Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

miércoles, 25 de mayo de 2016

Curso de Biblia 2016. 51- La caída de Jerusalén (1)



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
51. Historia crítica de Israel: 
La caída de Jerusalén (597-587 a. C.)
Primera parte

Hemos explicado la historia del reino de Israel hasta la caída de su capital, Samaría, que fue destruida por los asirios el año 722 a. C. 

También hemos hablado del reino de Judá y de la evolución de sus instituciones después de la caída de Samaría, deteniéndonos en las reformas de los reyes Ezequías y Josías.

Hoy comenzaremos a estudiar el final de este reino, en el que durante siglos gobernaron los descendientes de David, y la destrucción de su capital, Jerusalén, por los babilonios.

Según los autores de los libros de los Reyes, la trágica muerte del joven Josías le evitó el sufrimiento de ser testigo de la destrucción de su reino. 

Sus reformas no pudieron impedir la catástrofe. El destino de Judá estaba marcado por sus continuas infidelidades. La piedad de Josías supuso una prórroga, pero no pudo detener el castigo. 

El juicio sobre sus cuatro sucesores (tres de ellos, hijos suyos) es totalmente negativo. De cada uno de ellos se dice que «hizo lo malo a los ojos de Yahvé».

El juicio del profeta Jeremías es especialmente duro: «¡Ay del que edifica su casa con injusticia, piso a piso, inicuamente! Hace trabajar de balde a su prójimo sin pagarle el salario. Piensa: Me construiré una casa espaciosa con salones aireados, abriré ventanas, la revestiré de cedro, la pintaré de bermellón. ¿Piensas que eres rey porque compites en cedros? Si tu padre comió y bebió y le fue bien, es porque practicó la justicia y el derecho; hizo justicia a pobres e indigentes, y eso sí que es conocerme –oráculo del Señor–. Tú, en cambio, tienes ojos y corazón solo para el lucro, para derramar sangre inocente, para el abuso y la opresión» (Jer 13,17).

El 612 a. C. los babilonios invadieron Asiria y se apropiaron de todos sus territorios. El 605 a. C. derrotaron a los egipcios y quedaron como única potencia de la zona. Judá pasó de estar sometida a Asiria a estar sometida a Babilonia. 

Los judíos hicieron algunos tentativos para liberarse, pero Nabucodonosor conquistó Jerusalén el 597 a. C. 

El rey, las clases dirigentes y los obreros especializados del reino del sur fueron deportados a Babilonia. Entre ellos se encontraba el profeta Ezequiel, que comenzará su ministerio en el exilio. 

El libro de Jeremías habla de tres mil veintitrés exiliados (Jer 52,28) y los libros de los Reyes de dieciocho mil. Posiblemente el primero se refiere solo a los habitantes de la capital y los segundos a los judíos de todo el territorio de Judá:

«Nabucodonosor, rey de Babilonia, llegó a Jerusalén cuando sus oficiales la tenían cercada. Jeconías de Judá se rindió al rey de Babilonia, con su madre, sus ministros, generales y funcionarios. El rey de Babilonia los apresó el año octavo de su reinado. Se llevó los tesoros del templo y de palacio […]. Deportó a todo Jerusalén, los generales, los ricos –diez mil deportados–, los herreros y cerrajeros; sólo quedó la plebe. Nabucodonosor deportó a Jeconías a Babilonia. Llevó deportados de Jerusalén a Babilonia al rey, la reina madre y sus mujeres, sus funcionarios y grandes del reino, todos los ricos –siete mil deportados–, los herreros y cerrajeros –mil deportados–, todos aptos para la guerra. […] Eso le sucedió a Jerusalén y Judá por la cólera del Señor, hasta que las arrojó de su presencia» (2Re 24,10-20).

Los judíos más pobres y débiles se quedaron en su tierra, pero los que pudieron huir se establecieron en Transjordania y Egipto, dando inicio a la «diáspora» (la presencia de comunidades judías por todo el mundo).

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