Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 11 de septiembre de 2016

Jesús acoge a los pecadores y come con ellos


Hoy (domingo 24 del Tiempo Ordinario, ciclo "c") en el evangelio de la misa se leen las tres "parábolas de la misericordia" que recoge san Lucas para callar a los fariseos que acusaban a Jesús de ser demasiado blando con los pecadores: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo.

Les recuerdo que Jesús no es un filósofo griego, sino un predicador judío, por lo que no usa el lenguaje abstracto de la filosofía, sino el poético de la Biblia. 

De hecho, las Escrituras están llenas de imágenes y comparaciones, los libros proféticos y los salmos están escritos en verso y los libros sapienciales son colecciones de dichos ingeniosos para hacer pensar al auditorio. 

En el Antiguo Testamento, Natán hizo comprender a David su pecado hablándole de un rico que tenía muchos corderos y, sin embargo, hizo sacrificar al único corderito de un pobre para celebrar un banquete (2Sam 12,1-7). 

Isaías cantó el amor de Dios hablando de un labrador que planta y cuida una viña, esperando sus frutos, aunque solo recibe agraces (Is 5,1-7). 

También Ezequiel comparó a Israel con una viña plantada por un águila fuerte y hermosa (Ez 17,1-10). 

Jeremías presentó a Dios como un alfarero que modela sus vasijas con libertad (Jer 18,1-10). 

Estos textos no son solo pasatiempos, sino enseñanzas serias, que comprometen la vida y exigen decisiones. Por eso, los mismos profetas los explican y sacan las consecuencias prácticas.

Jesús vive en ese contexto y usa esos símbolos, conocidos por sus contemporáneos, ya que eran comunes en el Antiguo Testamento. 

Sus palabras son sencillas. Las parábolas son un intento de acercar su mensaje a los más humildes. De hecho hablan de las realidades cotidianas: la siembra, la pesca, el pastoreo, la preparación del pan, los remiendos en la ropa… 

Como antes hicieron los profetas, también las explica, para ayudar a descubrir sus enseñanzas y para animar a tomar decisiones. Sin sus explicaciones, que solo acogen los que tienen fe, resultan incomprensibles, meros pasatiempos, tal como él mismo afirma, citando a Isaías (cf. Mt 13,10-17; Mc 4,10-12; Lc 8,9-10).

En las parábolas, Jesús enseña cómo es Dios. Ante todo, es bueno y cuida de los seres que ha creado: de las aves, de los lirios y de los hombres (Mt 6,25-30; Lc 12,22-28). Ama a todos, a los buenos y a los malos, a los justos y a los injustos (Mt 5,45; Lc 6,35). Se interesa por nuestras cosas, conoce hasta el número de nuestros cabellos (Mt 10,30; Lc 12,7). Tiene paciencia y misericordia con los pecadores, como un padre que espera a su hijo, una mujer que busca una moneda perdida o un pastor que busca una oveja extraviada (Lc 15). Siembra generosamente la palabra, también sobre los caminos, entre las piedras y las zarzas, para dar a todos una oportunidad de salvación (Mc 4,3-20; Mt 13,1-23; Lc 8,4-15). 

Las parábolas anuncian que el reino de Dios llega para todos y que es gratuito, precisamente porque es tan valioso que los hombres no pueden adquirirlo por sí mismos. Solo lo pueden tener si lo reciben de Dios mismo, conscientes de que su valor sobrepasa todo lo que nosotros podemos aportar o merecer. Es un tesoro o una perla de gran valor (Mt 13,44-46). 

Pero, cuando lo descubrimos, tenemos que poner lo que está de nuestra parte por adquirirlo y conservarlo. Las parábolas enseñan cómo tenemos que comportarnos: como las vírgenes prudentes que esperan en vela (Mt 25,1-13), como el samaritano que cuida del prójimo (Lc 10,25-37), como el publicano que se reconoce necesitado de misericordia (Lc 18,9-14), dispuestos a perdonar para poder recibir el perdón de Dios (Mt 18,21-35).

San Lucas en el capítulo quince de su evangelio recoge tres parábolas que revelan de una manera clara que «el nombre de Dios es misericordia»: la del hijo pródigo, la de la mujer que busca una moneda perdida y la del pastor que busca la oveja extraviada. 

De ellas dice el papa Francisco: «En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida, la de la moneda extraviada y la del padre y los dos hijos (cf. Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón» (Misericordiae Vultus, 9).

El contexto en el que san Lucas presenta estas parábolas es el siguiente: «Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este acoge a los pecadores y come con ellos”» (Lc 15,1-3). 

Los bien-pensantes de la época se escandalizaban de que Jesús fuera al encuentro de los pecadores y comiera con ellos. 

Jesús justifica su actuar porque es el actuar de Dios: porque Dios acoge y perdona, él no puede hacer de otra manera. Viendo cómo actúa Jesús podemos comprender cómo es Dios.

He hablado brevemente de este evangelio en esta entrada.

He explicado la parábola del hijo pródigo a la luz de las enseñanzas de santa Teresa de Jesús en esta entrada y en esta otra, en la que me detengo a reflexionar sobre la fiesta que Dios organiza cuando un pecador se convierte.

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