Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 31 de mayo de 2016

Curso de Biblia 2016. 54- El exilio y el nacimiento del «judaísmo» (2)



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
54. Historia crítica de Israel: 
El exilio y el nacimiento del «judaísmo» (597-539 a. C.)
Segunda parte

En ese contexto de polémica del que hablamos ayer, los profetas insisten en que los dioses paganos solo son imágenes de piedra y madera, pero sin vida ni poder. Entonces se escriben varios textos irónicos sobre los falsos dioses:

«Las costumbres de esos pueblos carecen de sentido: talan un árbol del bosque, lo trabaja el artesano con la gubia; lo decora con oro y con plata, lo sujeta con clavos y martillo de modo que no se tambalee. Igual que espantajos de pepinar son incapaces de hablar; tienen que ser transportados, son incapaces de andar. No les tengáis miedo, pues no hacen ni bien ni mal» (Jer 10,3s); 

«Cuantos modelan ídolos no son nada, sus imágenes predilectas no sirven a nadie. Sus testigos no ven ni comprenden […]. No entienden ni disciernen porque sus ojos están pegados, incapaces de ver» (Is 44,9s).

También de esta época son algunas de las severas prohibiciones de adorarlos que encontramos en el Deuteronomio, como estas: 

«Si surge en medio de ti un profeta o vidente […] que te dice: “Vamos en pos de otros dioses (que tú no conoces) a servirles”, no escucharás las palabras de ese profeta o de ese vidente. Es que Yahvé vuestro Dios os pone a prueba para saber si verdaderamente amáis a Yahvé vuestro Dios con todo vuestro corazón y con toda vuestra alma. […] Ese profeta o vidente deberá morir […]. Si tu hermano, hijo de tu padre o hijo de tu madre, tu hijo o tu hija, la esposa que reposa en tu seno o el amigo que es tu otro yo, trata de seducirte en secreto, diciéndote: “Vamos a servir a otros dioses”, desconocidos de ti y de tus padres, […] le harás morir; tu mano caerá la primera sobre él para darle muerte, y después la mano de todo el pueblo. […] Si oyes decir que en una de las ciudades que Yahvé, tu Dios, te da para habitar en ella algunos hombres malvados, salidos de tu propio seno, han seducido a sus conciudadanos diciendo: “Vamos a dar culto a otros dioses”, desconocidos de vosotros, […] deberás pasar a filo de espada a los habitantes de esa ciudad; la consagrarás al anatema con todo lo que haya dentro de ella» (Dt 13,2s).

Todos sabían que en el pasado eso no había sucedido así, que se había permitido el culto a los dioses extranjeros en todas las ciudades de Israel y de Judá. 

Los profetas de la época del destierro anuncian que este es el castigo por su infidelidad a la alianza y recuerdan las numerosas amenazas de los profetas antiguos, que anunciaron la catástrofe sin que nadie los escuchara. Los escritos de los profetas adquieren entonces una gran importancia.

Los escritores deuteronomistas se encargan de recordar continuamente los anuncios de los profetas en los libros que redactan entonces para contar la historia de Israel e interpretarla a la luz del desastre que estaban viviendo (reelaborando los documentos antiguos que consiguieron salvar de la destrucción): Deuteronomio, Josué, Jueces, Samuel y Reyes. Explicaremos más detenidamente las características de cada una de estas obras cuando las estudiemos.

La segunda edición del Deuteronomio reelaboró los textos que hablan de las promesas de Dios (no olvidemos que hubo una primera edición en tiempos del rey Josías). 

Hasta entonces se consideraban absolutas, a partir de ese momento se afirma que el cumplimiento de las promesas depende de la fidelidad del pueblo a la alianza. Como el pueblo la ha roto en numerosas ocasiones, el destierro es la consecuencia de su actuar.

Entonces surgió una nueva identidad del pueblo, religiosa y no nacionalista. 

Desde el momento en que ya no poseía un rey, ni un territorio, ni un templo, sus nuevas señas de identidad fueron la circuncisión, la observancia del sábado, el estudio de la Ley de Dios y la esperanza en el poder de Yahvé y en la llegada de su Reino. 

Así nació el «judaísmo», que es la forma que adquirió la religión de Israel y que ha perdurado hasta el presente.

Desde este momento, la Biblia afirma que lo que verdaderamente determina la historia de Israel (y del mundo entero) ya no es el comportamiento de sus reyes ni el surgimiento y posterior derrumbe de los sucesivos imperios que han dominado el mundo, sino la libre decisión de los hombres de aceptar o rechazar las enseñanzas de Dios (resumidas en los «diez mandamientos» y en la predicación de los profetas). 

Los textos bíblicos que se escriben a partir de este momento reflexionan con una profundidad sorprendente sobre el libre albedrío, la responsabilidad personal de cada individuo y su destino: 

«No quiero la muerte del malvado, sino que cambie de conducta y viva. […] Al justo no lo salvará su justicia si comete un delito, al malvado no lo condenará su maldad si se convierte de ella. […] Si se pervierte el justo de su justicia y comete un delito, por él morirá. Si el malvado se convierte de su maldad y practica la justicia y el derecho, por ellos vivirá» (Ez 33,11s).

Otras civilizaciones más avanzadas desaparecieron y solo nos han dejado sus edificios o sus obras de arte (a veces, refinadísimas). En este sentido, la herencia de Israel no puede compararse con las de Egipto, Babilonia, Grecia o Roma. Pero la grandeza moral de sus escritos no tiene parangón con ninguna otra cultura.

La reflexión sobre su historia le permitió interpretar el drama de la destrucción de Jerusalén de otra manera: No es Dios quien la ha provocado para castigar los pecados de su pueblo. Al contrario, porque él no la quería hizo todo lo posible para evitarla, mandando numerosos profetas que denunciaran el pecado de su pueblo y le advirtieran de las terribles consecuencias de su actuar, pero no quisieron escucharlos. Ahora todos son testigos de lo que significa actuar irresponsablemente. 

Pero el amor y a fidelidad del Señor son para siempre. Él no reniega de sus promesas ni abandona a sus fieles, por lo que los invita a la conversión y les promete su gracia.

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