Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 18 de abril de 2017

Pascua y eucaristía


En la Pascua judía, la cena de Pesaj se vivía (y se vive hasta el presente) como un memorial que actualiza las actuaciones de Dios, y como una invitación a la esperanza. El recuerdo de las obras salvadoras que Dios ha realizado a favor de Israel debe llevar a los israelitas a seguir esperando en él y en la venida final de su mesías.

De hecho, a las preguntas de los niños, el padre de la casa debe responder durante la cena: «En cada generación, cada persona está obligada a verse a sí misma como si ella misma hubiese salido de Egipto, como está escrito: “Y le relatarás a tu hijo en ese día diciendo: Esto hizo Dios por mí, cuando salí de Egipto” (Éx 13,8). No a nuestros antepasados solamente liberó el Santo – bendito es él –, sino que también a nosotros nos liberó junto con ellos, como está escrito: “Y a nosotros nos sacó de allí, para llevarnos y darnos la tierra que prometió a nuestros antepasados” (Dt 6,23)».

Estos elementos (memoria de las obras pasadas de Dios y esperanza de su futura salvación) alcanzan una nueva dimensión en la eucaristía, que es verdadera actualización sacramental del misterio pascual de Cristo: su entrega a la muerte por nosotros y su resurrección gloriosa.

«La eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana» (LG 11), porque en los demás sacramentos se nos ofrece la gracia de Cristo, pero en este es Cristo mismo el que se nos entrega.

El Señor dijo a los discípulos: «a vosotros no os llamo siervos, sino amigos» (Jn 15,15). En la eucaristía nos dejó la máxima expresión de su amistad. San Pablo explica la celebración de la cena como verdadera «comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo» (1Cor 10,16), como participación de su misma vida. 

La eucaristía, además de acción de gracias, es memoria. Son las dos caras de una sola moneda. A una persona que nos ha hecho un gran beneficio le estamos agradecidos. La eucaristía es recuerdo agradecido del que nos salvó la vida. Recordamos y celebramos con agradecimiento la muerte y resurrección del Señor, el sacrificio por el cual se nos perdonan los pecados. 

Después de la consagración, el sacerdote añade: «Este es el sacramento de nuestra fe». Y el pueblo responde: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección; ¡ven, Señor Jesús!». Así, el presente de nuestra celebración eucarística queda prendido entre el recuerdo de la primera venida de Cristo y la esperanza de la última. Se hace presente el que vino y el que vendrá. El pasado (la historia de Jesús) y el futuro (su parusía) se actualizan sacramentalmente. 

En la última cena, Jesús consagró el pan y el vino. En la cena pascual se utilizaban otros alimentos (verduras amargas, cordero, dulces...). De ellos Jesús solo tomó el pan y el vino para darles un sentido nuevo, muy concreto. Estos son los dones que la Iglesia presenta sobre el altar, en fidelidad a su Señor, que nos mandó: «Haced esto en conmemoración mía». En el pan y vino consagrados, se hace presente Jesús resucitado para ser nuestro alimento y compañero de camino.

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