Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 21 de febrero de 2017

Curso de Biblia 2017. 6- Israel ha sido elegido para una misión



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2017
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
6. Israel ha sido elegido para una misión

Si Dios ha elegido a Israel es para darle una misión concreta: ser testigo de la fe verdadera ante el mundo, manifestar a todos que se puede vivir de otra manera, no confiando en las armas y en la opresión de unos sobre otros, sino practicando la justicia y la misericordia: «Hice de ti alianza de un pueblo y luz de las naciones» (Is 42,6); «Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra» (Is 49,6); «Te constituí profeta de las naciones» (Jer 1,5). Así se cumplirá la promesa inicial hecha a Abrahán: «En ti serán benditas todas las familias de la tierra» (Gén 12,3).

Los profetas tenían claro que la elección de Dios no suponía un privilegio, sino una responsabilidad. Esto era así para la llamada personal que Dios dirigió a cada uno de ellos y también para la llamada que él realizó a todo Israel: «Yo os había sacado de Egipto y conducido por el desierto cuarenta años, hasta ocupar la tierra del amorreo. Había suscitado profetas entre vuestros hijos y nazireos entre vuestros jóvenes. ¿No es así, hijos de Israel? –oráculo del Señor–. Pero vosotros hicisteis beber vino a los nazireos y ordenasteis a los profetas: “¡No profeticéis!” […] Solo a vosotros he escogido de entre todas las tribus de la tierra. Por eso os pediré cuentas de todas vuestras transgresiones» (Am 2,10; 3,2).

Como no les escucharon, sus acusaciones al pueblo fueron continuas: «Habéis cultivado la maldad, cosechado la perversión, comido el fruto del engaño. Porque confiaste en tus decisiones y en tus numerosos guerreros» (Os 10,13); «Maldito quien confía en el hombre y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor. […] Bendito quien confía en el Señor y pone en él su confianza» (Jer 17,5s); «Yo soy el Señor, cuyos preceptos no habéis observado, cuyas leyes no habéis cumplido. Habéis cumplido, en cambio, las leyes de las naciones que os rodean» (Ez 11,12); «No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar. […] Dichoso el que espera en el Señor […] que hace justicia a los oprimidos, que da pan a los hambrientos» (Sal 146 [145]).

Especialmente, los israelitas no deberían confiar en los dioses extranjeros: «Has rechazado a tu pueblo, a la casa de Jacob. Porque están llenos de adivinos de Oriente y de agoreros, como los filisteos, y pactan con los extranjeros. […] Se postran ante las obras de sus manos, que fabricaron sus dedos. […] Solo el Señor será exaltado en aquel día […] y los ídolos desaparecerán» (Is 2,6s); «Ciertamente no ocurrirá lo que os pasa por la mente cuando decís: “Queremos ser como los otros pueblos, como las gentes de los otros países, y adorar al leño y a la piedra”» (Ez 20,32).

Pero Israel no ha cumplido su misión. Una y otra vez ha actuado como los demás pueblos, poniendo su confianza en los falsos dioses y en la fuerza humana. Por eso los mensajeros de Dios amenazan continuamente con un castigo, esperando que eso haga recapacitar a los israelitas y el castigo no tenga que ejecutarse. De hecho, Jonás anunció la destrucción de los ninivitas, que se convirtieron, por lo que el castigo no fue necesario. Sin embargo los israelitas no reaccionaron de la misma manera. 

Por eso los profetas interpretan la desgracia del exilio como la consecuencia de los pecados de los israelitas: «Desde que salieron vuestros padres de Egipto hasta hoy os envié a mis siervos, los profetas, un día tras otro; pero no me escucharon ni me hicieron caso. Al contrario, endurecieron la cerviz y fueron peores que sus padres» (Jer 7,25-26). Ahora solo queda aprender la lección y actuar de otra manera: «Lava la malicia de tu corazón, Jerusalén, si quieres salvarte. [...] Han sido tu conducta y tus acciones la causa de este amargo castigo» (Jer 4,14.18).

Los atributos de Dios que más veces repiten los profetas son su «fidelidad» y su «misericordia», que son dos aspectos de la misma realidad, como la cara y cruz de una moneda. Por eso, el pecado del pueblo no puede tener la última palabra. En los momentos de dificultad los profetas invitan a confiar en el Señor, que se comprometió con su pueblo por medio de una alianza de amor, que nada ni nadie puede destruir. 

En un «oráculo de consolación», Isaías dice a los desterrados: «Esto dice el Señor, que te creó, Jacob, que te ha formado, Israel: “No temas, que te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú eres mío. […] Yo, el Señor, soy tu Dios; el Santo de Israel es tu salvador. […] Eres precioso ante mí, de gran precio, y yo te amo. […] Desde Oriente traeré a tu estirpe, te reuniré desde Occidente. Diré al Norte: devuélvelo, y al Sur: No lo retengas. Haz venir a mis hijos desde lejos, y a mis hijas del extremo de la tierra”» (Is 43,1s).

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