Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 21 de marzo de 2017

Curso de Biblia 2017. 15- La esperanza mesiánica (1)



Curso de introducción a la Biblia 2017
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
15. La esperanza mesiánica (1)

La palabra «mesías»mashiah» en hebreo, «xristos» en griego) significa ‘ungido’ (con el sentido de ‘consagrado’ por Dios). En Israel eran ungidos con un aceite perfumado especial los sacerdotes y los reyes, además de los objetos que se usaban en la liturgia del templo (cf. Éx 30,22-32). En algunos casos, también se habla de una unción profética: «Unge rey de Israel a Jehú y profeta sucesor tuyo a Eliseo» (1Re 19,16), aunque normalmente es el Espíritu Santo el que consagraba a los profetas.

La ley de Israel especificaba que la unción ritual conllevaba una consagración para una misión especial, por lo que no se podía ungir a ninguna otra categoría de personas ni de utensilios. 

Los objetos ungidos tampoco se podían destinar a otros usos distintos de los cultuales: «Este será el óleo de mi unción santa en todas vuestras generaciones. No se derramará sobre el cuerpo de ningún, ni imitaréis su receta, pues es santo y como santo lo hbéis de tratar» (Éx 30,31-32).

Muchos fueron los «consagrados» en la historia de Israel, pero hay uno especial: el rey David, que unificó las doce tribus, conquistó Jerusalén y estableció allí la capital del reino. 

En los textos bíblicos David no es idealizado principalmente por sus hazañas militares, sino por su fidelidad a Dios. Por eso, los profetas hablan de una salvación para el pueblo «en consideración a David». 

A partir de la profecía de Natán, que afirmaba que un hijo suyo se sentaría siempre sobre su trono (2Sam 7,1-16), se aplicaron al rey los títulos que antes solo se usaban para el pueblo de Dios: «elegido», «escogido» y «consagrado».

Ya hemos visto que los reinos de Israel y Judá fueron independientes y estuvieron a menudo enfrentados entre sí, aunque sus habitantes se consideraran hermanos (algo parecido a lo que sucede entre Chile y Argentina, Colombia y Venezuela o Nicaragua y Costa Rica). 

Después de la caída del reino del norte (en el 722 a. C.) y de la desaparición de las tribus que lo componían, los profetas anunciaron la llegada de un «rey-mesías» que uniría a las doce tribus como en los tiempos ideales de David y Salomón.

Varios profetas, como el segundo Isaías, Jeremías y Ezequiel fueron muy críticos con los últimos reyes descendientes de David, a los que consideran malos pastores, y los acusan de haberse despreocupado del rebaño, por lo que son los culpables de su dispersión. 

Por eso, cuando los profetas de después del exilio anuncian la restauración de Israel, ya no hablan solo de un «descendiente de David» o de un «retoño de David», como antes, sino de un «nuevo David», alguien que tendrá sus características y que establecerá el «reino de Dios»: un mundo feliz y reconciliado, caracterizado por la prosperidad, la paz, la justicia y la perfección moral, que muchos identifican con «el final de los tiempos». 

Este personaje es llamado unas veces «mesías» y otras «el que ha de venir». Las esperanzas de Israel se fueron concentrando en torno a esta figura, que debía actuar con la fuerza de Dios, que es el que debía suscitarlo.

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