Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 22 de agosto de 2016

Curso de Biblia 2016. 82- La religión de Israel: La fe en el Dios único



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
82. La religión de Israel 
1) La fe en el Dios único

No es correcto hablar de la sociedad y de la religión judías como si fueran dos realidades que se pudieran separar. En la antigüedad tenían connotaciones religiosas todas las instituciones, las leyes, el cómputo del tiempo y de la historia. Por pedagogía trataremos ahora de las creencias y de las formas del culto, pero insistiendo en que no es posible separarlas de las otras dimensiones de la vida. Hoy trataremos de la fe en el Dios único.

Al principio, los hebreos creían en la existencia de muchos dioses y fuerzas sobrehumanas, tal como hacían los otros pueblos primitivos, especialmente en un «dios del cielo» y en una «diosa madre», de los que provenían los seres intermedios y todas las realidades de la tierra. 

En las excavaciones arqueológicas realizadas en Tierra Santa han aparecido cientos de figuras del «toro de Baal» y de la «madre Ashera» no solo en los estratos anteriores a la época de Josué, sino también en los de los siglos posteriores. 

Incluso se han encontrado inscripciones en las que el dios nacional (ya identificado como Yahvé) aparece unido a su esposa celeste. 

En Kuntillet Ajrud, en el desierto de Judea, se ha encontrado una vasija con un texto del siglo VIII a. C. que dice: «Yo te bendigo por Yahvé de Samaría y por su Ashera». 

Cerca de Hebrón, sobre el pilar de una cueva funeraria, también ha aparecido una inscripción del siglo VII a. C. que dice: «Bendito sea Uriyahu (nombre del difunto) por Yahvé y por su Ashera». 

En ese mismo siglo el rey Manasés colocó una estatua de Ashera en el templo de Jerusalén (2Re 21,7). Esto indica que la devoción a una pareja de dioses (masculino y femenino) perduró al menos hasta el exilio.

Tal como se ve en el reto de Elías sobre el Carmelo y en otros textos, entre los cananeos y entre los hebreos se daba un culto predominante a la pareja formada por «El» y «Ashera» que, con el pasar del tiempo, fueron relegados por la pareja formada por «Baal» y «Astarté». 

En los santuarios (normalmente situados en las alturas de los montes), el dios masculino era representado por una estela (un pilar de piedra) y la diosa femenina por un árbol o por una fuente. 

Durante siglos, los israelitas no se diferenciaron en esto de los pueblos vecinos.

La predicación de los profetas fue transformando la mentalidad religiosa del pueblo. 

En el siglo IX a. C. el profeta Elías afirmó –por primera vez entre los hebreos– que hay un solo Dios, creador y señor de todo, y que los otros llamados «dioses» no lo son ni tienen ningún poder. 

A partir de su predicación y de las enseñanzas de los profetas posteriores a él, Israel pasó, lentamente, de dar un culto preferente a Yahvé a dárselo en exclusiva («henoteísmo» o «monolatría») y finalmente a creer que él es el único Dios verdadero («monoteísmo»). 

Poco a poco esta verdad se convirtió en la piedra angular de su religión. (Hablaremos más detenidamente de este proceso al tratar del misterio de Dios en los temas de teología bíblica).

Influido por la predicación de los profetas, el rey Ezequías de Judá (727-698 a. C) inició una reforma religiosa en la que se comenzaron a eliminar las estelas y árboles sagrados y a destruir los santuarios en los altos. 

Su hijo Manasés no continuó su obra, pero el rey Josías (640-609) la llevó a cumplimiento, limitando el culto solo al templo de Jerusalén. 

Haciendo reformas en el templo encontraron el «sefer Torah» (el ‘libro de la Ley’), el núcleo del actual Deuteronomio y comenzó la gran reforma deuteronomista, que conllevó la relectura y reelaboración de todas las tradiciones y escritos anteriores. Esta labor continuó hasta después del exilio. 

En los libros del Pentateuco y de la historia deuteronomista (Josué, Jueces, Samuel y Reyes) se eliminaron las referencias a las creencias antiguas o se presentaron como contaminaciones recibidas de los pueblos extranjeros, como si la fe de los israelitas hubiera sido la misma desde el principio y no hubiera evolucionado con el pasar del tiempo.

Esto es común en otros textos bíblicos, que también proyectan en unos orígenes ideales el proyecto de Dios que solo se realizará plenamente al final de los tiempos. 

Es el mismo esquema que encontramos al hablar de los orígenes del mundo (un jardín en el que reina la paz y la reconciliación) y del pueblo de Israel (las doce tribus viviendo unidas y en armonía). En ambos casos se presenta como sucedido en el pasado algo que los profetas habían anunciado como promesa para el futuro.

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