Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 17 de noviembre de 2016

Curso de Biblia 2016. 105- El simbolismo del jardín en la Biblia


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
105. El simbolismo del jardín en la Biblia

Ayer hablamos del simbolismo del desierto en la Biblia y de sus connotaciones negativas, ya que normalmente hace referencia a la esterilidad, al pecado, a los peligros y a la muerte.

El jardín, por el contrario, es la imagen de la bendición de Dios, especialmente si en él hay abundancia de agua.

A diferencia del desierto y de la selva (que normalmente son impenetrables), el jardín es la naturaleza «domesticada», al servicio del hombre.

Hay que tener en cuenta que en hebreo se usa la misma palabra para los distintos espacios cultivados por el hombre, sean campos de árboles frutales, huertos de verduras o jardines.

En la Escritura ocupa un puesto singular el monte Carmelo, en el norte de Tierra Santa, que es imagen de belleza y fecundidad, ya que se conserva siempre verde, a pesar de encontrarse rodeado de espacios semidesérticos. 

El rocío proveniente del mar se posa cada noche sobre la montaña, refrescando los pinos, algarrobos, higueras, olivos, laureles, romeros, retamas y rosales silvestres, que crecen abundantemente.

El Carmelo es el prototipo de todos los jardines, especialmente porque tradicionalmente se ha hecho derivar la palabra «Carmelo» del hebreo «Karem El», que significa precisamente ‘jardín de Dios’ o ‘viña de Dios’.

La Biblia lo describe como un paraje hermoso y rico de frutos. En los textos bíblicos se suele unir la montaña del Carmelo a la de Basán y a los montes del Líbano, de Efraín y de Galaad, a los lugares verdes y amenos. 

En las traducciones contemporáneas, cuando se habla del Carmelo junto a otros montes normalmente se conserva su nombre, pero cuando se habla del Carmelo a solas muchas veces se traduce por ‘vergel’, ‘huerta’ o ‘jardín’. Sin embargo, las traducciones de la Biblia hebrea al griego (los LXX) y al latín (la Vulgata) conservan la palabra «Carmelo» también en muchos pasajes que hablan de un lugar verde y ameno.

Se dice que su altura domina sobre el mar como símbolo de estabilidad, de fortaleza, del poder de Dios, que va a actuar a favor de su pueblo, venciendo sobre sus enemigos: 

     «¡Por mi vida –oráculo del Rey que se llama Señor del universo [literalmente, ‘Yahvé de los ejércitos’]– que todo va a suceder así, tan real como el Tabor entre los montes, como el Carmelo que se alza sobre el mar!» (Jer 46,18). 

En otros textos extrabíblicos antiguos, el Carmelo también sirve para evocar la belleza, la fecundidad, la fortaleza o la fidelidad de Dios: 

     «Dijo el Santo –sea él bendito– a Israel: tu cabeza es como el Carmelo, amo a tus pobres como a Elías cuando estaba en el Carmelo».

Con el pasar del tiempo, el Carmelo se convirtió en una referencia obligada para comprender toda la historia de la salvación. 

En primer lugar, recuerda el jardín que Dios plantó para el hombre, al principio de los tiempos, donde los seres humanos y los animales podían vivir en armonía. 

De hecho, mientras Adán vivió en comunión con Dios, pudo habitar en el jardín y comer sus frutos sin que ningún animal supusiera un peligro para él. 

El pecado del hombre rompió la armonía original entre los seres, que se volvieron enemigos los unos de los otros. La Biblia presenta como fruto del pecado humano que las especies animales se devoren entre sí (cf. Gén 6,5-7; 9,1-7). Solo la llegada del mesías podrá restablecer el proyecto de Dios, cuando el león, la oveja, la serpiente y el niño volverán a vivir juntos y en paz (cf. Is 11,1-9; 65,25). En realidad, se proyecta en un pasado ideal lo que se espera como don mesiánico para el futuro.

Por su pecado, Adán fue expulsado del jardín. No podía permanecer en el lugar de la comunión quien voluntariamente se había autoexcluido de ella. 

Lo mismo que sucedió entonces, sigue sucediendo hasta el presente: si el hombre obedece a Dios, se realiza el proyecto original del Creador, el Carmelo florece y le regala sus frutos, y el hombre vive en armonía con toda la Creación; por el contrario, si el hombre peca, se estropean las relaciones entre los seres, el Carmelo se seca y se transforma en desierto. 

La liberación de la esclavitud y el camino por el desierto hacia Canaán es un anticipo de la redención final, del establecimiento de la armonía proyectada por Dios en su jardín. 

