañeros mártires de Uganda (3 de junio).

Hoy, en concreto, se celebra la fiesta de los mártires del Japón, crucificados el año 1597 en Nagasaki, algunos eran misioneros extranjeros y los demás eran catequistas nativos. Así cuenta su martirio un contemporáneo, testigo ocular:

Clavados en la cruz, era admirable ver la constancia de todos, a la que les exhortaban el padre Pasio y el padre Rodríguez. El Padre Comisario estaba casi rígido, los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín daba gracias a la bondad divina entonando algunos salmos y añadiendo el verso: «A tus manos, Señor». También el hermano Francisco Blanco daba gracias a Dios con voz clara. El hermano Gonzalo recitaba también en alta voz la oración dominical y la salutación angélica.

Pablo Miki, nuestro hermano, al verse en el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, declaró en primer lugar a los circunstantes que era japonés y jesuita, y que moría por anunciar el Evangelio, dando gracias a Dios por haberle hecho beneficio tan inestimable. Después añadió estas palabras:

«Al llegar este momento no creerá ninguno de vosotros que me voy a apartar de la verdad. Pues bien, os aseguro que no hay más camino de salvación que el de los cristianos. Y como quiera que el cristianismo me enseña a perdonar a mis enemigos y a cuantos me han ofendido, perdono sinceramente al rey y a los causantes de mi muerte, y les pido que reciban el bautismo».

Y, volviendo la mirada a los compañeros, comenzó a animarles para el trance supremo. Los rostros de todos tenían un aspecto alegre, pero el de Luis era singular. Un cristiano le gritó que estaría en seguida en el paraíso. Luis hizo un gesto con sus dedos y con todo su cuerpo, atrayendo las miradas de todos.

Antonio, que estaba al lado de Luis, fijos los ojos en el cielo, y después de invocar los nombres de Jesús y María, entonó el salmo: «Alabad, siervos del Señor», que había aprendido en la catequesis de Nagasaki, pues en ella se les hace aprender a los niños ciertos salmos.

Otros repetían: «¡Jesús! ¡María!», con rostro sereno. Algunos exhortaban a los circunstantes a llevar una vida digna de cristianos. Con estas y semejantes acciones mostraban su prontitud para morir.

Entonces los verdugos desenvainaron cuatro lanzas como las que se usan en Japón. Al verlas, los fieles exclamaron: «¡Jesús! ¡María!», y se echaron a llorar con gemidos que llegaban al cielo. Los verdugos remataron en pocos instantes a cada uno de los mártires.

Oración. Oh Dios, fortaleza de todos los santos, que has llamado a san Pablo Miki y a sus compañeros a la vida eterna por medio de la cruz; concédenos, por su intercesión, mantener con vigor, hasta la muerte, la fe que profesamos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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