Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 7 de junio de 2016

Curso de Biblia 2016. 57- La dominación persa (y 2)


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
57. Historia crítica de Israel: 
La dominación persa (539-332 a. C.)
Segunda parte

Los que regresaron del exilio desarrollaron una mentalidad cada vez más nacionalista; de hecho, rompieron las relaciones con los pueblos vecinos, expulsaron a los extranjeros que encontraron en Jerusalén e incluso declararon nulos los matrimonios mixtos y obligaron a que la parte no judía regresara a su lugar de origen.

Por su parte, los que vivían en la diáspora desarrollaron una mentalidad distinta, más abierta a la colaboración con los miembros de otros pueblos. 

Estas distintas actitudes quedan perfectamente reflejadas en los escritos que unos y otros fueron produciendo a partir de entonces: los libros de Abdías, Judit y Ester reflejan una mentalidad ultranacionalista, cerrada al contacto con los extranjeros, que son todos considerados enemigos, mientras que los libros de Rut, Jonás y Job son exponentes de todo lo contrario.

El gobernador Nehemías (445-430 a. C.) aligeró los impuestos, decretó una amnistía general de las deudas y restauró las murallas de la ciudad. 

También hizo un censo de la población, que resultó de unas cincuenta mil personas en toda la provincia (Neh 7,66-68). Una décima parte de la población fue obligada a residir en la capital (Neh 11,1-2), por lo que se pudo llegar a unas cinco mil personas. 

Primero él y después el sacerdote Esdras (hacia el 398 a. C.) realizaron una importante obra de reforma, imponiendo la ley de Moisés como ley civil, nombrando jueces para controlar su observancia, obligando a respetar el sábado, anulando los matrimonios con extranjeros.

De todas formas, la obra del gobernador Nehemías fue menos radical: se limitó a corregir y castigar lo que consideraba abusos y a prohibir que siguieran cometiéndose en el futuro: 

«Observé que algunos judíos se habían casado con mujeres asdoditas, amonitas y moabitas. De sus hijos, la mitad hablaban solo asdodeo o el idioma de otros pueblos, pero no sabían hablar judío [se refiere al arameo, que era el idioma que entonces hablaban los hebreos]. Los reprendí y los maldije, hice azotar a algunos de ellos, les arranqué los cabellos y les hice jurar en el nombre de Dios: “No caséis a vuestras hijas con extranjeros, y vosotros y vuestros hijos no os caséis con extranjeras”» (Neh 13,23-25).

Esdras fue bastante más duro. No solo castigó a los que se habían casado con extranjeras, sino que declaró nulos los matrimonios y expulsó de la región a la parte no hebrea. Convocó a todos los judíos, con la amenaza de confiscar los bienes de los que no acudieran, constituyó una comisión de sacerdotes y ancianos para ejecutar su decisión en todos los pueblos y aldeas, incluso hizo una lista de los sacerdotes y notables que se habían casado con extranjeras, declarando nulos los matrimonios y expulsándolas a ellas y a sus hijos de la tierra de Judea (Esd 10).

La redacción final de los libros de Esdras y Nehemías (un único libro dividido en dos volúmenes) los presenta como contemporáneos e incluso sitúa la llegada de Esdras a Jerusalén antes que la de Nehemías para afirmar la primacía del sacerdocio sobre los otros poderes, pero hay que reconocer que fue al revés. 

De hecho, Esdras llegó a Jerusalén cuando las murallas ya estaban reconstruidas y la obra reformadora de Nehemías realizada, aunque a él no le pareció suficiente y tomó medidas más radicales.

Esto no disminuye la importancia de Esdras, que la tradición identifica con el editor del Pentateuco tal como ha llegado a nosotros (algo distinta de la edición «samaritana», que es anterior, ya que en esta época fueron rechazados y empezaron a caminar por separado). Algunos autores lo identifican también con el redactor de los libros de las Crónicas, al menos en una primera edición (que no es la que ha llegado a nosotros).