Puede servir de ejemplo un texto del profeta Jeremías, en el que Dios llama a juicio a su pueblo, recordándole las gestas de su amor: lo ha sacado de la esclavitud de Egipto y lo ha conducido a través del desierto para introducirlo en la Tierra prometida, a la que él llama «la tierra del Carmelo». Allí se concretizan las promesas que Dios hizo a Moisés: 

     «Una tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y veneros que manan en el monte y la llanura, tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel…» (Dt 8,7s). 

Pero Israel ha traicionado a Yahvé, adorando a los dioses falsos, aliándose con los pueblos vecinos y actuando como ellos, abandonando la alianza, profanando el jardín de Dios, que ya no puede ofrecer sus frutos al pueblo traidor: 

     «Os traje a una tierra de huertos [el original hebreo dice “la tierra del Carmelo” y la versión griega traduce “al Carmelo” sin más], para comer sus frutos deleitosos; pero entrasteis y profanasteis mi tierra, hicisteis abominable mi heredad» (Jer 2,7). 

Si el Carmelo es imagen del jardín que Dios plantó para el hombre y de la tierra fértil que él prometió a Israel, la devastación del Carmelo es la mejor imagen para explicar las graves consecuencias del pecado del hombre. 

Cuando el hombre persiste en sus pecados y pone su confianza en sus propias fuerzas y no en Dios, el Carmelo no puede seguir ofreciéndole sus frutos ni ser para él lugar de descanso. 

Por eso, los profetas anuncian en numerosas ocasiones la destrucción del Carmelo como castigo por las infidelidades de Israel, como llamada apremiante a volver al Señor: 

     «Oíd cómo lloran amargamente […]. El país está de luto y languidece […], ha perdido el follaje el Carmelo» (Is 33,7-9); 

     «Mi pueblo es insensato, no me reconoce […], el vergel es un páramo [literalmente dice “el Carmelo se ha convertido en un desierto” por causa de los pecados de Israel]» (Jer 4,26); 

     «El Señor ruge desde Sión y desde Jerusalén alza su voz; se enlutan los pastizales de los pastores y se seca la cumbre del Carmelo» (Am 1,2); 

     «Nada deja sin castigo el Señor. [… Por eso] se marchita el Carmelo» (Nah 1,4). 

Por el contrario, cuando Israel se arrepiente de sus faltas, Dios envía la lluvia fecunda sobre el Carmelo, que vuelve a ser lugar de bendición y de promesa de plenitud para el creyente. 

El Carmelo florecido es la mejor imagen para explicar la misericordia de Dios, que siempre está dispuesto a ofrecer perdón y bendiciones a quienes se vuelven a él.

Los profetas anuncian el reverdecer del Carmelo, o la transformación del desierto en un gran «Carmelo» (vergel), como imagen del perdón de Dios y de los tiempos mesiánicos: 

     «Muy pronto el Líbano se convertirá en vergel y el vergel parecerá un bosque [literalmente “el Líbano se convertirá en Carmelo y el Carmelo será un bosque]. Aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos. Los oprimidos volverán a alegrarse en el Señor, y los pobres se llenarán de júbilo…» (Is 29,17s). 

Este Carmelo transfigurado por el poder de Dios, donde reinará la paz y la justicia, será el gran regalo de Dios a su pueblo, que está invitado a poner la confianza solo en él. 

Los dones de la salvación definitiva y del Espíritu Santo también van unidos al Carmelo: 

     «Habitará el derecho en el desierto, y habitará la justicia en el vergel [literalmente “en el Carmelo”]. La obra de la justicia será la paz […]. Mi pueblo habitará en montañas apacibles, en tiendas seguras, en tranquilos lugares de reposo» (Is 32,16s). 

La imagen siguió siendo válida durante el exilio. Los profetas anuncian que, después de cumplir su condena, los desterrados de Israel podrán regresar a una Sión renovada y embellecida con la gloria del Carmelo: 

     «El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa y florecerá como flor de narciso, festejará con gozo y cantos de júbilo. Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Contemplarán la gloria del Señor, la majestad de nuestro Dios...» (Is 35,1s). 

El regreso de la esclavitud desde Babilonia a la Tierra prometida se identifica con el regreso al jardín de Dios, al paraíso original. Allí los redimidos podrán disfrutar de sus frutos: 

     «Traeré a Israel a su pastizal, pastará en el Carmelo…» (Jer 50,19).

1 comentario:

  1. SEÑOR ERES LA MISERICORDIA INFINITA ESPERO VAMOS COMO NIÑOS QUE TROPIEZAN Y TU LOS LEVANTAS POR ESO TENEMOS DESIERTOS Y JARDINES LOS ANIMALES SE COMEN UNOS A OTROS QUE FELICIDAD CUANDO TODOS HUNIDOS GOCEMOS DEL MARAVILLOSO JARDIN DE DIOS Ana Maria

    ResponderEliminar