Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 3 de agosto de 2016

Curso de Biblia 2016. 77- La familia en la sociedad judía



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
77. Las instituciones judías 
1) La familia

En la sociedad judía, la institución principal era la familia. Con el pasar del tiempo, adquirieron una importancia cada vez mayor el rey y sus consejeros, así como los sacerdotes, los profetas y los sabios. Hoy hablaremos de la institución familiar y los días próximos, de las otras.

La familia y la sociedad conservaron la estructura patriarcal, en la que el padre (y, a su muerte, el hijo mayor) era el dueño de todas las propiedades e incluso de las vidas de los miembros del grupo; aunque, con el pasar del tiempo, el condenado por el padre o por los ancianos del clan podrá apelar al rey (2Sam 14,4-11). Más tarde –al menos teóricamente– solo la reunión de los ancianos de la ciudad podrá condenar a muerte.

Lentamente decreció el sentimiento de solidaridad tribal y se fue reduciendo el número de miembros de la familia. 

Las condiciones de los edificios en los núcleos habitados son distintas que las de las tiendas en el desierto. 

Cuando un hijo se casa, normalmente se establece en una casa independiente. De hecho, cuando alguien funda una familia se dice que «construye una casa» (Neh 7,4). 

El libro de Job se sitúa de manera ficticia en la época patriarcal, pero refleja las costumbres de una época muy posterior. De hecho, en el prólogo se dice que el patriarca vivía en un edificio con su mujer y cada uno de sus hijos en otro independiente y hacían fiesta cada día en la casa de un hermano (Job 1,4s). 

También los hijos casados de David vivían cada uno en su casa (2Sam 13,4s). 

Las excavaciones han encontrado residencias de tamaño muy reducido, donde solo pueden habitar grupos familiares pequeños (tanto en las aldeas como en las ciudades).

Se aceptaba la poligamia, aunque –con el pasar del tiempo– fue cada vez menos común. 

A finales del siglo I a. C. Herodes el grande todavía era polígamo, pero la mayoría de los judíos ya no lo era. 

Los matrimonios eran acordados por los padres en el seno del clan familiar. 

El padre del esposo pagaba un precio al padre de la esposa, que abandonaba su grupo familiar de origen y entraba a formar parte de la familia del padre de su esposo. 

El padre de la esposa le daba una dote (normalmente algunos vestidos o joyas) que esta llevaba consigo a su nueva casa. 

El hombre podía despedir a su mujer, otorgándole una «carta de repudio», pero la esposa no podía divorciarse de su marido.

En la antigüedad, los israelitas no conocieron los testamentos escritos. El padre de familia era el dueño de todo hasta el final pero, antes de morir, «ponían en orden la casa» (2Sam 17,23; 2Re 20,1; Is 38,1). Esto significa que arreglaba oralmente la distribución de sus bienes. 

Solo los varones podían heredar. El primogénito (aunque no fuera hijo de la esposa preferida) recibía dos terceras partes (Dt 21,15-17), por eso Eliseo pide dos tercios de su espíritu a Elías, para poder ser su sucesor (2Re 2,9). 

Parece ser que únicamente se repartían los bienes muebles, mientras que la casa, las tierras e incluso las esposas pasaban íntegras al primogénito. 

Los hijos de las concubinas libres podían recibir algunos dones, pero los de las esclavas no recibían herencia. 

Las hijas solo heredaban si sus padres no tenían descendientes varones, mas para pasar los bienes a sus esposos. 

Si un hombre moría sin descendencia, los bienes no pasaban a su mujer, sino a los consanguíneos varones por rama paterna en este orden: hermanos, tíos, primos (Núm 27,9-11). 

Si una mujer quedaba viuda sin hijos tenía que casarse con un pariente del difunto (ley del «levirato») o volver a la casa de su padre (Gén 38,11; Lev 22,13; Rut 1,8).

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