Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 25 de octubre de 2016

Curso de Biblia 2016. 100- El respeto al Nombre de Dios


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
100. El respeto al Nombre de Dios

Hemos dedicado la clase 98 a hablar de "los nombres en la Biblia" y la 99 a estudiar "los nombres de Dios", especialmente el llamado "tetragrama sagrado" (YHWH), que es el más usado. Hoy veremos por qué, a pesar de estar escrito en la Biblia, no es usado por los judíos al leerla ni en el culto.

Los judíos respetan tanto el nombre de Dios, que tienen prohibido nombrarlo en vano (Éx 20,7; Dt 5,11), por eso solo lo pronuncian cuando estudian algunos textos bíblicos. 

Sin embargo, cuando leen la Biblia en público, cada vez que aparece el nombre «YHWH» ellos pronuncian «Adonai» (‘mi Señor’, ‘mi Dueño’) o «ha Shem» (‘el Nombre’). 

Incluso, cuando usan otros idiomas distintos del hebreo, no copian la palabra «Dios» entera, sino que escriben «Di-s» en español, «D-o» en italiano, «G-d» en inglés, etc.

Por respeto a Dios, para no nombrarle, a veces se afirma que su ángel se aparece o habla, aunque se refiera a él mismo (especialmente en los textos más antiguos, como en Jue 6,11s). 

Igualmente, cuando se desea que Dios haga algo, no se le nombra. Sencillamente, se omite el sujeto y se sobreentiende que es Dios quien tiene que hacerlo. 

Para ello se escribe la frase en pasivo, que en hebreo siempre tiene que ser acompañado por el sujeto que realiza la acción, pero en este caso se omite. Por ejemplo, no se dice: «Que Dios te bendiga», sino «sé bendecido» (se entiende que por Dios). 

Es el «pasivo teológico»», que indica siempre que Dios hará algo, pero a él no se le nombra para no usar en vano el Nombre divino, que se consideraba impronunciable. 

Esta es la fórmula que encontramos en muchos textos, como en el Padre Nuestro, en el que decimos: «Santificado sea tu Nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad» para pedir: ‘Manifiesta tu santidad, establece tu reino, realiza tu proyecto sobre nosotros’.

En la Biblia se usan varias expresiones para hablar de Dios sin nombrarle: el «Santo», el «Nombre», el «Cielo», etc. 

Siguiendo esa costumbre, san Mateo (que era judío) normalmente no habla del «Reino de Dios», sino del «Reino de los cielos», que posiblemente es la expresión que usaba Jesús. 

Sin embargo Lucas (que era griego) traduce siempre por el «Reino de Dios» para que sus destinatarios puedan entender a qué se refiere.

El respeto al Nombre de Dios, que se identifica con Dios mismo, es el motivo por el que se consagró el templo de Jerusalén «al Nombre del Señor», por el que se ofrecían sacrificios «a su Nombre» y por el que la Biblia dice: «Bendito [sea] tu Nombre santo y glorioso: a él gloria y alabanza por los siglos» (Dan 3,52). Esta manera de orar es muy común en los salmos: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la gloria, por tu amor y fidelidad» (Sal 115,1 [113b,9]). 

Israel sabe que no merece la ayuda de Dios, pero la solicita igualmente «por la bondad de su Nombre»; es decir, apelando a su identidad más profunda, que es bondad, generosidad, misericordia: «Socórrenos, Dios, Salvador nuestro, por el honor de tu Nombre; líbranos y perdona nuestros pecados a causa de tu Nombre» (Sal 79 [78],9); «Tu Nombre es invocado sobre nosotros. ¡No te deshagas de nosotros!» (Jer 14,9); «No nos rechaces, por tu Nombre, […] no rompas tu alianza con nosotros» (Jer 14,21).

Jesús también ora diciendo: «[Padre], he manifestado tu Nombre a los que me diste» (Jn 17,6) y «[Padre justo], les he dado a conocer y les daré a conocer tu Nombre» (Jn 17,26). 

Que Jesús ha revelado el Nombre de Dios significa que ha dado a conocer su identidad más profunda, que ha abierto para nosotros la puerta de acceso a su corazón. 

Más aún, Jesús nos ha revelado que el Nombre de Dios es «Padre» y que su esencia es el amor, la misericordia. 

Así, cuando el en Padre Nuestro pedimos a Dios que santifique su Nombre, le estamos suplicando que manifieste su verdad, que no nos trate de acuerdo con nuestras obras, sino conforme a lo que él es.

Por otro lado, cuando el Padre glorifique a Jesús en la resurrección, le concederá «el Nombre sobre todo nombre» (Flp 2,9); haciéndolo partícipe de su propia gloria. Por eso, los primeros cristianos estaban contentos de sufrir persecución «por el Nombre» (Hch 5,41), lo que significa «por Jesús y por su causa».

Ahora podemos comprender por qué, cuando Jacob quiso conocer el Nombre de Dios, no se le concedió (cf. Gén 32,30). También Moisés quería conocer el nombre de Dios, su identidad, para poder decir a los israelitas quién es el que le enviaba (Éx 3,13). Pero eso no es posible, ya que Dios es más grande que todo lo que podemos conocer. 

Más tarde, cuando Moisés quiera ver el rostro de Dios, comprenderá que eso tampoco está a su alcance, ya que sería lo mismo que conocer su Nombre. 

A pesar de gozar de la amistad de Dios y de tratarlo en intimidad, solo pudo ver su espalda: «Moisés exclamó: “Muéstrame tu gloria”. Y él [Dios] le respondió: […] Mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida. […] Podrás ver mi espalda, pero mi rostro no lo verás”» (Éx 33,18-23). En resumen: conocer el nombre de Dios es lo mismo que ver su rostro y que comprender su misterio. 


Cuando Dios se presenta a Moisés como «Yahvé» (Éx 3,14) solo dice que él existe, que es el Dios vivo y verdadero. De todas formas, eso es lo más cercano que tenemos a un nombre de Dios. Como Job, todos los israelitas deben confesar que conocen a Dios «solo de oídas» (cf. Job 42,5-8). 

El Nuevo Testamento también señala que, hasta Jesús, «a Dios nadie lo ha visto» (Jn 1,18), pero él nos lo ha revelado, nos lo ha dado a conocer, nos lo ha hecho ver, ya que él es «el rostro visible del Dios invisible» (Col 1,15). Por eso puede afirmar: «Quien me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,9).

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