Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 7 de marzo de 2017

Curso de Biblia 2017. 9- La alianza del Sinaí



Curso de introducción a la Biblia 2017
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
9. La alianza del Sinaí

La alianza del Sinaí es el momento más importante de toda la historia de Israel. A su luz, todas las intervenciones anteriores de Dios son consideradas etapas preparatorias, y todo lo que ha venido después es interpretado como el desarrollo del cumplimiento o la traición del pueblo a la alianza del Sinaí, a la que Dios siempre permanece fiel.

Por eso, toda la legislación de Israel se pone en relación con Moisés y con la alianza del Sinaí, ya que se inspira en los principios establecidos entonces (aunque en gran parte sea muy posterior). 

La Biblia enseña que también las alianzas que Dios hizo con Adán, con Noé o con Abrahán fueron realizadas en vista de la alianza del Sinaí. Y las posteriores intervenciones salvíficas de Dios son interpretadas como un «nuevo éxodo» o una renovación de la alianza sinaítica.

Dios sacó a los israelitas de la esclavitud de Egipto y los convirtió en «su» pueblo cuando hizo alianza con ellos en el monte Sinaí. 

Primero les hizo una propuesta: «Si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa» (Éx 19,5-6). 

El contenido de la alianza se concreta en los diez mandamientos, que son el camino que el hombre debe seguir para ser feliz (Éx 20). 

El pueblo, libremente, aceptó cumplirlos: «Moisés bajó y contó al pueblo todas las palabras del Señor y todos sus decretos, y el pueblo contestó con voz unánime: “Cumpliremos todas las palabras que ha dicho el Señor”» (Éx 24,3). 

Para sellar la alianza, Moisés roció con la sangre de algunos animales sacrificados el altar (imagen de Dios) y al pueblo (Éx 24,8). Después, los representantes del pueblo celebraron un banquete sagrado (Éx 24,11).

En el siglo VII a. C. (cuando el reino del norte ya estaba en el exilio y el del sur estaba cerca de seguir su misma suerte) se reescribió el tratado de la alianza en el libro del Deuteronomio, detallando las consecuencias de cumplir las cláusulas o de olvidarlas, y subrayando que Dios y el pueblo no se encuentran en el mismo nivel. 

La iniciativa partió de Dios, quien ofreció a su pueblo la oportunidad de encontrar la vida verdadera si se fiaba de él y le obedecía. 

El motivo de la alianza lo explica con estas sencillas palabras: Dios la ha realizado «por puro amor a vosotros» (Dt 7,8). También explica la finalidad de la misma forma: Dios nos ofreció la alianza «para que nos vaya siempre bien» (Dt 6,24).

Finalmente, formula los contenidos de la alianza de esta manera: «Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz. Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos. Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió» (Dt 26,17-19). 

La alianza se acompaña de bendiciones para el pueblo, si cumple sus compromisos, y de duras advertencias para el caso de que los rompa. Este es el núcleo de la teología deuteronomista, que encontramos en los libros de los «profetas anteriores».

Lo podemos ver en el último capítulo del libro de Josué, en el que el sucesor de Moisés propone al pueblo que elija libremente si quiere asumir la alianza con Dios o rechazarla, advirtiendo de las consecuencias de sus decisiones y de su comportamiento posterior. El pueblo afirma por tres veces: «Nosotros serviremos al Señor» (Jos 24,18.21.24). Como signo visible que les recuerde su compromiso, levantan una estela-altar.

Encontramos las mismas ideas en los libros de los Jueces, de Samuel y de los Reyes. Es profundamente significativa la renovación de la alianza que realiza Elías sobre el monte Carmelo, donde exige al pueblo que tome una decisión clara y que actúe en consecuencia: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando sobre dos muletas? Si el Señor [Yahvé] es Dios, seguidlo; si lo es Baal, seguid a Baal. […] Todo el pueblo exclamó: El Señor [Yahvé] es Dios, el Señor [Yahvé] es Dios» (1Re 18,21).

Israel se entiende a sí mismo como un pueblo unido a Dios por la alianza del Sinaí, que se renueva en cada generación, hasta el presente, tal como veremos al hablar de la Pascua.

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