Reflexiones diarias sobre argumentos de espiritualidad y vida carmelitana, con incursiones en el mundo del arte y de la cultura

viernes, 22 de abril de 2016

Curso de Biblia 2016. 37- El asentamiento en Canaán (y 3)



Curso de introducción a la lectura de la Biblia 2016
P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.
37. Historia crítica de Israel: El asentamiento en Canaán 
(tercera parte)

Las cosas no fueron tan sencillas como a veces nos imaginamos, ya que el grupo que huyó de Egipto capitaneado por Moisés era solo uno de los que más tarde formaron el pueblo de Israel.

Otros semitas habían sido expulsados por los faraones siglos atrás y otros nunca bajaron a Egipto. 

En algunos textos se puede rastrear el encuentro entre los varios grupos, como cuando se habla de un pacto entre los que sirvieron a los dioses de Egipto, los que sirvieron a otros dioses al otro lado del Jordán y los que sirvieron a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitaban. Todos se unen y deciden servir a Yahvé a partir de entonces (cf. Jos 24,14-16). Después cada uno regresa a su heredad.

Los textos egipcios que hablan de los «habiru» (y sus variantes «hapiru» e «ibri») no los identifican con un grupo étnico, sino socio-económico, compuesto por gente pobre, jornaleros asalariados, refugiados, mercenarios e incluso bandoleros, que vivían al margen de las ciudades cananeas a causa de la guerra o porque habían perdido sus tierras al no poder pagar los tributos. 

Parece que el término «hebreos» viene de ahí, por lo que quizá uno de los grupos que con el tiempo formaron Israel (posiblemente el más importante) estaba formado por marginados de las ciudades cananeas, rígidamente divididas en clases sociales. 

Las excavaciones arqueológicas y los últimos estudios sobre los relatos del éxodo y de la conquista de la tierra así parecen confirmarlo.

El libro de Josué afirma que los israelitas conquistaron varias ciudades con las armas. 

El análisis de los restos arqueológicos ha demostrado que, efectivamente, fueron destruidas y entregadas a las llamas en varias ocasiones, pero en ningún caso en la época en que Israel comenzó a formarse como nación, sino varios siglos antes o varios siglos después, dependiendo de cada ciudad estudiada.

Por otro lado, entonces la zona atravesaba una época de paz bajo el dominio de Egipto, que la consideraba una provincia de su imperio con la capital en Gaza. 

Además, tenía fortalezas distribuidas por todo el territorio, así como una tupida red de funcionarios que administraban los asuntos de la región. 

La mayor parte de las cuatrocientas tablillas encontradas en Tell el-Amarna está compuesta por la correspondencia diplomática y militar de las ciudades cananeas con los faraones de la época. Ninguna habla de conquistas realizadas por los hebreos ni de ciudades destruidas por ellos. Por el contrario, dan fe del comercio, de la recogida de impuestos, de las construcciones que se realizaban o reparaban, etc.

Lo que sí han encontrado los arqueólogos son numerosos asentamientos de personas que a lo largo del siglo XIII a. C. (el momento en que la Biblia sitúa la conquista de la Tierra Prometida) abandonaron las ciudades cananeas para irse a vivir a las montañas en grupos de unos cincuenta adultos y otros tantos niños, practicando una economía de subsistencia. 

En los doscientos cincuenta asentamientos de la época que se han excavado hasta el momento no se han encontrado restos de construcciones de piedra ni cerámicas elaboradas; solo tinajas para guardar alimentos, pucheros de cocina, cisternas para el agua y elementos destinados a la labranza en pequeña escala y al pastoreo de ovejas y cabras, lo que nos permite identificarlos con los «habiru» de los textos egipcios.

Estos datos indican que el proceso de constitución de Israel fue mucho más largo y complejo de lo que cuentan los libros bíblicos. 

Nos puede servir de ejemplo el camino que llevó a la formación de algunos estados contemporáneos, como España, Francia, Italia o Alemania. 

