Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 6 de noviembre de 2016

La muerte no es el final del camino


El mes de noviembre comienza con la fiesta de todos los santos (el día 1) y la conmemoración de los difuntos (el día 2). Las lecturas de la misa de hoy nos hablan de la vida eterna y nos ayudan a fortalecer nuestra esperanza.

En la primera lectura se nos narra el martirio de siete hermanos en tiempos de los macabeos. Todos ellos prefirieron morir antes que renegar de su fe, ya que esperaban en la vida eterna y ponían sus vidas en las manos de Dios. Por eso afirmaban: "El rey del universo nos resucitará para una vida eterna".

En el evangelio, Jesús reafirma la fe en la resurrección y nos dice que nuestro Padre celestial "no es Dios de muertos sino de vivos: porque para él todos están vivos".

Hace tres años, cuando se hicieron estas mismas lecturas, les propuse una entrada titulada "No es Dios de muertos, sino de vivos" en la que enlazaba a las explicaciones del credo sobre "la resurrección de la carne" y "la vida eterna". También les propuse el bello canto "Mi Dios está vivo". (Pueden consultar la entrada aquí).

Jesús no explica detalladamente cómo es la otra vida. Lo que él nos dice es que, por un lado, cada persona conservará su identidad (por lo que también su historia y sus relaciones humanas, aunque purificadas y glorificadas) y, por otro lado, la vida eterna es distinta de la vida actual, ya que consistirá en vivir la vida de Dios para siempre, en perfecta comunión con él y con los hermanos.

¡Qué hermoso es recordar la meta de nuestro caminar! No nos dirigimos hacia la muerte, sino hacia la Vida en plenitud, aunque para llegar tengamos que pasar antes por la muerte.

Aunque ya la hemos recordado otras veces, hoy es un buen día para escuchar la canción de Cesáreo Garabaín: "La muerte no es el final del camino". Después del video copio la letra.


Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que, aunque morimos, no somos
carne de un ciego destino.

Tú nos hiciste, tuyos somos,
nuestro destino es vivir,
siendo felices contigo,
sin padecer ni morir.

Cuando la pena nos alcanza
por un hermano perdido,
cuando el adiós dolorido
busca en la fe su esperanza.

En tu palabra confiamos
con la certeza que tú
ya le has devuelto a la vida,
ya le has llevado a la luz.

Cuando, Señor, resucitaste,
todos vencimos contigo
nos regalaste la vida,
como en Betania al amigo.

Si caminamos a tu lado,
no va a faltarnos tu amor,
porque muriendo vivimos
vida más clara y mejor.

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