Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 31 de agosto de 2016

Curso de Biblia 2016. 88- La fe en la vida eterna


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
88. La religión de Israel
7) La fe en la vida eterna

La creencia de que los muertos perviven después de la muerte está presente en Israel desde muy antiguo, pero la fe en la resurrección de los muertos es relativamente tardía y se desarrolló de una manera progresiva.

Al principio, Israel pensaba que todos los vivientes se terminarían encontrando en un lugar de sombras, donde llevarían una existencia disminuida. Allí no habría diferencia entre la vida de los justos y de los impíos, de los hombres y de los animales: «Todos caminan al mismo lugar, todos vienen del polvo y todos vuelven al polvo» (Ecl 3,20).

A ese lugar lo llamaban «sheol» en hebreo, «hades» en griego e «infernus» en latín. En español se traduce normalmente por el ‘abismo’.

No se esperaba un premio o castigo por las propias obras en la otra vida, ya que se pensaba que Dios retribuía las buenas o malas acciones en esta.

Es verdad que algunos textos antiguos hablan de una esperanza colectiva e incluso individual, aunque no se formula claramente una fe en la resurrección y no es fácil discernir a qué se refieren exactamente:

«En dos días nos volverá a la vida y al tercero nos hará resurgir; viviremos en su presencia» (Os 6,2);

«Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros» (Is 25,8);

«¡Revivirán tus muertos, resurgirán nuestros cadáveres, despertarán jubilosos los que habitan en el polvo!» (Is 26,19);

«Habitaré en la casa del Señor por años sin término» (Sal 23 [22],6);

«Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa» (Sal 30 [29],4);

«Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme, en los que esperan su misericordia, para librar sus vidas de la muerte» (Sal 33 [32],18-19);

«Libraste mi alma de la muerte, mis pies de la caída; para que camine en presencia de Dios a la luz de la vida» (Sal 56 [55],14);

«Yo sé que mi redentor vive y que al fin se alzará sobre el polvo: después de que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios. Yo mismo lo veré, y no otro; mis propios ojos lo verán» (Job 19,25s); etc.

La esperanza en la resurrección se afirma con total claridad a partir del siglo II a. C., en concreto en varios textos de los libros de Daniel y de los Macabeos:

«Entonces se salvará tu pueblo: todos los que se encuentran inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán: unos para vida eterna, otros para vergüenza e ignominia perpetua. Los sabios brillarán […] por toda la eternidad» (Dan 12,1-3);

«El rey del universo nos resucitará para la vida eterna. […] Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará. […] Yo no os regalé el aliento ni la vida, ni organicé los elementos de vuestro organismo. Fue el creador del universo, quien modela la raza humana y determina el origen de todo. Él, por su misericordia, os devolverá el aliento y la vida. […] No temas a ese verdugo; mantente a la altura de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios, te recobraré junto con ellos. […] Mis hermanos, después de haber soportado un tormento pasajero, han llegado a la vida eterna por la promesa de Dios; tú, en cambio, por el justo juicio de Dios, cargarás con la merecida pena por tu soberbia» (2Mac 7).

En el siglo I a. C. se afirma la esperanza en la vida eterna con un lenguaje totalmente distinto, desconocido hasta entonces para los hebreos.

En el libro de la Sabiduría, escrito en griego y muy influenciado por la filosofía helenista, el autor confiesa su fe en la inmortalidad y en la recompensa de los justos después de la muerte:

«Los impíos llaman a la muerte con gestos y palabras […]. Razonando equivocadamente se decían: “Corta y triste es nuestra vida y el trance final del hombre es irremediable; no consta de nadie que haya regresado del abismo. Nacimos casualmente y después seremos como si nunca hubiésemos existido”…» (Sab 1,16-2,5);

«La vida de los justos está en manos de Dios y ningún tormento los alcanzará. Los insensatos pensaron que habían muerto, y consideraban su tránsito como una desgracia, y su salida de entre nosotros, una ruina, pero ellos están en paz. […] En el día del juicio resplandecerán […]. Los impíos, en cambio, serán castigados» (Sab 3,1s).

En tiempos de Jesucristo, la fe en la resurrección y en el juicio final, con el correspondiente premio y castigo, estaba firmemente establecida, aunque la rechazaban algunos grupos, como los saduceos. Lo podemos comprobar en sus enfrentamientos con Jesús (Mt 22,23s) y con san Pablo (Hch 23,6s).

1 comentario:

  1. La fe nos hace sentir lo que el Señor nos dice

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