Durante milenios se han enfrentado familias, condados, ciudades y reinos más o menos grandes, sufriendo invasiones, sucediéndose las casas reinantes, haciendo alianzas o guerras entre ellas, recibiendo oleadas de emigrantes provenientes de otros lugares, variando las fronteras… hasta llegar a la situación actual (que tampoco durará para siempre). 

Lo mismo podemos decir de los israelitas: su constitución como pueblo es el resultado de un proceso largo y complejo, en el que confluyeron poblaciones autóctonas y sucesivas oleadas de inmigrantes, que a veces se integraron pacíficamente y otras de manera traumática.

Debemos recordar que cada tribu tenía sus propias tradiciones, leyes y costumbres, tanto en lo referente al culto como en lo referente a la moral (que era muy primitiva, ya que aceptaba la poligamia, los sacrificios humanos y la esclavitud, entre otras cosas). 

Unas se aliaron con otras o las absorbieron o las expulsaron de los territorios que ocupaban, pero ni descendían todas de los mismos antepasados, ni procedían todas de Egipto, ni coexistieron todas en el mismo tiempo.

Con el pasar de los siglos, se unificaron las tradiciones que originalmente eran independientes, se pusieron en relación los antepasados de las distintas tribus en las historias de los patriarcas, se presentó la salida de Egipto como una aventura de todas las tribus y el proceso de la conquista de la tierra como una hazaña común, subrayando lo que unía a las distintas tribus e intentando superar lo que las dividía, con el deseo de que un día pudieran volver a reunirse.

Al contar sus historias, el libro de los Jueces sigue un esquema estereotipado en el que lo fundamental es la teología, por lo que se centra en la promesa de Dios y en su alianza con Israel; el cual responde con continuas traiciones a las que sigue el  arrepentimiento y la redención. 

Se comprende que en el momento de su edición final en el exilio sirva como lección de vida y como motor de esperanza, ya que anuncia que, si el pueblo se arrepiente, Dios volverá a renovar los prodigios en su favor. 

Esta es la estructura que se repite continuamente:

1- Después de la muerte de Josué, el pueblo olvida la alianza y adora a dioses extranjeros.
2- Dios se enfada con su pueblo y lo entrega a sus enemigos, que lo oprimen.
3- El pueblo se arrepiente y pide perdón.
4- Dios suscita un juez que vence sobre los enemigos y permite al pueblo gozar de paz.
5- A la muerte del juez, el pueblo vuelve a olvidar la alianza y a adorar a dioses extranjeros, por lo que se repite el proceso.

Así pues, durante los siglos anteriores a la monarquía, los «jueces» fueron los líderes carismáticos que aglutinaron las fuerzas de las distintas tribus en los momentos cruciales. 

El libro de los Jueces cita trece y el primero de Samuel otros cuatro. 

Los relatos quieren mostrar que cada tribu contribuyó a la liberación de los enemigos, una detrás de otra, de manera sucesiva.

Para comprender la figura de los «jueces» hemos de recordar que, en hebreo, el verbo «safat», que traducimos como ‘juzgar’, se refiere a todas las competencias del rey y de sus funcionarios, que también comprendían el gobierno y la organización de la defensa frente a los enemigos, tal como vemos en varios textos, como cuando los ancianos piden a Samuel: «Danos un rey para que nos juzgue» (1Sam 8,6). 

Por lo tanto, su misión no fue la que hoy identificamos como propia de un juez, aunque en algunos casos también se ocuparon de mediar en los conflictos entre individuos y de impartir justicia. 

Se trata de caudillos de los distintos grupos que con el tiempo formaron Israel.

El libro de los Jueces concluye con la narración de varios acontecimientos muy violentos (violaciones, matanzas, traiciones, conductas inmorales incluso para los criterios de la época) que preparan el nacimiento de la monarquía, ya que siempre van acompañados del mismo estribillo: «Por entonces no había rey en Israel» (Jue 17,6; 18,1; 19,1). 

Especialmente significativa es la conclusión del libro: «Por entonces no había rey en Israel y cada uno hacía lo que quería» (Jue 21,25).

1 comentario:

  1. Gracias Padre, excelente explicación! Alina

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