Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 16 de febrero de 2017

Curso de Biblia 2017. 3- La trascendencia divina



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2017
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
3. La trascendencia divina

Los profetas insistieron en que los dioses de los gentiles y sus representaciones escultóricas son invenciones humanas, impotentes e ineficaces, fabricados por el hombre, mientras que Yahvé es «el viviente»: «Son espantajos de pepinar, […] ídolos de leño, plata y oro […]. Yahvé es el Dios verdadero, es el Dios vivo […]. Sus estatuas son pura mentira, pues no hay espíritu en ellas, son vacío, obras engañosas» (Jer 10,1s).

La primera característica del Dios de Israel es su trascendencia, ya que está más allá de lo que conocemos y podemos pensar, y habita en una región pura, incontaminada, adonde no puede llegar el lastre de lo profano o de lo impuro (Is 6). De hecho, no se puede ver a Dios y quedar con vida (Éx 19,12s).

El Dios verdadero y único no es como nosotros somos ni como nosotros lo pensamos: «Yo soy Dios y no hombre» (Os 11,9); «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos» (Is 55,8). Tampoco se parece a las otras figuras que los pueblos llaman «dioses» y que –de hecho– no existen: «No hay otro Dios fuera de mí. Yo soy un Dios justo y salvador, y no hay ninguno más» (Is 45,21). 

Jeremías acusa a su pueblo de haber seguido «a ídolos que no sirven de nada» (Jer 2,8). El texto los llama «lo-Elohim» (‘que no son Dios’), que no tienen nada que ver con él, aunque sean llamados dioses.

El mismo nombre de Yahvé indica su trascendencia. Tanto si lo traducimos por ‘Yo soy el que soy’ como por ‘Él es el que es’, estamos afirmando su existencia, pero también que no puede ser comprendido totalmente ni encerrado en un nombre o en una definición. 

Solo se puede decir que él existe y actúa, pero «a su manera», sin que podamos compararlo con otros seres conocidos. De ahí la prohibición radical de hacer imágenes de Dios o incluso de nombrarlo «en vano», tal como ya hemos visto al hablar de la santidad de Dios cuando hemos tratado de la religión de Israel.

En el apartado dedicado a la religión de Israel, al estudiar los atributos de Dios, ya indicamos que el término «qadosh», que traducimos por ‘santo’, en origen significa ‘separado’, ‘distinto’, ‘otro’, alguien que no tiene que ver con lo que conocemos, vemos o representamos con imágenes. 

Esta es la primera y principal característica del Dios bíblico: su santidad; es decir, su trascendencia. De hecho, varios textos de la Biblia consideran sinónimos los nombres de «Yahvé» y «Santo» (Sal 71,22; Is 5,24; Hab 3,3).

La Escritura afirma que «el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con un amigo» (Éx 33,11). A pesar de todo, cuando quiso ver «la gloria» de Dios, él le explicó: «Mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida» (Éx 33,20). Por eso, tuvo que contentarse con ver la espalda de Dios (Éx 33,23); es decir, comprendió algo de él, una mínima parte, pero no su misterio íntimo.

No solo no se puede ver a Dios, tampoco se debe mirar a los objetos santificados por él. De hecho, el arca de la alianza, el candelabro y los otros utensilios usados en la tienda del encuentro debían ser recubiertos con paños de púrpura y fundas de cuero antes de trasladarlos, para que no fueran tocados ni vistos por nadie, ni siquiera por los levitas, ya que, «de lo contrario morirían» (Núm 4,1-20). 

Incluso el sumo sacerdote solo podía entrar una vez al año en el «santo de los santos» del templo, después de haber realizado minuciosas purificaciones y llenado el lugar de incienso, para que no viera la gloria de Dios, pues de lo contrario, moriría (Lev 16,1-16). De ahí la importancia que los judíos daban a las purificaciones rituales y a los ritos de santificación para poder acercarse a Dios y ser admitidos en su presencia.

En el Nuevo Testamento se sigue insistiendo en el argumento de la trascendencia divina y se afirma: «A Dios nadie lo ha visto jamás» (Jn 1,18). Sin embargo, a continuación se añade: «Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer» (ídem). La palabra usada es «exegheomai»; es decir, que ‘nos ha hecho la exégesis’, nos lo ha explicado como un profesor que hace entender un texto difícil a sus alumnos. Jesucristo es el revelador del misterio de Dios. Por eso puede afirmar: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). 

Es muy significativo que, en el momento de la muerte de Jesús, «el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo» (Mt 27,51). El velo separaba el lugar santísimo, al que nadie podía acceder. Desde entonces todos pueden ver la gloria de Dios en el cuerpo herido de Cristo.

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