Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 13 de junio de 2016

Curso de Biblia 2016. 60- La revuelta de los macabeos (1)


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
60. Historia crítica de Israel: 
La revuelta de los macabeos (166-142 a. C.)
Primera parte

Las autoridades judías de Jerusalén se identificaron con los griegos, adoptando sus costumbres, su idioma y su forma de vivir y presentarse.

El segundo libro de los Macabeos acusa al sumo sacerdote Jasón II (nótese que el nombre es griego) de transformar totalmente Jerusalén en una ciudad griega, abriendo «un gimnasio y una efebía […] e indujo a lo mejor de la juventud a uniformarse según la costumbre griega […]. Sin apreciar en nada la honra patria, tenían por mejores las glorias helénicas» (2Mac 4,9s). 

El primer libro de los Macabeos es aún más radical en su denuncia: «El rey les autorizó a adoptar la legislación pagana; y entonces, acomodándose a las costumbres de los gentiles, construyeron en Jerusalén un gimnasio, disimularon la circuncisión, apostataron de la alianza santa, se asociaron a los gentiles y se vendieron para hacer el mal» (1Mac 1,13s). 

Literalmente, el texto dice que «rehicieron sus prepucios» (1Mac 1,15), algo que la medicina de la época no podía hacer de ninguna manera, pero indica la intención de los escritores de estos libros, que quieren presentar a los helenistas como totalmente traidores al judaísmo. 

En realidad, el partido vencedor (el grupo que se oponía a la renovación cultural) contó la historia a su manera, exagerando las atrocidades de los partidarios del diálogo con los griegos (que, por otro lado, nunca abandonaron su fe ni sacrificaron a los ídolos) y presentando al rey Antíoco IV como un fanático autócrata, modelo de todos los enemigos de Israel. 

Según los cronistas judíos, el monarca prohibió las legislaciones y religiones particulares, obligando a todos los pueblos de su reino a unificarse. Pero la afirmación de las conversiones forzadas al politeísmo griego contradice a los testimonios extrabíblicos de la época. En todos los pueblos bajo su dominio se siguieron practicando los cultos particulares sin restricciones.

Incluso se afirma que prohibió la circuncisión, pero los sacerdotes egipcios y numerosos eunucos de los santuarios griegos estaban circuncidados, por lo que resulta extraño que prohibiera esa práctica solo a los judíos. 

También se dice que prohibió las costumbres hebreas sobre los alimentos, algo que contrasta con los testimonios de las ciudades griegas, en los que había distintos grupos con costumbres alimenticias propias y no hay otros testimonios de legislaciones sobre estos argumentos.

Estudiando la época con detenimiento, se ve que el enfrentamiento fue totalmente interno al judaísmo y limitado a la ciudad de Jerusalén y sus alrededores. De hecho, los judíos que vivían en otros lugares no tuvieron esos problemas.

Mientras que las autoridades de la Ciudad santa se enriquecieron y adoptaron las costumbres griegas, los obreros y campesinos eran cada vez más pobres y soñaban con volver a una sociedad más sencilla e igualitaria. 

Por lo tanto, los enfrentamientos fueron en primer lugar por motivos socio-económicos. Solo en un segundo momento tomaron la forma de un conflicto religioso.

Las autoridades judías quisieron renovar el culto del templo, presentándolo a la manera griega. 

Para que el Dios de Israel fuera aceptable a los griegos lo llamaron «Zeus olympikus» (que se puede traducir por ‘Dios de los cielos’) y para hacerlo aceptable a los sirios lo llamaron «Baal Samín» (que se puede traducir por ‘Señor de los cielos’). En realidad ambos nombres son solo una especie de traducción del tradicional «Yahvé Sebaot». 

Los samaritanos habían hecho lo mismo, poniendo el templo del monte Garizín bajo la protección de «Zeus hospitalario». 

Con el favor del rey, las autoridades de Jerusalén reformaron el altar del templo según el modelo de los altares de los templos griegos. 

Muchos judíos lo consideraron una profanación y lo llamaron «la abominación de la desolación» (Dan 11,31), negándose a volver a entrar en el templo y considerando inválido su culto.

A pesar de que cargan las tintas contra los extranjeros, los libros de los Macabeos permiten intuir que el problema real era la comprensión del judaísmo y la posibilidad de adaptarlo o no a un mundo que había cambiado. 

Se puede constatar que la persecución no afectó a la diáspora y se limitó a Judea. 

Primero, los helenistas quisieron modernizar por la fuerza a todos. Después, los conservadores se levantaron en armas e impusieron su manera de pensar. 

De hecho, el primer acto de resistencia violenta del que tenemos noticia no consiste en la ejecución de un soldado o funcionario griego, sino de un judío dispuesto a sacrificar a la manera griega (1Mac 2,15-28).

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