Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 24 de julio de 2016

Señor, enséñanos a orar


En el evangelio de este domingo 17 del Tiempo Ordinario, ciclo c, san Lucas recuerda que, al hablar de la oración, en Jesús se da primero la práctica y después la teoría: «Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar"».

Los discípulos le piden que, igual que Juan enseñó a orar a sus seguidores de una forma concreta, Jesús les enseñe a orar «como Él» hacía. 

Los discípulos de Juan oraban y ayunaban pidiendo a Dios la llegada de su Reino. 

La predicación inicial de Jesús coincidía con la de Juan: «Arrepentíos porque el Reino de Dios está cerca». 

Quizás la oración de los discípulos de Juan y la de los discípulos de Jesús fuera igual al principio; pero, con el pasar del tiempo, los discípulos de Jesús han descubierto en Él una manera peculiar de relacionarse con Dios y quieren aprender el estilo propio de su maestro. Por eso le piden que les enseñe.

Entonces, Jesús les regala el Padre Nuestro y una preciosa catequesis sobre la confianza en Dios, que ama a los hombres, que se ocupa de ellos con interés, que escucha su plegaria. 

Lo ilustra con algunos ejemplos: en primer lugar, el del hombre que se presenta a media noche en casa de su amigo para pedir unos panes e insiste hasta que consigue lo que necesita. 

Esta parábola no tiene paralelismo en los otros evangelistas. Solo la recoge Lucas en esta catequesis sobre la bondad de la oración. En ella invita a orar con insistencia y confianza.

Tomada al pie de la letra, de una manera superficial, podría dar la impresión de que molestamos a Dios con nuestras oraciones.

En realidad, dice todo lo contrario: no tenemos que cansarnos de orar, aunque no veamos los resultados inmediatamente.

Este problema con el modo de hablar de Jesús (y de toda la Biblia) está presente en muchos textos, cuando queremos interpretarlos con nuestras categorías occidentales contemporáneas, olvidando que estos textos fueron escritos por orientales hace muchos siglos.

A continuación, invita a pedir, buscar y llamar, con insistencia y perseverancia.

El cristiano nunca puede sentirse satisfecho con lo que posee o conoce. Siempre tiene que estar pidiendo a Dios, buscando su rostro y su voluntad, llamando a su puerta.

Santa Teresa de Jesús habla de una «determinada determinación» de perseverar en el camino de la oración, una vez iniciado, sin echarse atrás por las dificultades o contradicciones que puedan surgir.

San Juan de la Cruz nos invita a desembarazarnos de todo lo que poseemos o conocemos, sin detenernos nunca en el camino, hasta que lleguemos a la plena unión transformante con el Amado. Para ello, no hay que detenerse con las «flores» del camino (los placeres y pasatiempos de todo tipo) ni hay que asustarse ante las «fieras» (las dificultades y tentaciones). Hay que mirar fijamente a la meta de la oración, que es la unión con Cristo, y perseverar hasta conseguirla: 

«Por cuanto el deseo con que el alma busca a su Amado es verdadero y su amor grande, no quiere dejar de hacer alguna diligencia de las que de su parte puede; porque al alma que de veras ama a Dios no le da pereza de hacer cuanto puede por hallar al Hijo de Dios, su Amado, […] y para esto no ha de admitir deleites ni regalos algunos, ni bastarán a detenerla e impedirla en este camino todas las fuerzas y asechanzas de los tres enemigos del alma, que son mundo, demonio y carne. Por eso dice:

Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas,
ni cogeré las flores
ni temeré las fieras
y pasaré los fuertes y fronteras» (Cántico Espiritual, 3,1).

Jesús afirma que es Dios mismo el que da al que pide y abre al que llama. Literalmente, el texto dice: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá».

El verbo «encontraréis» está en activo, lo que significa que «nosotros» terminaremos encontrando si perseveramos en la búsqueda.

Pero «se os dará» y «se os abrirá» están en pasivo. Es una manera de expresión muy común en la Biblia, llamada «pasivo teológico», que indica siempre que Dios hará algo, pero a Él no se le nombra por respeto al Nombre divino, que se consideraba impronunciable.

Así que si pedimos y llamamos, «Dios» nos dará y nos abrirá.

Por eso, es importante saber qué vamos a pedir y dónde vamos a llamar.

El Padre conoce lo que necesitamos antes de que se lo digamos, pero es necesario que nosotros tomemos conciencia de nuestras necesidades más profundas; aquellas que ni nosotros podemos satisfacer ni tampoco nuestro mundo y que se resumen en el don del «Espíritu Santo», que debe ser el objeto último de nuestra súplica: «Cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan». 

Jesús añade un nuevo ejemplo, hablando del hijo que pide a su padre un pan o un pez o un huevo, sabiendo que no recibirá en su lugar una piedra o una serpiente o un escorpión.

Jesús enseña que podemos solicitar a Dios lo necesario, como un niño que pide a su padre la comida. Nuestra confianza en Él tiene que abarcar todos los ámbitos.

De todas formas, el don de Dios supera las peticiones y expectativas de los hombres, ya que está dispuesto a darnos su propio Espíritu; es decir, a sí mismo.

En el evangelio de san Lucas queda claro que necesitamos orar con insistencia confiada.

La invitación a perseverar, a «no cansarse nunca», a no desanimarse, se repite varias veces: «Tened ceñida la cintura y las lámparas encendidas» (Lc 12,35), «les dijo una parábola para inculcarles que era necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1).

Hoy que tanto se habla del aparente silencio de Dios, esta invitación es más actual que nunca. Pedimos sin ver los frutos, buscamos en la oscuridad de la noche, llamamos a una puerta que parece cerrada. En este caso, nuestra oración tiene que ser más intrépida e insistente, conscientes de que no dejará de cumplirse lo que dice la Escritura: «Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha» (Sal 34 [33],7).

1 comentario:

  1. Gracias por estas explicaciones tan claras que nos ayudan a comprender mejor el sentido del Padre Nuestro y a orarlo con más provecho. Feliz domingo. Paolo.

    ResponderEliminar