Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 6 de septiembre de 2016

Curso de Biblia 2016. 90- El culto


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
90. La religión de Israel
9) El culto

Tanto entre los israelitas como entre los pueblos cananeos, la principal forma de culto era el sacrificio de animales, que tenían que ser machos, sin defectos y normalmente de un año de edad.


La sangre se derramaba a los pies del altar, la mejor parte del animal era quemada allí mismo, el resto era consumido por los oferentes «ante Dios», para sellar una relación especial con él por medio de un banquete sagrado, ya que se consideraba que compartir los alimentos creaba comunión entre los comensales. 

El sacrificio en que el animal era quemado totalmente se llamaba «holocausto».

En varios textos se refleja la mentalidad primitiva, presente en todas las culturas de la zona, que consideraba que los sacrificios eran una manera de alimentar a los dioses: 

«El Señor dijo a Moisés: “Manda esto a los israelitas: Tendréis cuidado de presentarme a su tiempo mis ofrendas, mis alimentos, mis manjares al fuego […]. Corderos de un año, sin defecto, dos al día […] y una décima de flor de harina amasada con aceite...”» (Núm 28,1ss).

Al principio estos sacrificios se ofrecían en los distintos altares y santuarios extendidos por todo el territorio y relacionados con los antepasados de cada tribu, que los visitaba periódicamente. 

Normalmente se encontraban en las cimas de las montañas, por lo que la Biblia los llama «bamot», que significa ‘altos’. 

A partir de las reformas de los reyes Ezequías (cf. 2Re 18,1-8) y Josías (cf. 2Re 22,3-23,25), solo se permitió ofrecer sacrificios en el templo de Jerusalén. 

Los otros santuarios primero fueron mirados con recelo y más tarde fueron destruidos. Después del exilio se identificó el culto que se ofrecía en esos lugares con la idolatría.

Durante la época del segundo templo, todos los días se ofrecían por la mañana y por la tarde sacrificios públicos en nombre de todo el pueblo. 

En los tiempos cercanos al surgimiento del cristianismo, también se ofrecían sacrificios diarios «por el emperador y el pueblo de Roma». 

Los sacrificios privados (ofrecidos como expiación por una falta o para pedir un favor o para dar gracias por un favor recibido) eran tan numerosos que en Jerusalén había centenares de levitas dedicados exclusivamente a ese servicio.

El Antiguo Testamento da testimonio de que en varias ocasiones se ofrecieron a Dios sacrificios humanos (Jue 11,29s; 1Re 16,34, etc.), pero los profetas denunciaron esa práctica como contraria a la voluntad de Dios: 

«La gente de Judá ha hecho lo que yo detesto […]. Han construido los recintos sagrados del Tófet para quemar en ellos a sus hijos e hijas, algo que yo no les mandé ni se me pasó por la cabeza» (Jer 7,30-31). 

La historia del sacrificio de Isaac (Gén 22) tiene que ser leído en esta perspectiva, como una manifestación de que Dios no quiere los sacrificios humanos.

Eran frecuentes los ritos de exorcismo (para liberar a los enfermos de los espíritus maléficos) y las prácticas adivinatorias (especialmente a la hora de hacer edificios, tratados o guerras). 

En el segundo caso, se usaba el «efod», que era una especie de bolsa que el sacerdote llevaba colgando del cuello, en la que se encontraban dos piedras del mismo tamaño pero de distinto color, el «urim» y el «tumim». Al sacarlas, se daba a cada una un significado distinto (como cuando se decide entre dos opciones lanzando una moneda «a cara o cruz». 

Encontramos atestiguado el uso del «efod» en los santuarios antiguos (1Sam 14,38s) y se terminará convirtiendo en el principal accesorio del vestido del sumo sacerdote de Jerusalén (Éx 28,6s).

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