Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

lunes, 2 de mayo de 2016

Curso de Biblia 2016. 40- Los reinos de Israel y Judá (3)


Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
40. Historia crítica de Israel: 
Los reinos de Israel y Judá (1030-722 a. C.) 
Tercera parte: Salomón y la división del reino

A David le sucedió su hijo Salomón, famoso por su sabiduría, quien organizó la administración del estado, realizó una importante política de alianzas con los pueblos vecinos y llevó a cabo grandes construcciones en Jerusalén (templo, palacios, murallas...) y en otras ciudades.
 
La Biblia dice que los miembros de las tribus del norte manifestaron su descontento porque eran obligados a trabajar por turnos en esas obras. 

Sin embargo, todos los restos monumentales que han aparecido en Jerusalén son posteriores, por lo que las construcciones de Salomón no debieron ser muy importantes, visto que no han dejado huella materiales de ningún tipo; aunque los textos las idealicen, proyectando en aquella época lo que llegaron a ser mucho más tarde. Sucede lo mismo que con sus dos predecesores.

Los libros de los Reyes añaden que, a la muerte de Salomón, en el 931 a. C., su reino se dividió en dos estados independientes que, desde los primeros momentos, estuvieron a menudo enfrentados entre sí. 

Las tribus del norte y media de Leví siguieron a Jeroboán y formaron el reino de Israel, con dos santuarios nacionales en Betel y Dan y la capital en Siquén, después Penuel, más tarde Tirsá (junto a Nablús) y –finalmente– Samaría. 

Como el pueblo era más numeroso y las tierras más fértiles, nos han dejado más testimonios extrabíblicos y arqueológicos que sus hermanos del sur, aunque la Biblia hable menos de ellos. 

De hecho, el reino de Judá fue vasallo del reino de Israel desde el 912 hasta el 841.

En el reino del norte predicaron los profetas Elías y Eliseo (s. IX), Amós y Oseas (s. VIII). 

Ya hemos dicho que de allí provienen los textos de tradición «elohista» que más tarde fueron integrados en el Pentateuco.

Por su parte, la tribu de Judá (que por entonces ya había absorbido a la de Simeón) y media de Leví siguieron a Roboán, hijo de Salomón y nieto de David, y formaron al sur el reino de Judá, con capital en Jerusalén, donde estaba también el santuario real (que, con el pasar del tiempo, llegó a ser el único santuario nacional). 

Pronto se les unieron los miembros de la tribu de Benjamín (o, al menos, una parte). 

Parece que, para entonces, las dos tribus de Transjordania ya habían desaparecido, visto que sus territorios se perdieron en tiempos del rey Salomón.

El reino del sur o de Judá tomó su nombre de la principal tribu que lo componía. El territorio fue llamado «Judea» y, a partir del exilio, cuando ya no existía como reino independiente, los textos hablan de la «provincia de Yehud» (ese nombre arameo se traduce normalmente por ‘provincia de Judea’), siempre sometida a imperios extranjeros. 

Por eso, en muchos escritos en español es llamado indistintamente «reino de Judá» y «reino de Judea».

En el reino del sur realizaron su ministerio los siguientes profetas: el primer Isaías (Is 1-39) y Miqueas (s. VIII), Nahum, Habacuc y Sofonías (s. VII), Abdías y Jeremías (s. VI). 

Ya hemos dicho que allí se formó la tradición «yahvista» que, después de la destrucción del reino del norte, se fundió con la «elohista».

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