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miércoles, 15 de febrero de 2017

Curso de Biblia 2017. 2- De la «monolatría» al «monoteísmo»



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2017
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
2. De la «monolatría» al «monoteísmo»

La Biblia no tiene interés en demostrar la existencia de Dios ni en definirle. Para Israel, Dios es un hecho evidente. No se especula sobre él, sino que se narran sus intervenciones.

Nunca habla de Dios de una manera abstracta, definiéndolo o enumerando sus «atributos» (sus características), sino que da testimonio de que Dios se ha manifestado en la historia llamando a Abrahán y a los patriarcas, sacando a Israel de Egipto y guiándolo por el desierto, enviando profetas que hablaran en su nombre, etc. 

Dios se ha revelado en los acontecimientos; por eso, la Biblia es, ante todo, «historia de salvación».

Dios es «el primero y el último» (Is 44,6; 48,12), «desde el principio y siempre el mismo» (Is 41,4), anterior a todo y creador de todo «en el principio» (Gén 1,1). Su presencia se impone a Israel sin necesidad de explicaciones.

En las etapas más antiguas de la historia de Israel no se puede hablar con propiedad de «monoteísmo» (la creencia en que hay un solo Dios), sino de «henoteísmo» o «monolatría» (solo se adora al Dios del clan, de la tribu, del pueblo, del propio territorio, aceptando la existencia de otros dioses que favorecen a otros clanes o pueblos y son adorados por ellos). 

Los ejemplos que manifiestan que los hebreos creían en la existencia de otros dioses distintos del suyo son numerosos, pero veremos solo algunos: 

- Raquel, hija de Labán y esposa de Jacob robó los ídolos paternos, por lo que Labán le reclamó «sus dioses» (Gén 31,19.30-35). Más tarde, Mical, hija de Saúl y esposa de David, también conservó los ídolos familiares en su casa (1Sam 19,13-16).

- Al pasar el mar Rojo, los israelitas cantan «¿Quién como tú, Yahvé, entre los dioses? ¿Quién como tú, terrible entre los seres divinos, temible por tus proezas, autor de maravillas?» (Éx 15,11). Piensan que su Dios se ha manifestado más fuerte que los de Egipto, pero eso no significa que nieguen la existencia de los dioses egipcios.

- En la exhortación de Moisés al pueblo para que cumpla la ley de Dios, afirma: «¿Dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como Yahvé, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?» (Dt 4,7). Ahí se afirma que el Dios de Israel está más cerca de su gente que los otros dioses de sus respectivos pueblos, porque se suponía que cada dios tenía un pueblo especialmente en propiedad para que le rindiera culto.

- Al atravesar el territorio de los amorreos, los judíos dicen: «¿Acaso no te pertenece por derecho lo que Camos, tu dios, te ha dado en posesión? ¿Y no va a pertenecernos a nosotros lo que el Señor [Yahvé], nuestro Dios, nos ha dado en posesión?» (Jue 11,24).

- El rey David, cuando tuvo que huir de Israel al desierto, estaba convencido de que allí tendría que servir a otros dioses: los del lugar (1Sam 26,19). 

- El profeta Miqueas llega a afirmar: «Si todas las naciones van tras sus dioses, nosotros caminamos en el nombre Yahvé, nuestro Dios, por siempre jamás» (Miq 4,5). Lo que equivale a decir: «Cada pueblo sigue a sus dioses y el nuestro es Yahvé, por eso le seguimos a él». 

- Un salmo canta admirado la grandeza del hombre diciendo literalmente: «Lo hiciste poco inferior a los seres divinos» (Sal 8,6), aunque normalmente, para evitar confusiones, se traduzca por «lo hiciste poco inferior a los ángeles».

- Para manifestar la superioridad de Yahvé, muchas veces se afirma que él es «el Dios de los dioses» (Dt 10,17; Sal 50 [49],1) o que «ante él se postran todos los dioses» (Sal 97 [96],7).

Las tradiciones antiguas de Israel piden a los israelitas que solo se postren ante Yahvé, «el Dios de nuestros antepasados», el que se manifestó a Abrahán y sacó al pueblo de la esclavitud de Egipto. 

Ese era «su» Dios, al que ellos tenían que dar culto en exclusiva, sin adorar a los otros dioses, a los dioses «de los otros pueblos»: «Yo soy Yahvé, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud; no tendrás otros dioses frente a mí» (Éx 20,2-3); es decir, a ellos no les darás culto.

Gracias a la predicación de Elías y de los profetas posteriores a él, los israelitas fueron comprendiendo que los otros dioses no pueden salvar porque no existen, aunque los otros pueblos crean en ellos y los representen en imágenes de distintos materiales. Yahvé no es el Dios exclusivo de Israel, sino el único Dios, creador y señor de todo, que actúa en todos los sitios. 

Frente a la mayoría del pueblo, que aceptaba la existencia de muchos dioses, aunque diera culto preferentemente al Dios de sus antepasados, al Dios de la tierra en la que ellos habitaban, en torno a los profetas se fue creando un grupo que afirmaba la existencia de un único Dios. Los estudiosos lo suelen denominar el movimiento de «solo Yahvé». Al principio, era minoritario, pero cada vez adquirió más fuerza, especialmente desde que contó con el apoyo del rey Josías, a finales del siglo VII a. C.

Los descendientes de Abrahán comenzaron dando un culto preferencial al Dios que se reveló a su padre. Posteriormente le dieron culto en exclusiva. Finalmente pasaron de la «monolatría» al «monoteísmo». 

Esta llegará a ser la característica más específica de Israel, que la considera su signo de identidad y la convirtió en el primero de los mandamientos del decálogo y en el principal contenido de su confesión de fe: «Yahvé es el verdadero Dios y no hay otro» (Dt 4,35). 

Todos los judíos repiten cada día esta confesión de fe en la oración: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las inculcarás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales» (Dt 6,4-9).

En el exilio, el segundo Isaías exclama: «Antes de mí no había sido formado ningún dios, ni lo habrá después. Yo, yo soy el Señor [Yahvé], fuera de mí no hay salvador» (Is 4310-11).

Este principio se repite en los salmos y en los textos de después del exilio: «Los ídolos de los gentiles son oro y plata, hechura de manos humanas: tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen, no hay aliento en sus bocas. Sean lo mismo los que los hacen, cuantos confían en ellos» (Sal 135 [134],15-18).

Hay un escrito bíblico especialmente crítico y burlesco con la idolatría: la Carta de Jeremías, que normalmente se publica como capítulo 6 del libro de Baruc: «Veréis en Babilonia dioses de plata, oro y madera transportados procesionalmente a hombros, unos dioses que infunden temor religioso a los paganos. […] Son pura apariencia, incapaces de hablar. […] No son dioses. Así que no les tengáis miedo. […] Todo lo que hacen con ellos es mentira. ¿Cómo puede alguien creer o decir que son dioses? […] Esos dioses recubiertos de oro y plata son como un espantapájaros de melonar, que no espanta nada» (Bar 6,3.7.14.44.69).

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