Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 28 de junio de 2016

Curso de Biblia 2016. 67- El surgimiento del cristianismo (y 2)


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
67. Historia crítica de Israel: 
El surgimiento del cristianismo
Segunda parte

En torno a la predicación de los apóstoles se fue formando una comunidad a la que los judíos llamaron «secta de los nazarenos» y que externamente era un grupo más, aunque con características propias, dentro de la pluralidad del judaísmo de aquel tiempo.

La mayor parte de los primeros cristianos era de Palestina. Hablaban arameo, su mentalidad era semita, leían el Antiguo Testamento en hebreo y se sentían muy arraigados a las tradiciones judías: Ley de Moisés, circuncisión, participación en el culto de la sinagoga y del templo, etc. 

Pero había también un grupo importante de fieles que habían venido de las comunidades judías en la diáspora (extendidas por el extranjero). Hablaban griego, su mentalidad era helenista, leían el Antiguo Testamento en griego y no estaban tan apegados a la ley mosaica.

Al principio, los judíos observantes estaban contentos con los discípulos de Jesús de origen palestino (varias veces se repite esta afirmación en los Hechos), aunque parece que no tenían a los discípulos helenistas por buenos judíos (ya que dejaron de considerar obligatorias la circuncisión y otras prácticas rituales, porque pensaban que habían quedado superadas por el modo de obrar de Jesucristo). 

Así que empezaron a expulsar de sus sinagogas a los que confesaban que Jesús era el mesías. Incluso empezaron las detenciones de las cabezas visibles de la «secta de los nazarenos». 

El año 34, Esteban fue apedreado porque predicaba que la ley de Moisés había sido abrogada por Jesucristo (Hch 6,8ss). 

Ninguno de los doce fue molestado en esta ocasión, pero los helenistas abandonaron la ciudad (Hch 8,1). 

En su huida extendieron el evangelio no solo entre los judíos, sino también entre los paganos. 

La conversión de paganos fue numerosa en Antioquía de Siria, donde empezaron a llamar «cristianos» a los seguidores de Jesús (Hch 11,19ss). Esta denominación tuvo éxito y perdura hasta el presente.

Las relaciones entre el judaísmo oficial y los creyentes en Jesús se deterioraron hasta el punto de que los expulsaron de sus sinagogas. Desde entonces, Israel y la Iglesia comenzaron a caminar por separado.

La difícil convivencia con los judíos hizo que los primeros cristianos dejaran de considerarse un grupo con características propias dentro de Israel, para empezar a identificarse con el verdadero Israel, en el que se han cumplido las promesas antiguas de Dios hechas a los padres por medio de los profetas.

San Pablo lo explicó de esta manera: está claro que para salvarse hay que ser descendiente de Abrahán, porque las promesas son para él y su descendencia. Pero una persona no se convierte en descendiente de Abrahán por el nacimiento, ni por la circuncisión o la observancia de la Ley. 

Él no fue justificado por estas cosas, sino por su fe. Por eso, para ser descendiente suyo, heredero con él, hay que creer como él. 

Los que creen en Cristo, en quien Dios cumple todas las promesas hechas a Abrahán y a sus descendientes, entran a formar parte del pueblo de la alianza independientemente de cuál sea su pueblo de proveniencia (cf. Rom 4, Gál 3).

San Pablo sufría al ver que sus hermanos de raza rechazaban a Cristo (Rom 9,1-5), pero insistía en que no todos los que descienden de Israel son por eso miembros del pueblo de Dios, ya que «ser de la raza de Abrahán no le hace a uno miembro del pueblo de Dios, sino que son verdaderos descendientes de Abrahán aquellos en quienes se cumple la promesa» (Rom 9,6-13). 

La promesa se cumple en los que tienen fe en Cristo: «La Ley tiene su cumplimiento en Cristo, por el que Dios concede la salvación a todo el que cree. [...] Todo el que invoque el nombre del Señor se salvará» (Rom 10,4-13). 

Ahora el pueblo de Dios está formado por un resto fiel del viejo Israel (Rom 11,5) al que se unen todos los paganos que llegan a la fe (Rom 11,11-20). 

Pero Dios, que es fiel a sus promesas, en su momento también dará la salvación al viejo Israel, reincorporándolo en su pueblo santo, aunque sea un misterio que solo Dios conoce cómo y cuándo sucederá (Rom 11,25-29).

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