Lo que sí está claro es que, a partir de este momento, ya no vuelven a aparecer en escena los descendientes de David.

El gobernador civil de Judea era nombrado directamente por las autoridades persas y los sacerdotes del templo de Jerusalén dirigieron la vida social y religiosa, realizando también una importante producción literaria para preservar la identidad de la comunidad judía y guiar la vida cotidiana de sus miembros, dando normas sobre los sacrificios rituales, la alimentación, el vestido, el descanso sabático y las relaciones con los pueblos vecinos. 

Por entonces la escuela sacerdotal (la tradición «P» de la que ya hemos hablado) retocó los textos del Pentateuco, dándoles su redacción definitiva.

Los libros del Éxodo y de Josué presentan la salida de Egipto y la conquista de la Tierra prometida superando todas las dificultades. Los libros de Esdras y Nehemías presentan un esquema parecido: salida de Babilonia y reconstrucción de Jerusalén venciendo las resistencias de «los pueblos del país», es decir: los habitantes de Asdod, Amón y Moab, los árabes y los samaritanos. Con todos ellos rompen definitivamente, a pesar de los numerosos lazos que los unieron en el pasado. 

Aunque los acontecimientos narrados en el Éxodo y en Josué son anteriores, la redacción final es de esta época, por lo que se presentaron según el esquema de lo que se hizo en tiempos de Esdras y Nehemías, justificando así su actuar.

Desde entonces, la vida de los judíos girará exclusivamente en torno a la ciudad amurallada de Jerusalén, a la observancia de «la ley de Moisés» y al culto en el templo. 

Israel se autocomprende como una raza santa, una nación consagrada, separada de los otros pueblos, llamados con desprecio «goyim» en hebreo (los ‘gentiles’ o ‘paganos’), a los que el Talmud dedica frases muy duras.

Este rechazo hacia todos los que no forman parte del «pueblo elegido» conducirá al judaísmo postexílico a un aislamiento asfixiante y a unas relaciones cada vez más difíciles con los otros pueblos. 

Es la situación en la que hoy se encuentran los grupos ultraortodoxos (los «haredíes»), que son minoritarios en el judaísmo, pero son su elemento más visible.

Como ya hemos dicho, esa no era la mentalidad entre los judíos de la diáspora, menos excluyentes y más abiertos al encuentro con los otros pueblos, tal como podemos ver en los libros de Rut, Jonás y Job, así como en varios textos del tercer Isaías

«No diga el extranjero que se ha unido al Señor: “El Señor me excluirá de su pueblo”. […] A los extranjeros que se hayan unido al Señor, para servirlo, para amar al Señor y ser sus servidores, que guarden el sábado sin profanarlo y perseveren en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración; aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,3s); 

«Acudirán los pueblos a tu luz, los reyes al resplandor de tu aurora. […] Tus puertas estarán siempre abiertas, ni de día ni de noche se cerrarán: para traerte las riquezas de los pueblos con sus reyes desfilando» (Is 60,2s); 

«Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria; les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia; a las costas lejanas, que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria, y anunciarán mi gloria a las naciones. […] Todo mortal vendrá a postrarse ante mí» (Is 66,18s).

En algunos textos tardíos se llega a afirmar que Dios no solo tiene misericordia de Israel, sino de todos los hombres e incluso de todas las criaturas: 

«El Señor es paciente con los humanos y derrama sobre ellos su misericordia. Él ve y sabe que el fin de ellos es miserable, por eso multiplica su perdón. El hombre se compadece de su prójimo; el Señor, de todo ser viviente» (Eclo 18,11-13); 

«Tú te compadeces de todos, porque todo lo puedes, y apartas los ojos de los pecados de los hombres para que ellos se conviertan. Tú amas todo lo que existe y no aborreces nada de lo que has hecho, porque si hubieras odiado algo, no lo habrías creado» (Sab 11,23-24).

No hay comentarios:

Publicar un comentario