Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 27 de mayo de 2016

Curso de Biblia 2016. 52- La caída de Jerusalén (y 2)



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
52. Historia crítica de Israel: 
La caída de Jerusalén (597-587 a. C.)
Segunda parte

Para suceder al rey Jeconías en el gobierno de Judea, Nabucodonosor impuso a Matanías, un tío del rey depuesto. Para indicar su dominio sobre el nuevo gobernante, Nabucodonosor le cambió el nombre de Matanías por Sedecías. Sin terminar de comprender el poder de los babilonios, el nuevo rey puso sus esperanzas en la ayuda de los egipcios para sublevarse.

Desobedeciendo las recomendaciones del profeta Jeremías, los que quedaron en Judea nuevamente se levantaron contra los babilonios, por lo que Nabucodonosor volvió a intervenir y destruyó totalmente Jerusalén y el templo el 587 a. C. 

Los dirigentes fueron ejecutados, algunos judíos consiguieron huir a Egipto y se llevaron a Jeremías con ellos. Los demás fueron llevados al exilio: ochocientos treinta y dos (Jer 52,29) y otros setecientos cuarenta y cinco, dos años después (Jer 52,30), que se unieron a los tres mil veintitrés deportados diez años antes (Jer 52,28).

Los libros de los Reyes (es decir, toda la historia deuteronomista) concluyen con el relato de la destrucción de Jerusalén: 

«Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén con todo su ejército […]. El hambre apretó en la ciudad, y no había pan para la población. Se abrió brecha en la ciudad, y los soldados huyeron de noche […]. Apresaron al rey, y se lo llevaron al rey de Babilonia, que estaba en Ribla, y lo procesó. A los hijos de Sedecías los hizo ajusticiar ante su vista; a Sedecías lo cegó, le echó cadenas de bronce y lo llevó a Babilonia. […] Incendió el templo, el palacio real y las casas de Jerusalén, y puso fuego a todos los palacios. El ejército caldeo, a las órdenes del jefe de la guardia, derribó las murallas que rodeaban a Jerusalén. Nabusardán, jefe de la guardia, se llevó cautivos al resto del pueblo que había quedado en la ciudad, a los que se habían pasado al rey de Babilonia y al resto de la plebe. […] Así marchó Judá al destierro. […] Todo el pueblo [que quedaba en la zona], chicos y grandes, con los capitanes, emprendieron la huida a Egipto, por miedo a los caldeos» (2 Re 25).

Los libros de Jeremías y de las Lamentaciones nos dan una idea de la magnitud del desastre:

«El Señor destruyó sin compasión todas las moradas de Jacob, con su indignación demolió las plazas fuertes de Judá […]. El Señor se portó como enemigo, destruyendo a Israel: derribó todos sus palacios, arrasó sus plazas fuertes, y en la capital de Judá multiplicó duelos y lamentos. […] Se consumen en lágrimas mis ojos, de amargura mis entrañas, se derrama por tierra mi hiel, por la ruina de la capital de mi pueblo […]. El Señor ha realizado su designio, ha cumplido la palabra que había pronunciado hace tiempo: ha destruido sin compasión […]. Mira, Señor, fíjate: ¿a quién has tratado así? ¿Cuándo las mujeres se han comido a sus hijos, a sus hijos tiernos? ¿Cuándo han asesinado en el templo del Señor a sacerdotes y profetas? En las calles están tendidos por el suelo muchachos y ancianos, mis jóvenes y mis doncellas cayeron a filo de espada; el día de tu ira diste muerte, mataste sin compasión» (Lam 2, cf. Jer 52).

En realidad, durante los últimos años de su existencia el reino de Judá se reducía a la ciudad de Jerusalén (que, en sus mejores momentos, albergó un máximo de quince mil habitantes) y a los territorios cercanos. 

Un reino pequeño en extensión y poco habitado, ya que la suma de todos los deportados en las diversas oleadas apenas llegó a cuatro mil seiscientas personas según Jeremías (Jer 52,30) o a dieciocho mil según Reyes (2 Re 25).

Independientemente del número total de exiliados, entonces acabaron quinientos años del reino de Judá, en los que los descendientes de David gobernaron casi ininterrumpidamente en Jerusalén. 

Al último rey de la dinastía le sacaron los ojos y lo encarcelaron en Babilonia, y todos sus hijos fueron asesinados. Jerusalén fue destruida y su templo arrasado. 

Los judíos se quedaron sin una tierra en la que vivir, sin un rey que los gobernara y sin un templo en el que ofrecer sacrificios a Yahvé. Todas las promesas del Señor parecían desvanecerse para siempre.

3 comentarios:

  1. ¡¡¡ CUÁNTO ME HAN CONMOVIDO SIEMPRE QUE LAS HE SABOREADO... ! LAS LAMENTACIONES DE JEREMÍAS ...!!!!!!!!!


    ¡¡¡ OH DIOS MÍO ... DIOS NUESTRO... CUÁNTO EL HOMBRE DESTRUYE ...Y VOS ... ! ¡ VOS MAJESTAD NUESTRA ! ¡ VOS ...! ¡ VOS PADRE MISERICORDIOSÍSIMO ... ETERNAMENTE CON DULCÍSIMA PACIENCIA DE PADRE DIVINO QUE SOS ... CONSTRUÍS Y RECONSTRUÍS DENTRO Y FUERA NUESTRO ... ! ¡ OH VIDA...! ¡ OH AMOR ETERNO ...! ¡ NOS HAS CREADO A TODOS Y NOS AMAS A TODOS...!!!!!!!!!!!!! ¡¡¡ GRACIAS ETERNAS INFINITAS DIOS AMOR...!!!!!!!!!!!!!!!

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  2. ¡¡¡ GRACIAS ETERNAS INFINITAS A USTED TAMBIÉN PADRE EDUARDO SANZ DE MIGUEL , POR SEGUIR NUTRIÉNDONOS CON GRAN DULZURA COMO EL MISMITO DIOS...!!!!!!!!!!!!!


    ¡¡¡ BENDITÍSIMOS DÍAS ... PADRE...!!!!!!!! TODO MARAVILLOSO ... ME DELEITO HONDAMENTE...EN ESTE CAMINAR... VOLAR ... SOÑAR... CAMINANDO CON JESÚS... !!!!!!


    ¡¡¡ BENDITÍSIMA FIESTA DE


    ¡EL DIOS DE LA EUCARISTÍA DE CADA DÍA...!

    ¡ AMÉN...!!!!!!!!!!

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  3. ¿Cómo haría uno para concretar entrevista radiofónica? alfonsomaldonado63@gmail.com

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