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martes, 14 de marzo de 2017

Curso de Biblia 2017. 13- La alianza en los profetas


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2017
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
13. La alianza en los profetas

Oseas se sirve de su historia personal para explicar la alianza de Dios con su pueblo. Si el profeta ama a su esposa infiel y la perdona, ¡cuánto más Dios ama a su pueblo!

Para Oseas, la alianza no es solo un contrato, sino una relación de amor: Dios ha elegido a Israel por pura gracia e Israel ha aceptado dar culto en exclusiva a Yahvé. 

El profeta denuncia la ruptura de esta mutua pertenencia por parte de Israel y anuncia la fidelidad de Dios, que no puede negarse a sí mismo. También identifica la idolatría con el adulterio. Todos los profetas posteriores a Oseas asumirán este simbolismo.

Jeremías resume los contenidos de la alianza en esta frase: «Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios» (Jer 11,4). Dios ha elegido a Israel y se ha comprometido a amarle, protegerle y rodearle de sus bendiciones. Pero respeta la libertad de los hombres. Cuando estos abandonan al único Dios verdadero y ponen su confianza en falsos dioses, Dios acepta su elección, con fatales consecuencias para ellos, que ya no gozan del favor de Dios.

Por eso, los profetas interpretan el desastre del exilio como la consecuencia de la ruptura de la alianza. 

Como ya hemos visto, el reino del norte cayó el año 722 a. C. en manos de los asirios y el reino del sur cayó el año 587 a. C. en manos de los babilonios. Las tribus del norte nunca regresaron y se mezclaron con otros pueblos, desapareciendo para siempre. Solo quedaron las dos tribus y media del reino del sur.

Pero el amor y la fidelidad de Dios son irrevocables (cf. Jer 31,3) y están por encima del pecado, por lo que los profetas anuncian una alianza nueva y definitiva, que durará para siempre: «Aunque los montes cambiasen y vacilaran las colinas, no cambiaría mi amor, ni vacilaría mi alianza de paz –dice el Señor que te quiere–» (Is 54,10). 

Una alianza no escrita sobre tablas de piedra u otros documentos, sino en el corazón: «Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33). 

En el exilio, Ezequiel retoma estas promesas de los profetas anteriores, convirtiéndolas en el principal contenido de su predicación: «Yo me acordaré de mi alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré contigo una alianza eterna» (Ez 16,60). 

Dios es fiel a la alianza para que el ser humano pueda serlo también, Dios mismo debe actuar dándole «un corazón nuevo y un espíritu nuevo» (cf. Ez 36,26-27). La nueva alianza tiene algo de «recreación», de «nacer de nuevo», como más tarde dirá Jesús (cf. Jn 3,3).

La alianza tiene que ser «nueva» porque la anterior se hizo con un pueblo que ya no existe (o mejor: que ya no está completo porque le faltan las tribus del norte). 

Por eso los profetas anuncian que el mesías recogerá a los hijos de Dios dispersos y hará con ellos una nueva alianza en la que participarán tanto la casa de Judá como la casa de Israel (cf. Jer 31,31). Es decir, que restablecerá las doce tribus de Israel «como en los tiempos de David». 

Este tema es esencial para comprender la elección de los doce apóstoles y otros gestos y palabras de Jesús recogidos en el Nuevo Testamento.

Como la alianza bíblica no es un pacto entre iguales, cuando el Antiguo Testamento fue traducido al griego, la palabra hebrea «berit» no fue traducida por «syntheke», que tiene el sentido de ‘un pacto o acuerdo entre dos partes con obligaciones recíprocas’, sino por «diatheke», que tiene el significado de ‘una decisión irrevocable de una persona en favor de otra’, la cual nadie puede anular, especialmente cuando se escribe en un «testamento». 

Este es el motivo de que sigamos hablando hasta el presente de «Antiguo Testamento» y «Nuevo Testamento» para referirnos a los libros de la Biblia.

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