Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

jueves, 4 de agosto de 2016

Curso de Biblia 2016. 78- Los reyes en la sociedad judía


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
78. Las instituciones judías 
2) La monarquía

Al menos desde principios del segundo milenio a. C., la tierra de Siria y de Canaán estaba dividida en multitud de pequeños estados constituidos por una ciudad fortificada y los terrenos circundantes.

Algunos formaban confederaciones, como las cuatro ciudades gabaonitas (Jos 9,17) y otras agrupaciones de reyes cananeos (Jos 10,3s). 

Normalmente eran vasallos de los imperios de Egipto o de Babilonia, que extendían su dominio en toda la zona y no permitían que surgieran estados grandes que pudieran pretender la independencia.

A finales del segundo milenio a. C., aprovechando la momentánea debilidad de los grandes imperios cercanos, surgieron en la zona varios estados nacionales, aunque todos muy reducidos y circunscritos a los territorios habitados por una tribu, en la que gobernaba un rey: Edom, Moab, Amón, Aram. 

En ningún caso tenían grandes estructuras de gobierno ni ejércitos profesionales, sino que toda la población se levantaba en armas para defenderse cuando había un peligro. 

Ya hemos dicho que los grandes imperios de la zona estaban debilitados. Los filisteos o «pueblos del mar» aprovecharon la ocasión y se enfrentaron con los egipcios, pero fueron vencidos, por lo que se establecieron en la región de la actual «franja de Gaza», haciendo la guerra a los moradores de la zona.

Este es el motivo por el que los israelitas se organizaron de manera parecida a como habían hecho sus vecinos. 

Las narraciones bíblicas recuerdan las dificultades que tenían las tribus, mientras estaban desorganizadas, ya que «por entonces no había rey en Israel y cada uno hacía lo que le daba la gana» (Jue 21,25). Por eso, los israelitas pidieron al profeta Samuel un rey, para ser «como las otras naciones» (1Sam 8,5).

Tras los intentos fallidos con Gedeón (Jue 8,22s) y con su sobrino Abimelec (Jue 9,1s), se volvió a intentar con Saúl, aunque tampoco terminó de funcionar. 

Saúl no tuvo un ejército profesional, sino que convocaba a la gente del pueblo cuando tenía que hacer la guerra (1Sam 11,7; 15,4; 17,2; 28,4, etc.). Tampoco tuvo un gobierno central ni una corte de funcionarios. 

Distinto fue el caso de David, que era el jefe de un grupo de mercenarios malhechores y «desesperados de la vida» (1Sam 22,2), a veces por su cuenta, a veces al servicio de Saúl (1Sam 18,5), a veces al servicio de los filisteos (1Sam 27,2s). 

David se hizo con el poder a la muerte de Saúl. Se trata de un personaje fascinante: músico, poeta y guerrero, que marcará para siempre la historia de Israel, aunque su vida está llena de conflictos y contradicciones. 

La Biblia cuanta que David fue ungido rey por los hombres de Judá, su tribu de origen (2Sam 2,4), y gobernó sobre ella siete años en Hebrón, al tiempo que sobre Israel gobernaba Isbaal, el hijo de Saúl. 

Más tarde se hizo ungir también rey de Israel (2Sam 5,3) y estableció la capital en Jerusalén. 

Entonces sí que nació un ejército profesional y una corte de funcionarios, mandó hacer un padrón de los hombres de Judá y otro de los de Israel (2Sam 24,1-9) y tomó decisiones que se corresponden con las de un rey. 

A la muerte de Salomón, el reino se dividió en dos (estamos ante una ficción literaria, ya que los reinos de Israel y Judá nunca estuvieron realmente unidos, sino que fueron independientes desde sus inicios hasta su final). 

La monarquía se mantuvo tres siglos en el reino del norte y cuatro siglos y medio en el reino del sur. 

Los reyes se consideraban «hijos de Dios», adoptados por él para gobernar en su nombre, y presidían normalmente los actos de culto más importantes. 

Sin embargo (a diferencia de lo que ocurría en los pueblos vecinos y en todos los imperios de la antigüedad) su poder nunca fue total, ya que tanto en el norte como en el sur permaneció siempre la idea de que los descendientes de Abrahán forman «el pueblo de Yahvé» y no «el pueblo del rey» (aunque se use esa fórmula literaria en varias ocasiones). 

Es verdad que en cada generación hubo profetas cortesanos al servicio del rey (como en los otros pueblos de la zona), pero los grandes profetas bíblicos nunca se sometieron a los reyes, limitaron su autoridad y se atrevieron a corregirles e incluso a amenazarles en numerosas ocasiones.

Dios se adaptó a la capacidad de la gente, y de manera lenta y progresiva fue clarificando sus ideas, limpiando sus corazones y purificando sus instituciones, abriéndolas a horizontes totalmente nuevos, los cuales no llegarán a pleno cumplimiento hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo en la plenitud de los tiempos (cf. Gál 4,4).

Junto al rey, y compartiendo parte de su poder, encontramos príncipes, jueces, ancianos, consejeros y escribas. La función de cada grupo varió con el paso de los siglos, pero en todas las épocas tuvieron un gran peso social.

Durante la época monárquica hay tres categorías sociales que tuvieron una importancia excepcional, ya que son las tres mediaciones que acercan la revelación de Dios al pueblo y van unidos a los tres grupos de libros en la Biblia hebrea. 

En varias ocasiones se hace referencia a estos tres grupos juntos: «No faltará la ley del sacerdote, ni el consejo del sabio, ni el oráculo del profeta» (Jer 18,18); «Vendrá desgracia sobre desgracia: Pedirán visiones al profeta, faltará la instrucción del sacerdote y el consejo de los ancianos» (Ez 7,26); «sus jefes se dejan sobornar, sus sacerdotes enseñan a sueldo, sus profetas adivinan por dinero» (Miq 3,11), «La Ley, los Profetas y los Escritos que les siguieron nos han transmitido muchas e importantes enseñanzas» (Eclo, prólogo). En las próximas entradas vamos a hablar de estos tres grupos.

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