Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 12 de marzo de 2017

Cristo mostró el esplendor de su gloria


Al domingo de las tentaciones sigue el de la transfiguración. Esto recuerda a los catecúmenos que, si perseveran, podrán contemplar el rostro glorioso de Cristo, tal como pide la oración colecta del día.

La transfiguración tiene lugar después de la confesión de Pedro en Cesarea («Tú eres el mesías», Mc 8,29) y del primer anuncio de la pasión («Jesús empezó a enseñarles que tenía que padecer mucho», Mc 8,31), antes de iniciar el viaje que le llevará a la muerte (Mc 9,2ss). 

El contexto explica el mesianismo de Jesús, al que no caracteriza el poder, sino el servicio; no la gloria humana, sino la humillación. Pedro no lo entiende, porque le parece imposible que el mesías deba sufrir. Como sus contemporáneos, él esperaba un mesías fuerte y poderoso. Esto explica muchos de los malentendidos que más tarde tendrán lugar (las discusiones sobre qué discípulo será el más importante en el reino, las preguntas sobre cuándo se establecerá, la petición de sentarse a su derecha, etc.)

El evangelio sitúa la transfiguración en una «montaña alta» (Mc 9,2; Mt 17,1), lo que la pone en relación con otros montes bíblicos, como el Sinaí, donde Dios hizo alianza con Moisés, y el Carmelo, donde la renovó con Elías. Ambos están presentes en el Tabor, para dar testimonio de Cristo, el mediador de la definitiva alianza, que se sellará en el Calvario. 

San Jerónimo destaca que solo los que se esforzaron en subir al monte vieron a Jesús transfigurado. Así, los cristianos deben caminar con Cristo para contemplarle: «No se transfigura mientras está abajo: sube y entonces se transfigura […]. Incluso hoy en día está abajo para algunos, y arriba para otros. Los que están abajo tienen también abajo a Jesús […], quien sigue la palabra de Dios y sube al monte, es decir, a lo excelso, para este Jesús se transfigura». 

La nube simboliza la presencia de Dios. En el desierto, Dios se señalaba por medio de una nube que «descendía» sobre la tienda del encuentro, «cubriéndola» con su sombra (Éx 24,15-18). Esa misma nube es la que «descendió» sobre María y la «cubrió» con su sombra para fecundarla (Lc 1,35) y ahora «desciende» sobre Jesús y le «cubre» (Mc 9,7). Es significativo el uso de los mismos verbos en los tres textos. 

En la transfiguración, Dios Padre proclama a Jesús su «Hijo amado», añadiendo la invitación a escucharle porque es el profeta definitivo.

Los discípulos presentes (testigos del poder de Jesús) se encontrarán también en Getsemaní (testigos de su debilidad). Así podrán dar testimonio de la gloria del siervo. Su miedo es el temor sagrado de quienes descubren la identidad de Jesús, al mismo tiempo mesías y siervo. En la transfiguración, vieron la gloria de Dios en la debilidad de Jesús; la divinidad en su humanidad; su salvación en el camino de la cruz. 

De gran importancia es la presencia de Moisés y Elías. El primero se encuentra en los orígenes del judaísmo y el segundo era esperado al final de los tiempos, para preparar la llegada del mesías. Representan «la Ley y los Profetas» (expresión común en la Sagrada Escritura para referirse a toda la Biblia) y dan un testimonio concorde: que Jesús cumple las esperanzas de Israel, que es el profeta último que anuncia la Palabra de Dios.

San Lucas señala que «hablaban de su muerte (en griego “éxodo”), que iba a consumar en Jerusalén» (Lc 9,31). En su diálogo con el Padre, con la Ley y los profetas, se confirma lo que hemos visto en el bautismo: Jesús es el siervo de Yahvé, que debe pasar por la cruz para llegar a la gloria. Una vez más, asume la misión para la que ha venido al mundo y acepta la voluntad del Padre. 

Siguiendo a los Santos Padres, la liturgia ve en la transfiguración un anticipo de la resurrección: «Cristo, después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el resplandor de su gloria, para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección». 

Si la transfiguración de Cristo es anticipo de la resurrección de su cuerpo mortal, también revela nuestro destino final, ya que es anuncio de la futura glorificación de su cuerpo místico.

La Iglesia quiere subir con Cristo al monte, aunque le cueste trabajo. En el momento oportuno, también ella será transfigurada y se manifestará «resplandeciente de gloria, como una piedra preciosa deslumbrante» (Ap 21,11). Pero antes tiene que estar dispuesta a pasar por el crisol de la humillación y de la cruz, como su Esposo. Si a veces Dios nos permite contemplar la gloria de Cristo, es para fortalecer nuestra esperanza y para animarnos en el camino hacia Jerusalén.

Este es el único domingo de Cuaresma que en el itinerario bautismal de la Iglesia primitiva no contaba con ninguna celebración especial para los catecúmenos, ya que antiguamente la segunda semana de Cuaresma se celebraban las témporas de primavera. El miércoles y el viernes eran días de ayuno y la noche del sábado al domingo se tenía una gran vigilia con ordenaciones.

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