Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 23 de agosto de 2016

Curso de Biblia 2016. 83- La santidad de Dios



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
83. La religión de Israel
2) Características (o «atributos») de Dios: la santidad

El pueblo de Israel fue profundizando de una manera lenta y progresiva en su comprensión de Dios. La predicación de los profetas fue purificando las ideas que el pueblo tenía sobre él.

Primero se afirmó su absoluta diferencia respecto a todo lo que el ser humano puede ver y conocer (su «santidad» o trascendencia), así como la vacuidad de los otros dioses (que solo son ídolos, ya que no existen de verdad). 

Al mismo tiempo, la experiencia de las sucesivas intervenciones salvadoras de Dios a favor de su pueblo, llevaron a una toma de conciencia de la cercanía, fidelidad y misericordia de Yahvé. 

Hacia el 740 a. C., Isaías tuvo una visión en el templo de Jerusalén, en la que los serafines cantaban que Yahvé es «santo, santo, santo» (Is 6,3). Este atributo de Dios es subrayado por todos los escritores bíblicos como su primera característica: Dios es santo, su nombre es santo (Os 11,9, Am 2,7, Lev 20,3, Is 57,15, Ez 36,20, etc.).

Solemos dar a esta palabra un sentido moral, pero la palabra «qadosh» (que traducimos por ‘santo’) significa ‘separado’, ‘distinto’, ‘otro’, alguien que no tiene que ver con lo que conocemos, vemos o representamos con imágenes; lo que hoy llamamos ‘trascendente’. 

Esto queda bien reflejado en numerosos textos: 

«Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos –oráculo del Señor–. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros y mis planes de vuestros planes» (Is 55,8-9); 

«¿Pretendes sondear el misterio de Dios, descubrir la perfección del Todopoderoso? Es más alto que el cielo: ¿qué harás?; más hondo que el abismo: ¿qué sabrás tú? Es más extenso que la tierra y más ancho que el mar» (Job 11,7-9); 

«Dios es poderoso, incomprensible» (Job 36,26); 

«Podríamos decir mucho más y nunca acabaríamos; mi conclusión es esta: “Él lo es todo”. ¿Dónde hallar fuerza para glorificarlo? ¡Él es más grande que todas sus obras! Temible es el Señor, inmensamente grande, admirable en su poder. Ensalzad al Señor con vuestra alabanza, todo cuanto podáis, que él siempre os superará; y, al ensalzarlo, redoblad vuestra fuerza, no os canséis, que nunca acabaréis. ¿Quién lo ha visto para poder describirlo? ¿Quién puede glorificarlo dignamente? Aún quedan misterios mucho más grandes: tan solo hemos visto algo de sus obras» (Eclo 43,27-32; cfr. 18,1-7); 

«¡Qué incomparables encuentro tus designios, Dios mío, qué inmenso es su conjunto! Si me pongo a contarlos, son más que arena; si los doy por terminados, aún me quedas tú» (Sal 139 [138],17-18); etc.

Esta es la «santidad» de Dios: su absoluta trascendencia. 

En el Antiguo Testamento, esa es la característica principal de Yahvé, que nunca puede ser totalmente comprendido, ni mucho menos manipulado. 

De ahí la severa prohibición de hacer imágenes para representarlo (primero de los diez mandamientos) y, con el pasar del tiempo, hasta de nombrarlo (segundo mandamiento). 

En los siglos anteriores al cristianismo, apropiándose de categorías y de palabras griegas, los judíos afirman que Dios es un ser puramente espiritual. Idea que pasa al Nuevo Testamento, que afirma: «Dios es Espíritu, y los que le adoran deben hacerlo en espíritu y verdad» (Jn 4,24).

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