Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 17 de febrero de 2017

Curso de Biblia 2017. 4- La inmanencia divina


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2017
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
4. La inmanencia divina

Ayer hablamos de la trascendencia de Dios. Al mismo tiempo, este Dios incomprensible e inabarcable se hace cercano, habla a los hombres, se interesa por su sufrimiento, actúa en su favor, hace alianza con ellos, les deja ver su gloria.

La palabra hebrea «kabod» (traducida en griego por ‘doxa’ y en español por ‘gloria’), en principio indicaba el ‘peso’ de algo, especialmente el ‘peso’ de las joyas y riquezas de alguien, por lo que se aplicó a la ‘fama’ o ‘reputación’, a la impresión que causaba ante los demás, pero también a su ‘poder’. 

La Escritura afirma que el Dios invisible nos deja ver su «kabod», su ‘gloria’, que es la única manifestación de su presencia que el ser humano puede percibir.

Dios manifiesta su gloria en sus obras: en la creación y en la historia de la salvación. Cuando quiere comunicarse con los hombres, les deja ver su gloria en el fuego, en una luz resplandeciente y también en una nube.

De hecho, cuando Israel fue liberado de la esclavitud de Egipto, Dios acompañaba su caminar hacia la Tierra prometida, haciéndose presente en una nube que les cubría con su sombra y les indicaba cuándo debían ponerse en camino y dónde establecer el campamento. 

Cuando se detenían, la nube descendía sobre el arca de la alianza para indicar la presencia de la gloria de Dios en medio del pueblo: «La gloria del Señor descansaba sobre la montaña del Sinaí y la nube cubrió la montaña durante seis días...» (Éx 24,16-18); «Moisés no pudo entrar en la tienda del encuentro y la gloria del Señor llenaba la morada...» (Éx 40,34-38); «La nube cubrió la morada, la tienda del testimonio...» (Núm 9,15-23). 

Más tarde, cuando se construya el templo de Jerusalén, la gloria de Dios establecerá allí su morada: «[Los sacerdotes] no pudieron permanecer ante la nube para completar el servicio, ya que la gloria del Señor llenaba el templo del Señor» (1Re 8,10-11 y 2Cró 5,14), etc. No podía ser de otra manera, ya que Dios mismo afirmó: «Allí estará mi Nombre [es decir, Dios mismo]» (1Re 8,29).

El proyecto de Dios es habitar en medio de su pueblo, no manifestar su gloria solo en algunos momentos de la historia, sino permanentemente: «Yo soy el Señor, su Dios, que los sacó de la tierra de Egipto para morar en medio de ellos» (Éx 29,46). 

Los profetas anuncian el cumplimiento de esta esperanza, que será la salvación de Israel y de todos los pueblos: «¡Levántate y resplandece, porque llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti! Las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor y su gloria se verá sobre ti. Caminarán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora» (Is 60,1s).

En la tradición judía, la cercanía de Dios, que acompaña a su pueblo y «acampa» junto a él, se manifiesta en la «Shekiná», que indica esa misteriosa ‘presencia’ de la «gloria» divina (es decir, de Dios mismo).

De ahí la importancia que el «muro occidental» del templo de Jerusalén continúa teniendo para los judíos contemporáneos, que siguen afirmando como en la antigüedad que «en el muro occidental del templo permanecerá para siempre la Shekiná [la presencia divina]» (Bamidbar Rabah, 11,63).

Al hablar de la religión de Israel, en el apartado dedicado a las características o «atributos» de Dios, cuando tratamos de la condescendencia divina, hicimos referencia a la presentación que el Nuevo Testamento hace de este tema, ya que Cristo es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros (Mt 1,23), la presencia de la gloria de Dios entre los hombres, «porque en él habita la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9).

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