Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 29 de noviembre de 2016

Curso de Biblia 2016. 108- Lo que cuenta la Biblia ¿es historia o ficción?



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
108. Lo que cuenta la Biblia ¿es historia o ficción?

Después de lo que hemos visto hasta ahora en este curso de Biblia, nos podríamos preguntar: «Entonces, lo que la Biblia dice ¿es histórico o inventado?, ¿es realidad o ficción?, ¿es verdadero o falso?». La respuesta no es sencilla porque la pregunta está mal planteada.

La Biblia contiene muchos datos históricos y recoge muchos acontecimientos realmente sucedidos, pero no pretende hacer una crónica de los mismos, sino interpretarlos a la luz de la fe para proponer una enseñanza. 

También recoge relatos de acontecimientos no sucedidos, parábolas, poesías, oraciones y textos pertenecientes a otros géneros literarios. 

Todos tienen el mismo propósito: trasmitirnos unas enseñanzas religiosas que nos ayuden a encontrar el sentido último del mundo, de la historia y de nuestra vida personal. 

Algunos textos no deben ser entendidos literalmente, pero eso no significa que digan «mentiras». Recogen y transmiten «verdades» en el sentido de que sus enseñanzas son verdaderas.

Durante siglos, se dividió la Biblia en tres partes, a las que corresponden tres géneros literarios o maneras de expresarse: los libros históricos, los proféticos y los didácticos. 

Este reparto de los libros bíblicos hizo que el Génesis y el libro de Rut fueran metidos entre los libros históricos, los libros de Jonás y de Daniel entre los proféticos, y el libro de los Salmos entre los didácticos, pero ya hemos visto que las cosas son más complejas y que algunos libros no encajan en el lugar donde se encuentran y que otros no se pueden identificar con ninguno de esos tres bloques.

Se suponía que todo lo escrito en los libros históricos había sucedido realmente tal como ellos lo contaban, pero en los distintos bloques en que se dividió la Biblia se usan géneros literarios muy variados, que tienen que ser interpretados de manera apropiada. 

Incluso en cada libro podemos encontrar textos correspondientes a géneros diversos. 

No es por casualidad que en la Biblia hebrea varios de nuestros libros históricos se engloben entre los proféticos. 

Además, los escritores bíblicos no concebían la historia de la misma manera que se hace en nuestros días. Veamos dos ejemplos:

La Biblia cuenta que el rey de Egipto se apoderó de los tesoros del templo de Jerusalén en tiempos de Roboán, el hijo de Salomón: «El año quinto del rey Roboán, Sosac, rey de Egipto, subió contra Jerusalén, apoderándose de los tesoros del templo del Señor y del palacio real. Se hizo con todo, incluso con los escudos de oro que había fundido Salomón» (1Re 14,25-26). 

No podríamos comprender la gravedad del acontecimiento si no fuera porque en un muro del templo de Karnak en Egipto está grabada una lista de las ciudades palestinas y sirias que conquistó y sometió el faraón Sheshonk I (945-924 a. C.). 

El autor bíblico no dice nada de eso, ya que solo le interesa lo que se refiere al templo, pero no habla de la destrucción de varias ciudades ni de los fuertes impuestos que impuso a la población ni de las dramáticas consecuencias de aquella invasión. Para el que quiera profundizar en estas cosas, añade: «El resto de los hechos de Roboán, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los reyes de Judá?» (1Re 14,29).

Al rey Omrí de Israel (874-853 a. C.) solo le dedican seis versículos (1Re 16,22-28), de los que cuatro son un estribillo que se repiten al hablar de cada uno de los reyes de Israel, en los que dicen lo malísimos que fueron porque permitieron dar culto a Yahvé fuera del templo de Jerusalén. 

Aparte de esto solo añaden que ese monarca trasladó la capital de Tirsá a Samaría y que su hijo Ajab le sucedió en el trono. 

Por otros documentos extrabíblicos y por los hallazgos arqueológicos podemos comprender que fue el rey más importante de toda la historia de Israel y de Judá (en muchos aspectos, más que David y Salomón): hizo alianza con ciudades fenicias, sometió al reino de Moab, impuso tributos a las rutas comerciales de la zona, emprendió importantes construcciones, etc. 

Pero esas cosas no les interesan a los autores bíblicos, que añaden: «El resto de los hechos de Omrí, cuanto obró y sus éxitos militares, ¿no está escrito en el libro de los Anales de los reyes de Israel?» (1Re 16,27).

Hoy no poseemos los Anales de los reyes de Judá ni los Anales de los reyes de Israel, que recogían los datos que podrían interesarnos para una historia «civil». Solo tenemos los datos bíblicos, que nos trasmiten la historia «religiosa». 

Puede parecernos demasiado poco, pero –si lo pensamos bien– es mucho más de lo que sabemos de Amón, Edom, Moab y los otros pueblos vecinos de la época.

Esto, en cuanto a los libros propiamente históricos, que interpretan teológicamente acontecimientos sucedidos (aunque a veces embellecidos y engrandecidos): Josué, Jueces, libros de Samuel, de los Reyes, de las Crónicas, Esdras, Nehemías y libros de los Macabeos.

Pero hay otros libros englobados entre los históricos o entre los proféticos que solo pretenden transmitir enseñanzas religiosas por medio de narraciones ficticias historiadas: Rut, Tobías, Judit, Ester, Jonás, Baruc y Daniel

Tal como hemos dicho, no cuentan mentiras, pero no deben ser interpretados literalmente si se quiere comprender su mensaje.

1 comentario:

  1. Muy interesante y, aclaratorio para los que se interesan por las Escrituras.

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