Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

martes, 10 de mayo de 2016

Curso de Biblia 2016. 44- Judá después de la caída de Samaría (2)


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
44. Historia crítica de Israel: 
El reino de Judá después de la caída de Samaría (722 a. C.)
Segunda parte

Como decíamos ayer, los habitantes del reino del norte que consiguieron huir de la destrucción de Samaría se establecieron en el sur, llevando consigo sus tradiciones locales que, con el tiempo, se fusionaron con las de sus hermanos de Judea.

La llegada de los refugiados fue un motor demográfico, económico e intelectual que influyó positivamente en el desarrollo del reino del sur. 

Para no acabar como sus hermanos del norte, el reino del sur aceptó convertirse en vasallo de los asirios, pagándoles impuestos y gozando de su protección.

Las excavaciones realizadas en Jerusalén durante los últimos cuarenta años han permitido descubrir que, tras la caída de Samaría, en apenas treinta años la ciudad experimentó una explosión demográfica sin precedentes y sus zonas residenciales se expandieron. 

Hasta entonces solo había construcciones en el estrecho promontorio del «ofel» (la «ciudad de David»). 

En tres décadas toda la colina occidental (casi toda la actual «ciudad vieja») se cubrió de casas apretujadas, talleres y edificios públicos. 

Para proteger los nuevos barrios se levantó una muralla y la población pasó de unos mil a unos quince mil habitantes. 

Incluso surgieron las primeras tumbas monumentales, excavadas en la roca de las montañas que rodean la ciudad, lo que indica que surgió una élite de altos funcionarios con gran poder adquisitivo. 

Desde ese momento, la importancia de Jerusalén como capital económica, cultural y religiosa no dejó de crecer.

Desde la caída de Israel (el 722 a. C.), Judá no solo experimentó un gran crecimiento demográfico, sino también una verdadera transformación como estado. 

Lo demuestra la aparición de inscripciones monumentales, construcciones con sillares de piedra, bodegas, molinos y almacenes para la obtención y el comercio de aceite, vino y cereales, talleres para fabricar recipientes de alfarería en serie, sellos, etc. 

A la sombra de Jerusalén, toda la comarca de Judea, relativamente despoblada hasta entonces, comenzó a florecer con el surgimiento de nuevos asentamientos agrícolas y ganaderos. 

Las antiguas aldeas crecieron hasta convertirse (por primera vez en su historia) en auténticas poblaciones.

El rápido crecimiento económico favoreció a las clases dirigentes, pero no tuvo efectos positivos en las clases populares, que incluso perdieron poder adquisitivo. 

Esto permite situar correctamente las críticas hacia las autoridades del primer Isaías y de Miqueas, que desplegaron su actividad en esta época con una enseñanza parecida a la que ya antes habían realizado Amós y Oseas en el norte: 

«¡Cómo se ha prostituido la villa fiel! […] Tus gobernantes son bandidos, cómplices de ladrones: amigos de soborno en busca de regalos. No protegen el derecho del huérfano ni atienden la causa de la viuda» (Is 1,21s); 

«¡Ay de los que traman el crimen y planean pérfidas acciones en sus camas! El cuanto apunta el día las ejecutan, porque tienen poder. Desean campos y los roban, casas, y se apoderan de ellas; oprimen al cabeza de familia y a los suyos, explotan al ciudadano y sus bienes» (Miq 2,1-2).

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