Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

domingo, 10 de julio de 2016

El buen samaritano


El evangelio de la misa de hoy (domingo 15 del tiempo ordinario, ciclo c) recoge la parábola del buen samaritano.

Su contenido ya lo conocemos: Un hombre fue asaltado por unos maleantes que, además de robarle, le golpearon y dejaron medio muerto tumbado junto al camino. 

Varias personas pasaron por allí pero no se detuvieron. Solo un samaritano «sintió compasión y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él».

Más allá de su sentido inicial, que nos invita a ver en cada hombre un hermano y a tener compasión de todos, aunque no los conozcamos, en el texto podemos descubrir importantes enseñanzas sobre la persona de Jesús.

Siguiendo a los Santos Padres, descubrimos que el hombre despojado de sus bienes y herido, que yace a la orilla del camino, es nuestro padre Adán y cada ser humano, también nosotros mismos. 

El pecado nos ha robado la gracia y nos ha herido en lo más íntimo. Cada uno de nosotros está junto al camino de la vida y de la salvación, pero incapacitado para seguirlo.

El buen samaritano que, movido por su compasión, desciende de su cabalgadura y se inclina sobre nosotros es Jesús, que cura nuestras heridas «con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza», tal como reza uno de los prefacios de la misa. 

Él perdona nuestros pecados, nos carga sobre sus hombros y nos conduce a la posada (que es la Iglesia), donde podemos reponernos y alimentarnos. 

Por eso, en muchos iconos que representan la escena, el samaritano tiene el rostro de Cristo.

Si lo pensamos bien, el hombre herido también es Cristo, ya que él nos ha enseñado que cuando hacemos el bien a un hermano, se lo hacemos a él. 

Cuando alguien nos trata con misericordia, es Cristo quien viene a nuestro encuentro. Y cuando tratamos con misericordia a un hermano, estamos sirviendo a Cristo. 

Solo si somos conscientes del gran amor de Dios, que en Cristo se ha hecho nuestro prójimo y nos ha mostrado misericordia, sanando nuestro egoísmo y capacitándonos para amar, podremos salir de nosotros mismos para acercarnos a cada hermano herido, dispuestos a tratarle como Jesús nos ha tratado a nosotros.

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