Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Curso de Biblia 2016. 91- Las críticas de los profetas al culto


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
91. La religión de Israel
10) Las críticas de los profetas al culto

Los profetas de Israel insisten en que no se debe separar el culto de la vida, ya que una relación incorrecta con el prójimo necesariamente implica también una relación desordenada con Dios.


Para ellos, solo en el ejercicio de la justicia y de la misericordia se haya el camino para acercarse a Dios, que no puede ser sobornado con regalos, por lo que las ofrendas y los sacrificios no tienen sentido si no van acompañados de una vida recta.

A principios del siglo VIII a. C., Oseas presentó a Yahvé como el «esposo» de Israel y la idolatría como infidelidad, adulterio y prostitución. 

El profeta afirmaba que los ritos en honor de Yahvé (los sacrificios de animales en su honor) no tenían sentido, ya que lo que él pide es «hesed» (que se puede traducir por ‘fidelidad’ a la alianza o por ‘misericordia’ hacia los necesitados, que es lo mismo).

Algunos años después, el profeta Amós retomó el discurso y volvió a afirmar que Yahvé estaba cansado de los cantos y tañidos de arpa, con los que se acompañaban las ofrendas y sacrificios, y que lo que él quiere es que fluya el derecho y la justicia. 

Llega a enseñar que todos los actos de culto son ineficaces si los que los ofrecen son injustos (cf. Am 5,21-24).

Elías, Oseas y Amós realizaron su ministerio en el reino del norte, en Israel. Sus sucesores en el reino de Judá, en el sur, predicaron cosas parecidas a las que ellos anunciaron.

Isaías, por ejemplo, comenzó su actividad fustigando la falsa religiosidad de los que buscan justificarse a sí mismos acudiendo al templo pero olvidan la ética en sus relaciones con los demás: 

«¿Qué me importa la abundancia de vuestros sacrificios? –dice el Señor–. Estoy harto de holocaustos de cameros, de grasa de cebones; la sangre de toros, de corderos y chivos no me agrada. Cuando venís a visitarme, ¿quién pide algo de vuestras manos para que vengáis a pisar mis atrios? No me traigáis más inútiles ofrendas, son para mí como incienso execrable. Novilunios, sábados y reuniones sagradas: no soporto iniquidad y solemne asamblea. Vuestros novilunios y solemnidades los detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más. Cuando extendéis las manos me cubro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no os escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, purificaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien. Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda. Venid entonces, y discutiremos –dice el Señor–. Aunque vuestros pecados sean como escarlata, quedarán blancos como la nieve; aunque sean rojos como la púrpura, quedarán como la lana. Si sabéis obedecer, comerán de los frutos de la tierra; si rehusáis y os rebeláis, os devorará la espada, –ha hablado la boca del Señor–» (Is 1,11-20).

De la misma opinión es Jeremías, que denuncia que contemporáneos ponían su confianza en el templo sin intención de cambiar su conducta inmoral: 

«No os creáis seguros con palabras engañosas, repitiendo: “Es el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor”. Si enmendáis vuestra conducta y vuestras acciones, si juzgáis rectamente entre un hombre y su prójimo, si no explotáis al forastero, al huérfano y a la viuda, si no derramáis sangre inocente en este lugar, si no seguís a dioses extranjeros para vuestro mal, entonces habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres» (Jer 7,4s). 

El profeta afirma que el templo de Jerusalén se ha convertido en una «cueva de ladrones» a la que acuden los especuladores e insolidarios buscando que Dios bendiga sus negocios. 

Por eso, Dios amenaza con destruirlo como había hecho antes con el templo de Siló. La única posibilidad de supervivencia está en no confiar en el templo sino en la práctica de la justicia y de la misericordia hacia los emigrantes, huérfanos y viudas (cf. Jer 7,5-6).

Ezequiel une la injusticia a los hermanos al olvido de Dios, haciéndolos sinónimos: 

«En ti se aceptan sobornos para cometer crímenes; has aceptado intereses y practicado la usura; con violencia extorsionas a tu prójimo, y a mí me has olvidado –oráculo del Señor Dios–» (Ez 22,12).

Al regreso del exilio, los judíos preguntaron al profeta Zacarías si tenían que continuar con los días de ayuno y penitencia como hasta entonces y él respondió como sus predecesores que no es eso lo que Dios les pide, sino la justicia y la misericordia en las relaciones humanas: 

«Al ayunar y hacer penitencia el quinto y el décimo mes durante setenta años, ¿ayunasteis por mí? Cuando comíais y bebíais, ¿no comíais y bebíais en provecho propio? […] Pronunciad sentencias justas y practicad el amor y la misericordia unos con otros. No oprimáis a viudas y huérfanos, a emigrantes y pobres, y que nadie ande pensando el mal que va a hacer a su prójimo» (Zac 7,5-10).

En la purificación del templo de Jerusalén, Jesús cita a los profetas para afirmar que ha llegado el tiempo en que el culto ofrecido a Dios no se puede identificar con celebrar unos ritos determinados, en un lugar concreto y en unos días señalados, sino que consiste en una vida ofrecida al servicio de los hermanos. Ese es el culto «en espíritu y verdad» (Jn 4,23) que Dios quiere.

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