Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 16 de septiembre de 2016

Curso de Biblia 2016. 94- El templo de Jerusalén


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
94. La religión de Israel
13) El templo de Jerusalén

Como ya hemos tenido ocasión de ver, aunque la Biblia magnifique el templo de la época de Salomón (el «primer templo»), aquel fue un edificio muy discreto, del que no ha quedado ningún rastro arqueológico.

Tampoco era considerado santuario nacional, sino santuario del rey y de su familia. Desde los tiempos del rey Josías (siglo VII a. C.) se comenzó a destruir los otros centros de culto y a considerar como único culto legítimo el ofrecido en el templo de Jerusalén.

El templo de después del exilio (el «segundo templo») adquirió una importancia fundamental, ya que era la institución en torno a la que los israelitas podían reunirse y encontrar su identidad religiosa y política, porque no tenían descendientes de David en el trono ni independencia real, visto que estaban sometidos a Persia. 

Por eso se terminó convirtiendo en el corazón del judaísmo y en el símbolo de su fe. Fue totalmente reconstruido y engrandecido en época de Herodes.

Para los judíos del siglo V a. C. en adelante, el templo era el símbolo de la unicidad de Dios (porque hay un solo Dios, hay también un solo templo, elegido por él mismo como morada de su gloria). 

También testimoniaba la unidad del pueblo elegido (a partir de los doce años, todos los judíos tenían que pagar un impuesto al templo, independientemente de dónde vivieran, ya que solo allí se ofrecían los sacrificios por el pueblo, por todo el pueblo). 

Por último, era signo de identidad para Israel y de distinción frente a los extranjeros (que no podían entrar en él, bajo pena de muerte).

Los israelitas amaban el templo y peregrinaban a él siempre que podían, especialmente con ocasión de las grandes fiestas. Se conservan varios «salmos de ascensión», que se cantaban precisamente durante las peregrinaciones.

El templo de la época de Herodes constaba de una gran explanada a cielo abierto, rodeada de pórticos y edificios administrativos (llamado «atrio de los gentiles») en el que tenían lugar los principales acontecimientos de la vida social y política: enseñanza de los rabinos, juicios, reparto de trigo y aceite a los pobres, adquisición de los animales para los sacrificios, cambio de las monedas ordinarias por las de curso en el templo... con un férreo control para que no se produjeran abusos.

Dentro se encontraba el edificio de culto propiamente dicho, con tres amplios atrios sucesivos: el de las mujeres, el de los varones y el de los sacerdotes, antes del lugar «santo», separado por una cortina del lugar «santísimo» (más conocido entre nosotros por el nombre en latín: «sancta sanctorum»).

Todo el mundo podía acceder a la explanada exterior (por eso era llamada atrio de los gentiles), pero al edificio solo podían entrar los de raza judía. 

En las puertas había carteles escritos en hebreo y griego con la advertencia del peligro que se corría si no se respetaba la norma. De hecho, la detención de san Pablo, que lo terminó llevando encadenado a Roma, partió de la acusación de que había introducido a un incircunciso en el templo (cf. Hch 21,27ss).

La mujeres judías solo podían acceder al primer recinto, pero no cuando estaban enfermas o cuando tenían el periodo (el contacto con la sangre las hacía «impuras»), ni cuando estaban embarazadas, hasta cuarenta días después de haber dado a luz, ni cuando moría alguien en su familia durante otros cuarenta días (ya que tenían que lavar el cadáver y eso también las hacía «impuras»). 

Los varones judíos podían acceder al segundo recinto, pero no los enfermos, los cojos, los ciegos o lisiados. 

Los sacerdotes podían entrar al tercer recinto, donde se «purificaban» lavándose y cambiándose de ropa antes de acceder al lugar santo para realizar su ministerio. 

Al lugar santísimo solo podía entrar el sumo sacerdote una vez al año, el día del «Yom Kipur» (o de la gran expiación).

Allí donde se encontraran, los judíos tenían la obligación de rezar tres veces al día mirando hacia el templo de Jerusalén (costumbre que conservan hasta el presente).

Como el templo fue destruido por los romanos, los judíos esperan la venida del mesías, que es el único que tendrá autoridad para establecer el «tercer templo». 

La tradición de depositar piedras sobre las tumbas de los judíos cuando se visitan los cementerios surgió de la idea de que así ellos también podrán aportar algún material para la reconstrucción cuando resuciten los justos. 

Algunos grupos tienen ya todo el instrumental necesario, así como levitas y sacerdotes preparados para reiniciar el culto en el momento oportuno. Otros ven con horror los preparativos de quienes quieren reinstaurar los sacrificios animales y las costumbres antiguas.

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